Orquesta Simón Bolívar de Venezuela, dirige Gustavo Dudamel

Antes de averiguar qué tiene que ver Rossini con este asunto operístico-oriental, sería bueno saber quién fue Semíramis. Según los conocedores, Semíramis es el nombre griego de una reina asiria que fue muy famosa en su propio tiempo, dando lugar después a muchas leyendas y fantasías, y de quien se dice que dejó monumentos con su efigie en tierras muy lejanas. Parece ser que el nombre original de esta antigua dama fue el de Sammu-ramat; fue madre del rey Adad-nirari III, quien reinó entre los años 810-782 a.C., y esposa del rey Shamshi-adad V, quien a su vez reinó entre los años 824-810. Las primeras referencias que se tienen de Semíramis aparecen en las obras del historiador griego Herodoto, quien afirma que una de las puertas de Babilonia fue nombrada en su honor. Más rica y compleja es la historia de Semíramis según la cuenta el historiador Diódoro Sículo. Este caballero nos cuenta que Semíramis nació de una diosa, y que después de haberse casado con un oficial del ejército asirio, cautivó con su belleza y su valor al rey Nino, quien la hizo su esposa. Poco después, Nino (quien también es una figura mítica) murió dejando un hijo, Ninyas, nacido de Semíramis. Fue ella, sin embargo, la que asumió el poder y reinó por muchos años. Durante su reinado, según Diódoro Sículo, Semíramis construyó Babilonia y se dedicó a la conquista de tierras lejanas. Con el paso del tiempo, la reina Semíramis se enteró de que su hijo Ninyas conspiraba contra ella, por lo que decidió abdicar y desaparecer del mapa. Por todo lo que de ella se sabe, es evidente que la figura de Semíramis tal y como es conocida actualmente es una mezcla indefinida de historia y fantasía.

El que Rossini haya elegido a un personaje como Semíramis como protagonista de una de sus óperas refleja una costumbre que estuvo muy en boga en el siglo XIX: la de elegir locaciones exóticas y remotas como escenario de la acción, para añadir un toque de color misterioso y fantástico. En el catálogo de Rossini hay varias óperas en las que se sigue esta costumbre: La italiana en Argel, Moisés, Maometto II, El sitio de Corinto. Es evidente que todo lo que tuviera que ver con el Oriente y con el África llamaba poderosamente la atención de los libretistas y los compositores decimonónicos. En la actualidad, es bien conocido el hecho de que si bien las óperas de Rossini no son interpretadas con mucha frecuencia, con excepción de títulos como El barbero de Sevilla y La Cenicienta, muchas de sus oberturas han permanecido en el repertorio de concierto. La razón de esto puede ubicarse en el hecho de que Rossini fue un gran maestro de los efectos orquestales, logrando sabias combinaciones instrumentales y poderosas acumulaciones sonora que le ganaron el sobrenombre de Il Signor Crescendo. Sobre sus oberturas, de cuyo éxito siempre estuvo muy consciente, Rossini escribió lo siguiente en una carta sin fecha, dirigida a un compositor desconocido:

Hay que esperar hasta la noche anterior al estreno. Nada motiva tanto la inspiración como la necesidad, ya sea la de un copista esperando el trabajo o la de un empresario que se jala los pelos. En mis tiempos, todos los empresarios de Italia estaban calvos antes de los treinta años. Compuse la obertura de Otelo en un cuartucho del palacio de Barbaja, donde fui encerrado por el más feroz y más calvo de los empresarios, con un solitario plato de espagueti y con la amenaza de que no me dejaría salir hasta que hubiera escrito la última nota. La obertura de La urraca ladrona la escribí el día del estreno, en el teatro, donde fui encerrado por el director bajo la vigilancia de cuatro tramoyistas que debían arrojar mis originales por la ventana para los copistas que esperaban abajo para copiar las partes a toda velocidad. Los tramoyistas tenían instrucciones de tirarme a mí por la ventana si yo no producía las hojas necesarias. Con la obertura de El barbero de Sevilla me fue mejor; en vez de escribirla, elegí una que había escrito antes para otra ópera, Isabel de Inglaterra, y el público quedó plenamente satisfecho. Compuse la obertura de El conde Ory mientras pescaba con los pies metidos en el agua, en compañía del señor Aguado, que me platicaba sobre las finanzas de España. La obertura de Guillermo Tell fue escrita bajo circunstancias similares, y para mi ópera Moisés no me molesté en escribir una obertura.

Todo esto confirma que, además de ser un hábil compositor y un hombre que sabía disfrutar de la vida, Rossini era un tipo con un buen sentido del humor.

La ópera Semíramis fue compuesta por Rossini en 1823 para el Teatro La Fenice de Venecia, y estrenada ahí con un éxito tal que los críticos afirmaron que era la mejor obra de Rossini. La tradición cuenta que Rossini compuso Semíramis en sólo 33 días, hazaña que lo colocaría en ese sentido al mismo nivel de habilidad que Mozart y Händel. La obertura de Semíramis es probablemente la más compleja y elaborada de todas sus oberturas y, contra su costumbre, el compositor incluyó en ella temas que forman parte integral del desarrollo de la ópera. Es decir, que a diferencia de sus oberturas “de ocasión”, la de Semíramis es una obertura de verdad y, por cierto, contiene alguna de las más bellas melodías escritas por Rossini. El libreto de Semíramis, escrito por Gaetano Rossi sobra una pieza de Voltaire, cuenta cómo la reina Semíramis y su amante Assur matan al rey. Ella se enamora luego de un joven que resulta ser su hijo Arsace. Más tarde, Semíramis recibe un golpe mortal que Assur dirigía a Arsace; al final, Arsace mata a Assur y se convierte en rey.

Fuente: Juan Arturo Brennan para la OFCM