Cuando la ópera italiana llegó a Alemania…

mayo 10, 2017

Por Francesco Milella

En 2012 las tiendas de discos de todo el mundo fueron literalmente invadidas por “Mission”, un inédito proyecto discográfico Decca firmado por la diva italiana Cecilia Bartoli: perfectamente construido tanto en la historia (una mezcla de política, espionaje y música) como en el diseño. En pocos meses “Mission” arrasó con todo dando nueva esperanza a la venta de discos de música clásica. Sin embargo, como suele pasar a menudo, en medio de tanta noticia, conciertos y eventos, el mundo de la música terminó por ignorar el más importante – quizás el único – mérito de este disco: haber presentado nuevamente una figura y una época histórica que la tradición historiográfica parecía haber olvidado por completo.

Protagonista de “Mission” es el músico italiano Agostino Steffani, un nombre que en el 2012, cuando comenzó a aparecer en los estantes de las tiendas junto a la cara amenazadora de Cecilia Bartoli, sin pelo y con una cruz en la mano, significaba muy poco para muchos. Aún concentrando todas las energías en la celebración de la diva protagonista, este disco – hay que reconocerlo – hizo una admirable labor para contar la vida de Steffani – nacido en Castelfranco (cerca de Venecia) en 1655 y muerto en Frankfurt en 1728 –. Seguramente, con evidentes intenciones mercadotécnicas, se exageran sus actividades de arzobispo y diplomático en Alemania, que lo ocuparon intensamente hasta el fin de su vida con misiones aún hoy poco claras. Lo que en realidad se esconde detrás de Agostino Steffani y de sus divertidas aventuras diplomáticas es un momento fundamental de la historia de la música barroca: la difusión de la ópera italiana en el mundo alemán, una historia de la cual Steffani fue uno de los más importantes y brillantes representantes.

La ópera italiana atravesó los Alpes con impresionante rapidez: los documentos históricos indican en 1614 el año en que por primera vez se armó un espectáculo operístico en los países de habla alemana. Era nada más y nada menos que L’Orfeo de Monteverdi, presentado siete años antes en Mantua, que el arzobispo de Salzburgo quiso representar en su ciudad. A partir de ese momento la ópera italiana invadió literalmente dichos países superando con facilidad la frágil ópera alemana que, a pesar de sus nobles autores (la Daphne de Schütz no dejó de ser un elemento exótico), nunca logró encontrar una forma y un lenguaje estables y, por tanto, capaces de dar inicio a una verdadera tradición, en un contexto en el que el idioma alemán  estaba demasiado fragmentado en sus diferentes regiones.

En pocos años la ópera italiana, emblema y embajadora de modernidad y elegancia, llegó a numerosas ciudades alemanas, de Ansbach a Coburg, de Karlsruhe a Hannover, moviéndose con la misma rapidez con la que Steffani pasaba de una corte a otra como secretario vaticano. La ópera terminó radicándose con mayor éxito en tres ciudades, diferentes por cultura y mentalidad y cada una con su propia y autónoma vida musical. La primera fue  Dresden: en su corte, centro y corazón de la música italiana en el extranjero, la ópera italiana encontró un terreno fértil, era el escenario privilegiado de autores como Johann Adolph Hasse “il Sassone”, alemán de origen pero profundamente italiano de cultura, cuya aventura amerita una reflexión aparte. La segunda fue Münich, rico y dinámico centro de las regiones meridionales de Alemania, cuya cercanía geográfica con Italia dió vida a una interesante actividad operística alrededor de su Teatro de la Ópera y de su principal compositor: Agostino Steffani. The last but not the least, Viena, la más italiana por cultura y mentalidad, deseaba vestirse con nueva música y nuevos autores. A Pietro Metastasio se debe en gran parte la difusión de la música y, en general, de la cultura de la península italiana: en los teatros vieneses, con el apoyo de la corte, el libretista italiano encontró el espacio y las energías necesarias para dar vida a su definitiva revolución operística, una revolución que transformará Viena, capital del Imperio,  en la capital de la ópera italiana.

Esta, pues, es la red, el mundo que se esconde en el disco de Cecilia Bartoli, detrás del nombre de Agostino Steffani: una multitud infinita de ciudades y de compositores de diferente origen, pero todos igualmente italianos en el estilo y en la sensibilidad, capaces de transformar el mundo alemán de apéndice de la cultura italiana a una realidad imprescindible en la geografía musical de Europa. Johann Adolph Hasse, Carlo Pallavicino, Carl Heinrich Graun, Antonio Caldara y Giovanni Bononcini fueron solo algunos de los grandes protagonistas de este extraordinario momento de la historia de la música del siglo XVIII. Su música, en lucha contra los paradigmas luteranos (la ópera fue de hecho criticada y obstaculizada por los más ortodoxos), tuvo el mérito de enriquecer aún más el fascinante y complejo mundo de la música alemana, preparándolo para acoger, décadas después, a los más grandes genios de nuestra historia musical.

 

Steffani: CD Mission

 

Graun: Montezuma. “Non han calma”

 

Bononcini: Polifemo. “M’è sì caro il vederti”

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