Barroco Francés: último acto

Publicado: abril 2, 2016 Última Modificación marzo 31, 2016 Por: adminmusica

por Francesco Milella.

Cuántas cosas han cambiado desde que comenzamos este viaje a través del barroco francés: vimos cómo, a principios del siglo XVII, murió la delicada polifonía renascentista y llegó la nueva estética barroca; observamos, año tras año, cómo la ópera de Lully, rígida y estereotipada, fue lentamente cambiando hacia la dramaturgia más abierta y realista de Rameau. Y analizamos también la fascinante relación con el mundo musical italiano, a veces rechazado por los defensores de la patria francesa, a veces tomado como modelo de belleza y elegancia por quienes aspiraban a una cultura nacional más amplia.

Hoy termina nuestro viaje en tierras francesas. Queremos cerrarlo como un círculo y retomar aquel motete que descubrimos juntos cuando todo esto comenzó. Hablamos de Luis XIII, vencedor de los protestantes, y de su renascimiento espiritual para reforzar la fe católica en su reino. La música obviamente era un elemento fundamental de esa estrategia política y religiosa. El motete fue su instrumento. Era una música profundamente renascentista que, sin la complejidad de la música flamenca, lograba expresar las profundas emociones de los misterios religiosos. Escuchamos en esa ocasión el Agnus Dei de Étienne Mouliné.

Después de Luis XIII llegó Luis XIV y todo cambió. El motete, o más bien el petit motet con sus delicados coros, se abrió a los nuevos cambios en la corte de Versailles: con el 1700, el gran siglo francés, nace el grand motet para solistas, coro y orquesta. El objetivo ya no era difundir una intimidad religiosa en defensa de la fe católica. Luis XIV quería el efecto sonoro, quería teatralidad y esplendor. A estos nuevos gustos musicales tuvo que adaptarse Rameau, todavía joven organista en las iglesias de la provincia francesa. Entre 1713 y 1720 el gran compositor de Dijon se acercó a este género con impresionante sensibilidad. In convertendo, Laboravi, Deus noster refugium y Quam dilecta son el mejor ejemplo que hoy tenemos del grand motet de principios del siglo XVIII. Sin ser todavía compositor de ópera y – por lo tanto – sin conocer todavía el lenguaje dramatúrgico, Rameau une todas sus fuerzas musicales para transmitirnos una maravillosa teatralidad intensa, profunda, íntima y al mismo tiempo imponente. Una teatralidad que fascinará también al público parisino cuando en 1751 Rameau los volverá a presentar en los Concerts sprituels.

Pocos años después llega Mondonville para poner el punto final a la historia del motete. Ya superamos la primera mitad del siglo XVIII: la música barroca francesa está por llegar a su culmen. La música de Mondonville estalla en un universo de ritmos y colores antes de la tranquila calma de la música galante. Con De profundis, Dominus regnavit e In exitu Israel, presentados durante los Concerts Spirituels, Mondonville realiza un verdadero milagro: deja a un lado el mensaje espiritual y religioso que el público de la Ilustración ya no lograba ni quería entender, para jugar con la música y el texto: construye así maravillosos diálogos entre solistas y coro, explota toda las potencialidades de la orquesta, libera la fuerza de la armonía y de la melodía, sometidas al puro placer del juego teatral.

Rameau llevó el barroco francés al triunfo, ahora Mondonville lo lleva al extremo. Su muerte en 1772 confirma un cambio que había comenzado varios años antes: la monarquía estaba perdiendo su poder y, con él, la capacidad de unir y condicionar la sociedad. La cultura, sin la referencia del rey y condicionada por las mutaciones del mundo occidental, se estába abriendo a nuevos fascinantes horizontes. La música obviamente no quedó fuera de este inexorable cambio: se guardaron los tambores, las trompetas, los clavecines, los grandes coros y las triunfales orquestas, el público comenzó a mirar al gusto esencial, ordenado y racional de Gluck y de Mozart.

Lully y Rameau, Mondonville y Charpentier, Couperin y Marais entraron en la historia como testigos sin culpa de una sociedad que la Revolución Francesa y el siglo XIX juzgaron con demasiado odio y desprecio. Hoy por suerte nuestra mirada histórica es más benévola. Hoy los podemos mirar con ojos diferentes, apreciar su maravilloso camino en la historia, conocer su música, estudiarla, analizarla y sobre todo dejarnos seducir por ella. Esto es lo mejor que podemos hacer. Esto es lo que Música en México quiso compartir con ustedes en este viaje a través del barroco francés. Pero no se preocupen, ¡un nuevo viaje está por comenzar!


 

Más sobre el Barroco Francés.


 

Rameau: Deus Noster Refugium

 

Mondonville: In Exitu Israel

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