Alessandro Scarlatti, el renovador olvidado

Publicado: agosto 19, 2016 Última Modificación agosto 19, 2016 Por: adminmusica

por Francesco Milella

El cambio del siglo XVII al siglo XVIII para el viejo continente fue un verdadero terremoto: la guerra de sucesión española entre 1710 y 1714 había cambiado totalmente los equilibrios políticos y económicos de Europa, abriendo  nuevos escenarios que se volvieron totalmente imprevisibles con  la muerte de Luis XIV en 1715 quien, por más de medio siglo, había marcado el destino de todo el mundo occidental, incluidas las colonias americanas, dejando un vacío difícil de llenar.

La música, fiel espejo del mundo en el que vive y del cual se alimenta, obviamente participó con increíble intensidad en este gran momento de cambio: por más de un siglo, desde los últimos años del siglo XVI, la música europea había experimentado nuevas formas y nuevos lenguajes, desde la ópera  y la sonata hasta el bajo continuo. Ahora, en esta nueva Europa, había llegado el momento de cosechar los resultados.

Varios son los compositores y las composiciones que bien pueden funcionar como ejemplo de esta nueva fase del barroco musical. Pero uno solo logró unir, con genialidad, intuición y sensibilidad las grandes innovaciones instrumentales y operísticas del pasado, para transportarlas en su presente y dar vida a un lenguaje musical que nadie después de él pudo inconscientemente evitar. Estamos hablando de Alessandro Scarlatti (Palermo 1660 – Nápoles 1725). Voy a evitar el cuento de su vida (que de hecho ¡no fue para nada aburrida!), para hablar de él, de su música y de cómo, sufriendo y luchando, abrió nuevas puertas al mundo de la música barroca.

Su catálogo es extremadamente amplio,  abarca tanto obra instrumental como vocal. La historia, que  nunca consideró a Scarlatti con el merecido interés, prefirió siempre el primero de los dos repertorios: sus conciertos, sus sonatas y sus partitas para teclado comenzaron a circular en Europa hasta finales del siglo XIX con gran éxito. Pero Scarlatti privilegió siempre el mundo de la voz: fue con el oratorio y la ópera que el compositor italiano pudo imponerse como verdadero renovador y revolucionario.

Con el oratorio Scarlatti tuvo una relación larga y duradera que comenzó en los últimos años del siglo XVII cuando, todavía adolescente, tuvo el privilegio de estudiar y perfeccionarse con Giacomo Carissimi, protagonista principal de la música religiosa en Roma. Con sus primeros oratorios, Scarlatti llamó la atención de los grandes aristócratas y cardenales romanos por sus habilidades retóricas, su complejidad contrapuntística, su sensibilidad y su gusto equilibrado y, al mismo tiempo, maravillosamente teatral. Antes de cumplir los 20 años, Scarlatti ya podía contar con el apoyo incondicional de familias como los Ottoboni (misma que apoyó a Corelli y que apoyará a Handel) o figuras como la Reina Cristina de Suecia, gran mecenas del siglo XVIII.

Sin embargo, la verdadera revolución  la introdujo Scarlatti con la ópera en Nápoles. Acercarse a este mundo después de los  experimentos fundamentales de Cavalli, Cesti y Stradella no era fácil: significaba entrar en un ámbito inestable, lleno de incertidumbres, sin modelos fijos hacia los cuales mirar, pero al mismo tiempo repleto de estímulos y caminos abiertos. Scarlatti recogió todo lo mejor que el pasado le podía dar y lo filtró con su extraordinaria sensibilidad artística y teórica: el corazón de esta revolución fue el aria. En un texto anterior hemos visto cómo esta forma fue ocupando lentamente un espacio cada vez mayor en el mundo de la ópera. Con Scarlatti logrará finalmente transformarse en la verdadera protagonista musical y teatral de la ópera, estabilizándose finalmente en la forma tripartita (ABA’), forma que dominará toda Europa hasta la reforma de Gluck y Calzabigi a finales del siglo. En el aria, Scarlatti sintetizó todo: la vocalización limpia y fresca de Cavalli y Cesti con las nuevas modas instrumentales que surgieron después de Corelli y la nueva literatura barroca instrumental italiana; la renacentista severidad dramática experimentada en los oratorios con la nueva elasticidad dramática de la ópera y, finalmente, los infinitos colores musicales que desde el Renacimiento caracterizaron la vida napolitana.

Scarlatti dejó de componer óperas en 1721,  cuatro años antes de su muerte. Su fama como compositor se fue lentamente apagando para desaparecer después de su muerte: el público todavía no era capaz de entender la fuerza revolucionaria de sus óperas, de su lenguaje y de sus formas. Quedó vivo solo en la memoria de algunos jóvenes compositores, Handel y Hasse entre otros, que se apoderarán de su herencia para fundar la gran ópera barroca.

Sedecia, Re di Gerusalemme:

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