Bach en las manos de András Schiff

Publicado: agosto 13, 2017 Última Modificación agosto 13, 2017 Por: adminmusica

Reseña del recital de András Schiff en Bellas Artes.

Por Mauricio García de la Torre

Los niveles más altos en la ejecución de un instrumento se alcanzan cuando el artista antepone su visibilidad para entregar talento, conocimiento y sensibilidad al servicio de la música.

En esos casos ocurre una verdadera re-creación, el trance en que toda obra musical, desde las más veneradas hasta las menos conocidas, parece mostrar por primera vez su rostro, como si de pronto brotara de las manos que le dan aliento. Sin embargo, no basta el respeto ascético hacia los autores, hace falta que el intérprete descubra su verdadera voz en el compositor que más se hermana con su visión del mundo.

Uno de esos encuentros afortunados es la música de Johann Sebastian Bach en las manos de András Schiff.    

El sábado 12 de agosto los asistentes al Palacio de Bellas Artes presenciamos una verdadera proeza, la ejecución íntegra del 1er libro del Clave bien temperado BWV 846-869 de Bach por el pianista húngaro. Hay mucho que decir sobre el significado histórico de la obra –en sus dos tomos– para la teoría musical y para la pedagogía de los instrumentos de teclado, pero aquí sobresale la magnitud de la empresa interpretativa: tocar en un solo programa, sin interrupciones, los veinticuatro preludios y fugas –doce mayores y doce menores– de extraordinaria variedad y complejidad como si fuera un ciclo así planeado. En efecto, Bach se propuso con El clave un reto compositivo relacionado con la novedad de hacer preludios y fugas para cada tonalidad mayor y menor posible en el sistema temperado; pero nunca fue la intención que esta fuera una obra integral como, por ejemplo, las famosas Variaciones Goldberg.  

Escuchar este repertorio con András Schiff da la sensación de ser un viaje irrepetible. Se trata de un pianista esencial, distinto de sus colegas actuales, que imprime en Bach un sello personalísimo basado en una filosofía interpretativa propia y una técnica implacable.

Como otros grandes re-creadores de Bach, pensamos en Leonhardt o Gould, Schiff pone su extraordinario virtuosismo en los momentos justos, control absoluto de la textura polifónica, claridad impresionante de articulación y contrastes de color fantásticos.

De forma meticulosa, fue capaz de construir un carácter particular para cada eslabón de la serie. Por ejemplo, después de fugas monumentales como las de do sostenido menor o fa menor, el contraste hacia los preludios en mayor refrescaron la escucha y el espíritu de los presentes, quienes comprendimos en esos enlaces la dimensión del diseño interpretativo.   

Las condiciones de escucha de esta generación –la pérdida de la riqueza acústica en las grabaciones en MP3, las micro-bocinas que utilizamos para reproducir música y la engañosa perfección de las interpretaciones gracias a la efectividad de la edición de audio digital– han deformado nuestra percepción musical y por ende nuestras expectativas.

Escuchar a Schiff reafirma lo valioso de la experiencia de la música viva y hace hincapié en lo increíblemente frágil que incluso un pianista de esta categoría puede ser ante Bach.

Schiff pareció un poco incierto en algunos pasajes del inicio y el final del concierto –incluso decidió repetir la fuga en si bemol mayor para asegurarse de ofrecer una versión correspondiente con su calidad y jerarquía–, pero en el tránsito intermedio conectó la serie de forma brillante. Lo revelador de este hecho fue la manera en que resolvió tales imperfecciones. Cualquiera que haya tocado alguna de estas obras sabe que son laberínticas, que un solo error te hace “perder el hilo” y que recuperarse es muy complicado.

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Con enorme aplomo y claridad, Schiff supo recorrer el laberinto sin perder el sentido musical y encontrar la salida de las complejas estructuras fugadas cuando lo requirió, para ello convocó a sus mejores aliados, la musicalidad, la memoria auditiva, el canto interno, el tono prístino de su pianismo.

La audiencia, más atenta y respetuosa que nunca, valoró con calidez haber estado en presencia de un artista de estirpe como pocos en el panorama internacional, quien en retribución regaló la más hermosa joya de la música bachiana, el Aria de la Variaciones Goldberg. ¡Qué afortunados fuimos!

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