Alan Curtis, en busca del Handel perdido

noviembre 24, 2017

por Francesco Milella

Los años italianos de Handel, entre sus tantas delicias musicales y sus rápidos viajes entre Roma y Florencia, nos obligan, por primera vez, a enfrentar una faceta de su repertorio operístico que nuestro mundo musical parece haber olvidado completamente. No podemos negarlo: para nosotros Handel es El Mesías, es la Música acuática, es Alcina y, a veces, Giulio Cesare: cuando escuchamos óperas “menos conocidas” como Il Rodrigo o Agrippina, más allá de su esencia musical, nos sentimos frente a un compositor diferente o, aún peor, menor. La verdad es que existe un Handel perdido, un Handel olvidado e ignorado por el mundo de la ópera, un Handel capaz de cautivar solamente la atención de unos cuantos musicólogos con la curiosidad de ir más allá de lo cotidiano. Pero la culpa no es de Handel, ni mucho menos de las inconstancias inevitables de su genio musical, sino de nuestro afán por la elevación de unas cuantas obras y el desprecio de otras, como si la historia de la música viviera solamente de contrastes entre blanco y negro.

Afortunadamente las cosas han ido cambiando: los caminos más recientes de la musicología y la curiosidad de algunos intérpretes han iluminado a una parte consistente de este “Handel perdido”, de óperas antes completamente desconocidas como Radamisto, Deidamia, Admeto, Faramondo, Ezio o Berenice, joyas que detrás de sus extravagantes nombres esconden tesoros capaces de competir con sus hermanas más famosas. De todos los protagonistas que a partir de los años setentas han vuelto a dirigir su mirada hacia ese repertorio olvidado, hoy queremos recordar al más exitoso y activo: el director estadounidense Alan Curtis.

Nacido en Mason (Michigan) en 1934, Curtis comenzó sus estudios musicales con Gustav Leonhardt, uno de los padres de la musicología contemporánea. A través de su magisterio, se acercó a la música de Bach y de los franceses (sobre todo Rameau). A partir de los años setentas, tras haber colaborado como profesor con grandes universidades estadounidenses y europeas, Curtis inició a estudiar el repertorio handeliano con la intención de reconstruir la orquesta original que Handel había imaginado para sus óperas. Su primer éxito discográfico fue en 1978 con Admeto, Re di Tessaglia. En esos mismos años nace Il Complesso Barocco, orquesta barroca que acompañó a Alan Curtis en todos sus proyectos musicales.

Y así, a partir de los años setentas, mientras que divas como Joan Sutherland y Beverly Sills llenaban los teatros con Alcina y Giulio Cesare, vocalmente impecables pero filológicamente muy precarias, Alan Curtis y su Complesso Barocco comenzaron una valiosa labor de recuperación de todas aquellas óperas que habían sido olvidadas en diferentes archivos tanto en Italia, como en Alemania e Inglaterra, y lo hizo con un rigor musicológico . Gracias al apoyo de disqueras como Virgin Classics y posteriormente de Archiv, su labor filológica continuó y creció aún más durante las décadas de los ochenta y noventa, difundiéndose a través de discos cada vez más numerosos y exitosos.

A partir de los años noventas, momento fundamental en la historia de la interpretación musical, las cosas comenzaron a cambiar: junto al éxito de Trevor Pinnock, John Eliot Gardiner y de las nuevas generaciones de musicólogos italianos, el mensaje de Alan Curtis comenzó a perder la fuerza de los primeros años: sus interpretaciones, después del triunfo de los años setentas, empezaron a expresar cierta monotonía y poca atención tanto a la vocalidad como a las dinámicas de la música barroca. Frente al tono brillante, riguroso y heterogéneo de los nuevos intérpretes-filológos, Alan Curtis no fue capaz de renovarse y transformar su identidad musical permaneciendo anclado en sus intenciones iniciales. Aún así, su muerte, ocurrida en 2015, dejó en el mundo de la música un vacío muy grande. Lo que hoy nos queda de este gran director, mas allá de sus discos, es el testigo insustituible de su aventura musical, la herencia de su extraordinaria labor en la recuperación y la difusión de un repertorio que, muy probablemente, sin él y su brillante sensibilidad musical seguiría escondido en algún archivo ovlidado en el centro de Europa.

 

Handel – Rodelinda HWV 19

 

Handel – Lotario HWV 26

 

Handel – Arminio HWV 36

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