En 1733, Bach escribió una carta en donde le pedía a Federico Augusto II, Elector de Sajonia, le concediera un título en la corte que le pudiera ayudar a obtener el debido respeto de los poderes en Leipzig. Para solventar su causa, Bach incluyó en la petición dos piezas musicales como prueba de su dedicación a la composición de música para la iglesia; estas fueron el Kyrie y el Gloria de la Misa en si menor, un hito de la música sacra que Bach completó hasta el final de su vida. Sigue sin conocerse la razón por la qué tardó quince años en terminar una sola misa, siendo un compositor que normalmente trabajaba con enorme velocidad; quizá porque no hubo oportunidad para su ejecución.


Como misa, era demasiado vasta para su uso litúrgico, y una música con temas religiosos tan claros no podría haber sido aceptada en los programas seculares de las cortes. Nunca fue tocada en su versión final mientras Bach vivió, pero parece posible que él nunca pretendiera su ejecución de esa forma. Varios movimientos son revisiones altamente efectivas de obras anteriores, entre ellas cantatas, y otros fueron compuestos expresamente para la misa. Estos hechos, y las amplias diferencias estilísticas  que contiene el trabajo sugieren que fue pensada como una suma de su producción entera, pero en realidad eso no puede saberse.


Desde luego, el misterio de sus propósitos y orígenes ha alimentado el entusiasmo que rodea a la misa. Pero vale la pena darle crédito a los rumores. Los críticos la consideran la gran catedral de la música por buenas razones. La Misa en si menor impresiona por su energía y casi todo lo que es magnifico en Bach se encuentra en plenitud en ella. Escuchar el Kyrie por primera vez es como tener un par de cables de corriente conectador directamente en el corazón. Desafortunadamente, el tamaño, la escala y la importancia histórica de la misa, parece confundir a ciertos intérpretes, que la ejecutan con fuerzas orquestales sobre-proporcionadas y con una expresividad exagerada propia de la música del romanticismo tardío.  


Cuando se le trata de esa forma puede volverse una banalidad desproporcionada; orquestas más pequeñas obtienen, quizá con mayor atino, su impresionante lirismo y poder mecánico. El rango y profundidad de su carácter es en sí mismo increíble. Quizá sea más sencillo atender a sus movimientos por separado para ser capaces de asimilarlos con mejor juicio y disfrute. Desde el exultante jubilo orquestal en el inicio del Gloria, al tierno dueto de soprano y tenor del Laudeamus te, o la fuga imparable del Cum sancto Spiritu, La Misa en si menor es tan estimulante para los músicos como para la audiencia. Algunos movimientos corales, más simples y ligeros, como el Gratias agimus tibi, tienen la función de conceder el necesario descanso entre números más densos, pero no parecen ser suficientes para volver a la misa una pieza de concierto. Ante las dificultades para su programación y su propia complejidad, quizá sea una obra ideal para disfrutarla en los tiempos actuales, con el cd, el mp3 o el streaming.


Fuente: Donato Mancini para allmusic.com