Concierto para teclado en la mayor BWV 1055 de J. S. Bach

Publicado: marzo 20, 2015 Última Modificación marzo 21, 2015 Por: adminmusica

Por Francesco Milella

La intensa y constante actividad como Kantor en la Thomaskirche de Leipzig obligó, en diferentes ocasiones, a Johann Sebastian Bach a alimentar otros oficios musicales con singulares estrategias compositivas, como por ejemplo la trascripción de los conciertos que compuso durante su estancia en Cöthen. Detrás de la transcripción es fácil descubrir una sana y humana necesidad práctica de ahorrar tiempo sin disminuir la cantidad del trabajo. Sin embargo, existe el triste riesgo de que aumentando la cantidad, la calidad y la originalidad desaparezcan. No es el caso de Bach: la sensibilidad y la inteligencia estética de este genio de la música no podían permitir una pérdida de calidad en su actividad musical. Por esta razón, al escuchar el concierto para oboe de amor en la mayor BWV 1055 y su trascripción para teclado, observamos y escuchamos cómo Bach, usando la misma estructura, crea dos mundos musicales diferentes. Analizaremos hoy la trascripción para teclado, compuesta para los tradicionales conciertos del Café Zimmermann.

El primer movimento es una de las páginas más brillantes y luminosas de toda la literatura bachiana. Como vimos hace unas semanas en el concierto BWV 1052 en re menor, Bach no ama las introducciones: nos coloca inmediatamente, pero con delicadeza, en el núcleo de su mundo musical. Núcleo que consta de una breve frase musical, la inicial, que Bach repite, como un estribillo, a lo largo de todo el movimiento con suaves y exquisitas modulaciones armónicas, tanto mayores como menores. La influencia italiana, y precisamente vivaldiana, es evidente: Bach de hecho recupera y aplica la tradicional estructura musical del concierto de Vivaldi, que había estudiado intensamente durante la adolescencia. Pero lo que sorprende es su manera de aplicar esta estructura, aparentemente rígida y limitante. El discurso musical de Bach es maravillosamente fluido, casi líquido, libre: después de la “explosión” inicial, el solista y la orquesta empiezan un diálogo lleno de luz. Los instrumentos de cuerda acompañan, limitándose a pequeñas frases, o incluso a breves notas, las brillantes frases del solista con un equilibrio, una prudencia y una inteligencia definitivamente fuera de serie. El solista es el motor, el centro, la columna de este breve movimiento. Su discurso musical es impresionante por su elasticidad armónica, su fluidez rítmica y encanto melódico. De lo mejor de Bach.

En el segundo movimiento, la “italianidad” es aún más evidente: recurriendo al arte de la “fioritura” (adornos musicales), típica de los “adagios” barrocos de la escuela veneciana, Bach nos ofrece un momento de música abstracto y etéreo. El solista y la orquesta continúan su diálogo dejando a un lado, esta vez, la brillantez y la luminosidad del primer movimiento: Bach elige, en esta ocasión, colores más íntimos y silenciosos, delicados y frágiles. El contraste con el primer movimiento es íncreible, fuerte, drástico pero amable.

Con el tercer movimiento percibimos una energía diferente: la fluidez y elasticidad ahora tienen un color distinto, menos explosivo y detonante respecto al primer movimiento. Si con el concierto BWV 1052 Bach nos despide dejándonos exhaustos por la fuerza e intensidad de sus frases musicales, con este movimiento el compositor alemán es más amable, educado y cariñoso: las modulaciones son menos contrastantes, el diálogo entre el solista y la orquesta es más calmado y relajado.

Tres movimientos, tres mundos, tres modos de vivir y de hacer música. Para mí, energía, ternura y sabiduría. Seguramente para ustedes será diferente, porque Bach – sea con una Cantata, una sonata, una suite, o con un preludio o un concierto -, encontrará siempre la manera de hablar con cada uno de nosotros.

Nelson Goerner (piano):

Trevor Pinnock (clavicordio):

…Y su versión original, para oboe de amor:

 

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