Bach – Concierto para teclado en re menor BWV 1052

Publicado: febrero 13, 2015 Última Modificación febrero 13, 2015 Por: adminmusica

por Francesco Milella

Después de viajar por décadas en las frías tierras alemanas de Arnstad a Lübeck, de Mühlausen a Weimar y Cöthen, Johann Sebastian Bach, el 23 de mayo 1723, llega finalmente a Liepzig con su familia, para tomar definitivamente el puesto de Cantor en la local Thomasschule. Esta ciudad será el escenario del Bach maduro, el Bach de las grandes cantatas y de las pasiones compuestas para la Thomaskirche, el Bach más íntimo del Klavierbüchlein y de las variaciones Goldberg, y también el Bach de los grandes conciertos.

Bach tuvo la oportunidad de acercarse al mundo del concierto ya en sus primeros años de estudio musical parafraseando algunas páginas de Antonio Vivaldi para órgano y clavicordio. Pero sólo en Cöthen, donde trabajó como Kapellmeister de 1717 a 1723, pudo profundizar este mundo, totalmente italiano, escribiendo sus conciertos para violín y los grandes conciertos de Brandeburgo. Sin embargo, será en Leipzig donde iniciará para Bach, además de su servicio musical para la iglesia local, una intensa aventura como compositor de conciertos para el Café Zimmermann, expresión típicamente alemana de esa aventura cultural que desde Francia había llegado a todos los grandes centros europeos: la Ilustración.

El Café Zimmermann, como los grandes cafés italianos y franceses, era un espacio totalmente laico y burgués en donde compartir información, leer periódicos, discutir y escuchar buena música tomando, obviamente, un poco de café. La mayoría de los conciertos de Bach escritos para esta institución son para teclado (clavicordio o piano) y orquesta de cuerdas con bajo continuo. Analizaremos hoy el concierto en re menor BWV 1052, el más famoso, el más interpretado y también el más complejo.

Sin ningún preámbulo introductorio, Bach nos transporta inmediatamente en la verdadera dimensión musical y teatral de este concierto, una dimensión severa, rigurosa pero al mismo tiempo amplia, impetuosa y apasionada. Empecemos con el primer movimiento, donde varios son los elementos que merecen un análisis profundo. Antes que nada, la inventiva musical original y fresca capaz de generar melodías breves y concisas, así como modulaciones armónicas fascinantes. En segundo lugar, el gusto teatral: Bach nos demuestra una gran sensibilidad dramática que le permite ser severo y brillante, tierno y majestuoso al mismo tiempo, creando contrastes que confieren a ambos movimientos una vitalidad seductora. A esta teatralidad corresponde un ligero y elástico dinamismo de las frases que suben y bajan, aceleran y deceleran en un movimento casi tridimensional. Y, por último, la agilidad y la inteligencia contrapuntística del diálogo entre solista y orquesta, al que sólo un genio como Bach podía dar vida. Desde las primeras notas se percibe la increíble habilidad con que el compositor alemán hace dialogar el teclado (sea piano o clavicordio) con la orquesta. El solista es el protagonista, el que controla todo, el verdadero demiurgo. Pero la orquesta no desaparece como en los más tradicionales conciertos italianos. La orquesta acompaña al solista, lo soporta, lo ayuda en ciertos momentos, uniéndose a sus impetuosas frases o, cuando el solista sobresale, dando a sus virtuosísticas frases y a sus severos movimientos una base rítmica y armónica, sólida y compacta.

El segundo movimiento, menos conocido respecto a los de los otros conciertos para teclado, es como el ojo del ciclón: un momento de descanso para el público y los músicos antes de que vuelva a empezar la tempestuosa vitalidad del tercer movimiento. El tono parece relajado y tranquilo. Pero no lo es: la habilidad armónica de Bach crea en este caso una página llena de tensión, miedo y temor. Bach juega con el público: le da la ilusión de un momento de aparente calma, después de la energía del primer movimiento, pero en cierto sentido le está avisando sobre lo que va a venir.

Y de hecho, en el tercer movimiento el ciclón vuelve con la misma energía, teatralidad y genialidad armónica, rítmica y melódica del primero. El público al final acaba agotado, pero fascinado, en un estado de éxtasis. Así pasa con la música de Bach. Una música que es más bien un ciclón. Un ciclón que limpia, que nos libera de lo cotidiano y de lo mediocre, abriéndonos las puertas a una nueva dimensión.

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