EL ARIA: LA REINA DE LA ÓPERA BARROCA

Publicado: agosto 7, 2016 Última Modificación agosto 7, 2016 Por: adminmusica

Por Francesco Milella

En el léxico histórico-musical la palabra aria ocupa una posición realmente privilegiada. Definirla es prácticamente imposible por la infinita variedad de formas que fue tomando a lo largo de la historia y en los diferentes países de Europa. Es suficiente recordar dos posibles extremos históricos, como el aer medieval, que indicaba uno de los valores musicales durante el estilo mensurativo francés del siglo XIII, o las numerosas arias rossinianas y verdianas en el melodrama italiano del siglo XIX, para comprender con facilidad la complejidad del tema.

Sin embargo, hay un aspecto, o más bien una pregunta, que puede ser útil y extremadamente interesante para continuar en nuestro recorrido a través de la ópera barroca: ¿cómo y cuándo nace el aria? Los primeros documentos que hablan de aria, aere o aiere pertenecen al siglo XV, cuando una serie de compositores y teóricos de la música retomaron la palabra latina alterando el significado musical que había tenido hasta la Edad Media: el término aria comenzó a ser utilizado para indicar un gusto musical libre, suave y melódico (conocido como arioso) que podía pertenecer tanto a la música vocal, entonando versos poéticos, como a la instrumental.

Durante el Renacimiento, madrigales y canciones fueron ocupando una posición cada vez más central en la música polifónica europea, sobre todo gracias al alto valor de sus textos y a su rígida y perfecta estructura poética y retórica. La palabra aria inició por lo tanto a significar obras homofónicas, con estructuras poéticas y musicales más sencillas, casi siempre caracterizadas por un estribillo que dividía las diferentes estrofas. Aria y monodia se transformaron entonces en un binomio casi inseparable para indicar obras más populares, distantes de la elegancia y perfección de la polifonía renacentista.

Con la ópera todo cambió. De ser una forma vulgar y ordinaria, el aria se transformó en el instrumento perfecto para realizar concretamente lo que Ottavio Rinuccini y Jacopo Peri -y todos los músicos y teóricos romanos y florentinos de esos años – soñaban a finales del 1500: poder dar vida nuevamente a la gloriosa tragedia griega clásica con un género que pudiese unir teatro y música al mismo tiempo. El aria monódica permitía entonar un texto con una sola línea vocal, sobre una base musical, sencilla y básica, ejecutada casi siempre por un laúd u otro instrumento polifónico.

Las arias de las primeras óperas eran de hecho una curiosa y experimental mezcla entre melodía, recitativo y elementos decorativos y virtuosísticos en una forma estrófica. Emblemático es el ejemplo “Vi ricorda, o boschi ombrosi” del Orfeo: repitiendo la misma frase musical con pequeñas variaciones, Monteverdi da inconscientemente vida a una nueva forma de aria operística que sus sucesores transformarán completamente.

A finales del siglo XVII, con Cavalli, Cesti y Stradella la ópera se va estructurando de forma más sólida y consciente. Como consecuencia, las orquestas y los teatros comienzan a crecer y la dramaturgia se hace cada vez más compleja. Frente a tanto cambio, los compositores transforman su lenguaje musical concentrando todas sus atenciones sobre el aria, protagonista principal de esta verdadera revolución operística. Siguiendo las rápidas evoluciones de la música instrumental de esos años, marcada principalmente por el triunfo del instrumento solista y de la formas del concierto y de la sonata, los compositores comienzan a construir frases vocales cada vez más elaboradas. Trinos, escalas, arpegios y virtuosismos de variado tipo comienzan a llenar las partituras de las nuevas óperas.

El aria se vuelve el corazón de todo: desde una perspectiva dramática es el momento de máxima tensión en donde el personaje, hombre o mujer, se queda solo en la escena para compartir con el público sus emociones y sensaciones; desde una perspectiva musical es la ocasión para el cantante de expresar todas sus habilidades vocales más extremas e impactantes. Ahora sí, con el aria, la ópera encuentra una solidez estructural, una forma que le permite alcanzar una extraordinaria potencialidad expresiva. Faltan solo grandes maestros de la música y de la palabra, compositores y libretistas que sean capaces de aprovechar esta estructura para transformarla en una obra de arte.  

ORFEO Monteverdi: Vi ricorda o boschi ombrosi

 

ORLANDO FURIOSO Vivaldi: Nel profondo cieco mondo

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