El caballero de la rosa: ¿quién se robó el escenario?

Mayo 15, 2017

Por José Antonio Palafox

El pasado 13 de mayo, el MET de Nueva York cerró con broche de oro su temporada 2016-2017 presentando una espléndida puesta en escena de El caballero de la rosa, una de las obras maestras de Richard Strauss. También fue la despedida de la soprano estadounidense Renée Fleming a uno de los mejores papeles de su repertorio: la entrañable Mariscala.

 

Estas fueron razones más que suficientes para no perdernos tan gran evento, y en el Auditorio Nacional la afluencia de público fue bastante más nutrida que en otras ocasiones, aunque al final el entusiasmo visto en las filas de entrada demostraría haber sido igual de engañoso que el disfraz de Octavian y el copete del conde Ochs. Y no nos referimos a la excesiva duración de casi cuatro horas de la ópera, porque la puesta en escena fue tan dinámica que en ningún momento causó tedio. Tampoco nos referimos a que, aunque en el programa de mano se indicaba que la batuta de El caballero de la rosa estaría en manos del legendario James Levine, en realidad quien estuvo al frente de la orquesta del MET fue el alemán Sebastian Weigle, porque la elección de este director, aclamado en Bayreuth por sus impecables interpretaciones de Wagner, no podía ser más acertada. El maestro Wiegle ofreció una fresca y vigorosa lectura de la partitura de Strauss, imprimiéndole una majestuosidad pocas veces escuchada y haciendo un hincapié especial en los cristalinos detalles sonoros de que está llena la obra de Strauss y que muchas veces son pasados por alto.

 

En el aspecto vocal el asunto no dejó de ser también muy interesante, porque fuimos testigos de un  duelo de talentos en el que ninguno de los solistas dejó pasar su oportunidad para robarse el escenario tanto con sus cualidades musicales como actorales. Primero la gran dama de la tarde: con su mera presencia, Renée Fleming demostró con creces lo que es despedirse de un personaje con estilo. Aunque solo aparece en el Acto I y al final del Acto III, su Mariscala, motor racional alrededor del que gira la delirante comedia de enredos que es El caballero de la rosa, fue una verdadera delicia. A sus 58 años de edad, guapísima y con una voz realmente cautivante, Fleming se apoderó del escenario con una elegante presencia basada en un andar pausado, un aire sereno y movimientos estilizados que consiguieron hacernos evocar a las divas de antaño en todo su esplendor. En los últimos años, la cantante se ha ido despidiendo —uno por uno— de los grandes papeles que ha cantado a lo largo de su carrera, y el de la Mariscala es uno que la había acompañado durante más de 20 años. La expresividad y ternura con que Renée Fleming interpretó por última vez a esta sagaz mujer que representa la voz de la razón en la Viena de finales del siglo XVIII, un mundo cambiante en el que un enredo amoroso sirve como pretexto para retratar el forcejeo entre una aristocracia añeja que intenta permanecer incólume y una burguesía naciente que lucha por abrirse paso, fue algo para rememorar por mucho, mucho tiempo.

 

Por su parte, con una gallarda presencia perturbadoramente andrógina, la mezzosoprano letona Elīna Garanča hizo una auténtica creación de Octavian, conde de Rofrano, pasando con convincente naturalidad de las actitudes irreflexivas del adolescente que se cree enamorado de la Mariscala a la profunda turbación del hombre que por primera vez en su vida siente el llamado del verdadero amor al entregar la rosa de plata a Sophie; y de los divertidos gestos y saltitos con que, disfrazado de Mariandel, intenta escapar del acoso del desagradable barón Ochs a la muy expresiva sensualidad con que después ella lo incomoda a él. Para quien esto escribe, la vena cómica de Garanča fue toda una revelación, que —aunada a su espléndido desempeño vocal y a su incuestionable química escénica con Renée Fleming— dio como resultado un Octavian memorable.

 

Mención aparte merece el bajo austriaco Günther Groissböck como el barón Ochs. Usualmente, este odioso personaje es caracterizado como un viejo grotesco y libidinoso que solo quiere casarse con Sophie por su dinero mientras no pierde tiempo para intentar seducir a Mariandel (el conde Octavian disfrazado). En esta ocasión, si bien las intenciones del personaje siguen siendo las mismas, resultó una agradabilísima sorpresa que fuera personificado como un juvenil y atlético militar cuyos caricaturescos gestos bien podrían colocarlo en la galería de los villanos más malvados de la casa Disney. Groissböck es poseedor de una voz profunda, firme y poderosa con la que consiguió dar el adecuado tono burlón y condescendiente a su texto (no olvidemos que El caballero de la rosa es una ópera más declamada que cantada), además de que la despreocupada manera con que se pavoneaba por el escenario hacía más que creíbles las fanfarronadas de su personaje. Al final, el mejor reconocimiento a los hilarantes momentos que el barón Ochs protagonizó al lado de Mariandel/Octavian, de los torpes soldados de su regimiento y de la caterva de niñitos que lo seguían a todos lados gritándole “¡Papá, papá!”, fueron las sendas carcajadas del público.

 

De forma especial brillaron también la soprano estadounidense Erin Morley como la inocente Sophie, y el barítono alemán Marcus Brück como Faninal, el próspero burgués que ansía pertenecer a la nobleza, aún a costa de la felicidad de su hija. Dueña de una voz cálida y una apariencia frágil, Morley dio vida a una adorable Sophie que pasa progresivamente de la ilusión que le implica pertenecer a la nobleza vienesa al desencanto cuando sufre las humillaciones a que el barón Ochs la somete; del embeleso cuando se reconoce enamorada de Octavian al dolor cuando comprende que la Mariscala es algo más que una amiga en la vida del mozo, y de la sumisión ante los deseos de su padre a la inesperada fuerza de carácter que le permite oponerse a un matrimonio que ella no desea (algo por demás impensable en su época). A destacar la delicada atmósfera conseguida en su primer dueto con Octavian, cuando este le lleva la rosa de plata y, con un exquisito juego de miradas, ambos se enamoran perdidamente casi por accidente. Por su parte, Marcus Brück hizo entrega de un simpático y bonachón Faninal espléndidamente actuado y mejor cantado, pronto a desmayarse cada que la situación contrariaba sus expectativas.

 

Finalmente, la última estrella de esta soberbia puesta en escena de El caballero de la rosa fue la producción, debida al director canadiense Robert Carsen, quien optó por trasladar la acción de la época en que originalmente transcurre (finales del siglo XVIII) a la época en que fue compuesta (principios del siglo XX). Así, los personajes de esta delirante comedia de errores bajo la que subyace una poderosa e inteligente meditación sobre el paso del tiempo, la permanencia del amor y el saber dejar ir aquello que ya no te corresponde vistieron ropajes propios de las novelas de Joseph Roth o de Stefan Zweig, y la acción tuvo lugar en una majestuosa recámara abundante en adornos rococó y gigantescos óleos (el palacio de la Mariscala, último reducto de la aristocrática Viena de antaño), luego en una antesala fría e impersonal cuyo único adorno eran dos inmensas piezas de artillería y enormes mosaicos que imitaban las pinturas de las vasijas grecorromanas (la casa de ciudad del nuevo rico Faninal, símbolo de la despiadada industrialización de finales del siglo XIX) y finalmente en un decadente burdel de atmósfera asfixiante en el que predominaba el mal gusto y donde Mariandel, cigarro en boca, medias y liguero de por medio, nos hizo recordar a la Marlene Dietrich de El ángel azul.

 

Pero las deliciosas evocaciones del Imperio perdido no pararon ahí, ya que Carsen hizo suma y compendio de toda la época de la Secesión vienesa en el delicioso momento en que la Mariscala abre las puertas de su alcoba para recibir a las visitas que acuden para solicitar algún favor: en la presencia de los niños huérfanos que piden protección, los comerciantes de baratijas, los traficantes de chismes sensacionalistas, el notario, las modistas que ofrecen sus nuevas creaciones y hasta el vendedor que aparece ofreciendo cinco perritos amaestrados podemos ver un breve pero completo catálogo de la moda, los intereses y las aficiones de la Viena de principios del siglo XX. Aún más: sorpresivamente entra en escena un cantante italiano (el tenor estadounidense Matthew Polenzani, en una brevísima pero inolvidable aparición), vestido con un traje blanco y luciendo un bigote característico. Bajo el brazo lleva un disco de vinilo, que ofrece a la Mariscala, y luego le dedica una hermosa aria. Este mágico momento se verá interrumpido por las imprudencias del barón Ochs, que discute con el notario las condiciones de su contrato matrimonial. Ofendido, el cantante italiano se retira malhumorado. En esta propuesta escénica, ¿se trató de un genial guiño al grande Enrico Caruso?

 

Con El caballero de la rosa el MET literalmente echó la casa por la ventana para cerrar de la manera más deslumbrante posible su temporada 2016-2017, y más si tomamos en cuenta que también se trató de una importante despedida dentro del mundo operístico. Es por eso que la pregunta que sirve de título a esta reseña es casi imposible de contestar: ¿quién se roba el escenario en un espectáculo donde todos y cada uno de los participantes dan lo mejor de sí para ofrecer al público una de las puestas en escena más perfectas de que tenemos memoria?

 

Desafortunadamente, parece ser que en México tenemos público que precisa de otros niveles de perfección para quedar satisfecho porque, a pesar de que en la pantalla Octavian y Sophie seguían murmurándose tiernas palabras de amor porque a la ópera todavía le faltaban aproximadamente 10 minutos para terminar, inexplicablemente hubo bastante gente que empezó a levantarse de sus asientos, a encender sus teléfonos celulares y a abandonar la sala comentando en voz alta con sus acompañantes lo bonita que les había parecido la ópera. Parafraseando a la Mariscala: “El público es una cosa extraña”.

 

Richard Strauss: Mir ist die ehre widerfahren (El caballero de la rosa) / Elīna Garanča (Octavian), Erin Morley (Sophie) y la Orquesta del MET, dirige Sebastian Weigle

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