Albinoni, dulce belleza

por Francesco Milella Cuando en 1958 el musicólogo italiano Remo Giazotto presentó al público internacional su último descubrimiento, el Adagio en sol menor de Tomaso […]

Por Francesco Milella Última Modificación noviembre 18, 2016

por Francesco Milella

Cuando en 1958 el musicólogo italiano Remo Giazotto presentó al público internacional su último descubrimiento, el Adagio en sol menor de Tomaso Albinoni, todo el mundo quedó sorprendido. La historia de la partitura era perfecta, la música aún mas: Giazotto había reconstruido el famoso Adagio a partir de fragmentos descubiertos en los escombros de la Biblioteca de Estado de Dresde, joya del barroco, destruida durante la Segunda Guerra Mundial. El resultado fue asombroso: delicada, melancólica y elegante sin ser remilgada y retórica, la música del Adagio marcó un triunfo que hizo historia. Hasta  1998 , con la muerte de Giazotto, se descubrió que esa maravillosa música había sido compuesta por el mismo Remo Giazotto sin ninguna referencia a fragmentos que de hecho nadie encontró en la Biblioteca de Dresde.

Fue un escándalo. Pero cuando la desilusión y la rabia se calmaron, todos comenzaron a pensar que, al final de cuentas, Giazotto tenía un gran mérito: había logrado llamar la atención del mundo musical sobre un compositor que – hasta entonces – nadie conocía. Un compositor que en su época había sido un protagonista fundamental de la vida musical de su ciudad y que había trazado caminos nuevos y más modernos  en el lenguaje de la música instrumental italiana: Tomaso Albinoni.

Contemporáneo y amigo de Antonio Vivaldi, Tomaso Albinoni pasó toda su vida en Venecia, sin alejarse del palacio de la rica familia de mercaderes en la cual había nacido en 1671. Viviendo en un contexto tan próspero, Albinoni tuvo el envidiable privilegio de dedicarse sin preocupaciones materiales al mundo de la música, tanto instrumental como operística. Su fortuna y sus comodidades siguieron creciendo con la muerte del padre en 1709: por voluntad testamentaria fue el hermano mayor quien tomó el control de las actividades comerciales de la familia dando así a Tomaso el tiempo y la tranquilidad de dedicarse totalmente a la música hasta su muerte ocurrida en 1751.

“Musico di Violino, dilettante veneto”: así Albinoni solía presentarse, con amable humildad, ante la sociedad veneciana. Pero no hay que dejarnos confundir por la definición “musico di violino” ya que en esos años  se usaba para indicar a los compositores en general, fueran operistas o instrumentales, como en efecto lo fue Tomaso Albinoni durante su larga carrera desde 1694 – año en que presentó su primera opera Zenobia, Regina dei Palmireni y sus primeras sonatas en trio op. 1 – hasta el 1741 cuando su frágil estado de salud lo obligó a abandonar el mundo de la música y dedicarse a la enseñanza. De su actividad como operista nos quedan solo los números y las fechas de las más de cincuenta óperas pero de su amplio repertorio instrumental conocemos directa o indirectamente casi todas su composiciones.

Vamos a ser sinceros: la música de Albinoni es increíble. Cada uno de sus conciertos y sonatas merece ser analizado por su impecable equilibrio armónico, por la delicadeza melódica y por la variedad de colores y sensaciones que nos ofrecen cada vez que los escuchamos. Pero hay un concierto que en mi personal opinión se distingue de todos los demás: el Concierto “a cinque” op. 9 n. 2 para oboe y cuerdas. Desde el primer movimiento percibimos una frescura nueva, una agilidad en la línea musical que quizás solo Vivaldi, su gran amigo, replicó en esa época. Oboe y orquesta, aun anclados a las reglas del barroco, dialogan con espontaneidad y energía entre tensiones y distensiones creando una música elástica y amable en un suave tono menor. Albinoni nos ofrece una música de increíble dulzura que nunca excede en fortissimi y tonos extravagantes al estilo vivaldiano, sin ser monótona o tediosa. Maravilloso es el ejemplo del segundo movimiento: apoyándose en los delicados arpegios de la orquesta, el oboe construye su propia frase con una perfección y un equilibrio que parecen anticipar algunos matices mozartianos. Es un momento de pura delicadeza. Con el tercer movimiento volvemos, como nos había ya enseñado el buen Vivaldi y como hará el mismo Bach, amante del barroco veneciano, al color y al tono del primer movimiento, brillante y enérgico creando una música de infinita belleza que ningún musicólogo hubiera podido reconstruir.

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