Clair de lune representa una de las primeras incursiones de Fauré en el ámbito vocal al que retornaría tantas veces como el maestro absoluto de la mélodie –entre sus canciones destacan Mélodies de Venise, Op. 58 (1891), La Bonne Chanson, Op. 61 (1892-1894) y el fantástico divertimento Masques et bergamasques, Op. 112 (1919), en la que Clair de lune halló su sitio predestinado. Es inevitable la comparación con la música de Debussy inspirada en el mismo texto, misma que aparece como en la primera colección de Fêtes galantes (1891) y como un movimiento de la célebre Suite Bergamasque para piano.

La segunda de las canciones de Ariettes oubliées de Debussy titulada Il pleure dans mon cœur (texto de Verlaine) fue publicada en 1888. No hay evidencia de que Fauré, quien uso ese mismo poema bajo el título Spleen, fuera influenciado por la versión del joven compositor quien seguía bajo el “hechizo” de Massenet, con suntuosas líneas vocales de amplio rango y armonías pensadas para deleitar al escucha. En cambio, Fauré apunta a un carácter  verista oscuro e intenso. Spleen es mucho más dramática; evoca con efectividad la caída de la lluvia en la miserable habitación que Verlaine compartía con Rimbaud en Camden Town, en el norte de Londres, en el otoño de 1872. La construcción de Fauré es muy lograda, quizá más que la de Debussy. El verso ‘Quoi! nulle trahison’ en Debussy aparece como un recitativo; en Fauré esta exclamación desesperada se inserta amenazante en el movimiento continuo de la canción. El diminuendo, así como el estático movimiento armónico en el piano luego de ‘Sans amour et sans haine’, lo dice todo. ‘Mon cœur a tant de peine’ ocurre como una escala descendente, desprovista de toda confianza; podemos imaginar al poeta mirando desolado la pared. El postludio de siete compases es poco demostrativo, la depresión desamparada se hunde en una profunda infelicidad.

Con toda justicia Automne es una canción que pertenece a un selecto grupo de favoritas en el repertorio. Este es el segundo de tres textos de Silvestre que fueron musicalizados por Fauré, obra que opta por el drama antes que el encanto; los otros dos son Le voyageur y Fleur jetée. Cuando fue compuesta, Fauré tenía 35 años, apenas lo suficientemente maduro para juzgar su producción juvenil con una mirada crítica. Dicha madurez se observa en el calmo y dulce interludio pianístico que florece como una introducción del verso intermedio de la estructura ABA. Esta sección conduce al ‘Mes vingts ans avaient oubliées!’ que culmina con uno de los clímax vocales más poderosos de la mélodie francesa –un fa sostenido alto- en el final de la frase. El postludio encuentra una culpa acusadora, primero con vehemencia y luego con indiferente frialdad.