En septiembre de 1920 Manuel de Falla se instaló en Granada donde residió hasta el 28 de septiembre de 1939, día en que viajó a Barcelona para embarcar con rumbo a Argentina, su último destino. Esta vida en Granada, a proximidad de la Alhambra, el mítico monumento que había inspirado sus Noches en los jardines de España y que estará presente en la tercera parte de Atlántida, permitió la eclosión de una nueva

etapa de su evolución creadora que se tradujo, fundamentalmente, en un desprendimiento progresivo del material folclórico en beneficio de las fuentes históricas y en una mayor claridad, concisión y objetividad en la escritura y en la forma. A lo largo de sus seis primeros años de estancia en Granada compuso dos obras que constituyen dos de los máximos logros de la música española del siglo XX: El retablo de maese Pedro y el Concerto para clave y cinco instrumentos.

Falla dedicó tres años a la composición del Concerto, apenas catorce minutos de una música quintaesenciada que alcanza los límites de la tonalidad. Se encontró ante un callejón sin salida y renunció a seguir un camino que le hubiese conducido a la atonalidad y a las microformas. Decidió entonces componer una obra monumental: Atlántida, su proyecto más ambicioso al que dedicaría sus últimos veinte años de vida sin lograr terminarlo. Durante este largo período casi todos sus trabajos, desde la música incidental para El gran teatro del mundo de Calderón hasta las “interpretaciones expresivas” de obras polifónicas del Renacimiento español, pueden considerarse como estudios preparatorios para la composición de Atlántida.

Veamos ahora las circunstancias precisas en las que se desarrolló la génesis de la obra.

En 1926, Falla, que ya había oído hablar del poema L’Atlàntida de Verdaguer, hizo un viaje en compañía de su amigo Juan Gisbert Padró que cuenta así el nacimiento del gran proyecto del compositor: “Cuando se celebró, en el año 1926, en Zurich, el festival de la Sociedad Internacional de Música Contemporánea, al terminarse nos trasladamos a Milán. En el tren hablamos de un sinfín de cosas, y entre ellas me dijo

que como había hecho La vida breve y El amor brujo, para Andalucía; El sombrero de tres picos, para Aragón; y El retablo de maese Pedro, para Castilla, tenía un enorme interés en hacer algo para Cataluña, a la que quería muchísimo, por las

continuas demostraciones de afecto y cariño que había recibido en Barcelona […]. Entonces fue cuando le insinué que hiciera la Atlántida […] Transcurridos unos cuatro meses, fuimos a París, con motivo de celebrarse el 50 aniversario de don

Manuel. [...] Cuando estábamos comiendo en un restaurante, Falla nos dijo que ya tenía principiada la Atlántida”.

Según el testimonio de Juan Gisbert, Falla ya había iniciado la composición de Atlántida en la primavera de 1927 y sabemos que en esa época esperaba poder terminar la obra para la exposición ibero-americana de Sevilla de 1929. Sin embargo, en la fecha prevista, Falla sólo estaba iniciando la transformación del poema de Verdaguer en libreto y la investigación de fuentes de inspiración y de modelos musicales. De hecho, el más antiguo de los manuscritos musicales relacionados con Atlántida conservados en el Archivo Manuel de Falla está fechado el 9 de diciembre de 1928: se trata de un esbozo de los primeros compases del “Prólogo”.