Dietrich Buxtehude, entre lo celestial y lo terreno

abril 21, 2017

por Francesco Millela

Mientras el sur de Alemania desarrollaba su propio lenguaje musical bajo la influencia directa de la escuela veneciana, las regiones del norte comenzaron a tomar un camino totalmente diferente: a partir de las primeras décadas del siglo XVII, alrededor de ciudades como Hamburgo, Lübeck y Lüneburg, lentamente empezó a nacer una nueva música barroca alemana cuyo modelo y punto de referencia ya no eran las amables y delicadas melodías italianas, sino el tono severo y austero de los maestros flamencos, filtrado a través de la rígida cotidianidad luterana.

El instrumento que más que cualquier otro fue capaz de dar forma concreta y, al mismo tiempo, condicionar los nuevos caminos y los nuevos impulsos musicales que la escuela del norte estaba lentamente desarrollando fue el órgano. Sus tubos y sus teclas, que en esta región habían alcanzado una perfección técnica inigualable en toda Europa, fueron los verdaderos motores de este nuevo curso de la música alemana. A partir de Jan Peterszoon Sweelinck (1562–1621), organista holandés y maestro de generaciones de músicos alemanes, las iglesias alemanas del norte comenzaron a llenarse de multitudes de jóvenes organistas, todos igualmente protagonistas en el desarrollo de este nuevo camino de la música alemana.

De todos ellos, uno solo logró sobresalir pasando a la historia como el mayor organista alemán antes de Johann Sebastian Bach: Dietrich Buxtehude. Originario de Helsingborg, donde había nacido en 1637, trabajó toda su vida como organista en dos ciudades alemanas: Elsinore, desde 1660 hasta 1668, y Lübeck, desde 1668 hasta su muerte ocurrida en 1707. A pesar de su vida aparentemente monótona, Buxtehude fue un hombre extraordinario, intelectual, poeta y maravilloso compositor, cuya trayectoria artística condicionaría profundamente la vida musical de Alemania.

La lista de obras que ha llegado hasta nosotros nos entrega un compositor intensamente vinculado al mundo luterano, litúrgico y doméstico, al cual Dietrich Buxtehude dedica a lo largo de toda su vida casi noventa obras para órgano (preludios, toccatas y fugas) y casi trescientas entre cantatas y composiciones religiosas. Este profundo vínculo cultural con el mundo luterano resulta aún más evidente en su lenguaje musical: Buxtehude refleja las meditaciones de Martín Lutero con una música severa y sólida, como lo estaban haciendo otros colegas y coetáneos, y al mismo tiempo íntima y humana. Una música capaz de conectar a quien la escucha con la dimensión divina sin la intermediación de otros elementos.

Las dos obras que les propongo al final de este artículo lo dicen todo. En realidad, no es necesario analizarlas para percibir el secreto de su encanto. Tanto en los preludios para órgano, con su elaborada polifonía,con sus diferentes temas que se mezclan entre ellos construyendo universos musicales de extraordinaria belleza, como en las cantatas del Oratorio Membra Jesu Nostri, donde el tono más severo e inmediato de la liturgia protestante se une de manera sorprendente a la delicada teatralidad italiana, el genio musical de Buxtehude nos impresiona siempre con su constante e imperceptible equilibrio entre severidad e intimidad, entre glorificación de lo divino y emoción hacia lo humano, en fin, entre lo celestial y lo terreno. Ese mismo equilibrio que pocos años después animará la música del más famoso de sus discípulos: Johann Sebastian Bach.

Preludio BuxWV 153

 

Membra Jesu Nostri. Oratorio BuxWV 75

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