Alexander Scriabin: El poema del éxtasis op.54

Publicado: enero 7, 2015 Última Modificación enero 7, 2015 Por: adminmusica

Scriabin escribió Le poème de l’extase op.54 –también descrito por el compositor como su “Sinfonía no. 4”– entre 1905 y 1908. Cuando comenzó a trabajar en la pieza vivía en Ginebra prácticamente sin un centavo, además de que no contaba con un editor. No obstante, su fervor creativo, nutrido por un severo misticismo, permanecía intacto.

Scriabin fue influenciado por las enseñanzas teosóficas de Madame Blavatsky en 1905, y su egomanía, alimentada por la adoración de Tatyana Schloezer, no encontró límites. El compositor creía firmemente ser el conducto de la verdad divina y que era su propósito preparar a la humanidad para la reconciliación del hombre con la divinidad a través de la creación de una música reveladora y propiciatoria de la fusión de todas las artes. El estado de éxtasis era un componente clave de la teosofía de Scriabin. En 1905 escribió un largo y laberíntico, poema titulado “El poema del éxtasis”. La imprenta central de Ginebra publicó el texto de diez páginas cuyo propósito era ser leído a la par de la ejecución musical. El texto termina con una frase triunfalmente mística: “soy un momento de eternidad iluminada, soy afirmación, soy éxtasis”. Esta obra literaria sirvió como base de su quinta Sonata para Piano (Opus 53, 1907) y su poema orquestal del éxtasis que se convirtió en la pieza central de una trilogía formada por la Tercera sinfonía (“Le divin poème”; 1902-4) y Prometeo (“Le poème de feu”; 1908-10).

Scriabin identificó tres secciones de la obra:

1. Su alma en la orgía del amor
2. La realización de un sueño fantástico
3. La gloria de su propio arte

En la primera de las tres secciones, el humano se encuentra volcado hacia lo ideal y el tema del ego gradualmente emerge y se afirma. La sección central presenta las tres ideas musicales principales, una asociada al vuelo del espíritu, una segunda (para violín solo) que intenta vincularse con el amor humano, y la tercera (para trompeta sola) que se relaciona con la voluntad para levantarse contra la adversidad, una voluntad que se vuelve cada vez más insistente en la repetición casi obsesiva del tema de la trompeta. La sección final, un epílogo, es una apoteosis triunfal.

Scriabin incluyó en la partitura sugerentes indicaciones sobre la expresividad con la que se debe tocar la obra, tales como “muy perfumado” o “con un placer sensual siempre creciente”. El resultado es un poema sinfónico sumamente original y con gloriosos excesos. Escribe Bowers: “el Poema es pasivo, lánguido y demacrado por momentos, retorcido y giratorio, fuerte e inexorablemente aumenta y disminuye sus intensidades, ralentizando sólo para acelerar, suavizando con el fin de endurecer y de paso estremecer con un fugaz arrebato el oído de la audiencia. Moderato avec délice (con moderada alegría), presque en delire (casi delirante), charmé (como si estuviera encantado), el opus 54 continúa sin tregua hacia el principio del orgasmo con el clarinete que canta con dulzura y que hacia el final gana en espíritu y en carne. Aquí todo el color desaparece, solo permanece el volumen (incluso la partitura pide un órgano de tubos). Luego, una breve coda derivada del cansancio, y al final se atisba la resolución de la obra con un creciente do mayor que llega a ser ensordecedor”.

Uno de los defensores más vehementes de la obra fue Leopold Stokowski. En 1919, Stokowski programó el Poema del éxtasis con la orquesta de Filadelfia e incluso llamó la atención al público que abandonaba la sala durante la ejecución. Quizá al recordar este incidente tres años más tarde, Stokowski escribió que “es inútil hablar con la gente sobre el Poema de Scriabin porque muchos tachan esta notable obra de ‘decadente’ o ‘inmoral’. Es una de las piezas mejor organizadas y una de las más complejas de la polifonía orquestal existente”.

La entusiasta defensa de directores como Stokowski (quien la mantuvo en su repertorio el resto de su vida), Albert Coates, Eugene Goossens, y más recientemente, Pierre Boulez, asegura a la pieza un lugar duradero en las salas de concierto, a pesar de la inherente controversia que genera y de algunas de las más ácidas críticas de los últimos 100 años.



Orquesta Philharmonia / Esa-Pekka Salonen, director


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