El demonio: inagotable fuente de inspiración musical.

Publicado: enero 18, 2014 Última Modificación enero 18, 2014 Por: adminmusica

por Ricardo Rondón

La moda tiene caprichos de vedetee pero es además tan veleidosa y contradictoria como corista joven, guapa y en cartelera. Y sucede que el diablo está nuevamente de moda. Es tema de películas y novelas sensacionalistas. Aunque, la verdad sea dicha, el demonio y todos sus ensalmos siempre han sido fuente de inspiración en todas las artes. Pocos recuerdan, por ejemplo, que en el mundo de la música lo diabólico nunca ha dejado de estar presente y es difícil pensar que vaya a desaparecer de los repertorios. Comentar la presencia demoniaca al través de la música es descubrir un género prácticamente inagotable, en todo su esplendor. Hablemos de algunas de las obras que incluyen a Lucifer o que se refieren a él.

Giuseppe Tartini (1692-1770) fue un gran violinista y compositor. Escribió por lo menos 150 sonatas, 50 tríos y posiblemente 200 conciertos. Empero, su obra maestra es la sonata El trino del diablo. Se cree que Tartini la escribió en 1713, al refugiarse en el monasterio de San Francisco de Asís. En palabras del propio compositor conocemos la extraordinaria experiencia de su creación: “Soñé una noche que hice un pacto con el diablo. A cambio de mi alma, el diablo juró estar siempre a mi lado cuando lo necesitase. Adivinaría cada uno de mis pensamientos. Como ocurrencia le di en sueños mi violín para ver qué clase de músico era. Para mi asombro, la música que hizo fue exquisita – con una maestría y belleza tan inconmensurables que no me pude mover durante la ejecución. Se me detuvo el pulso, me quedé sin aliento y desperté. Tomé mi violín, empecé a tocar de inmediato intentando recordar lo que había escuchado en sueños. Casi con fiebre escribí para no olvidar nada de aquella música inefable. Es lo mejor que he hecho, aunque no se puede comparar con lo que tocó el demonio en mi sueño. El mejor intérprete de esta sonata ha sido un ser que no aparece nunca en las salas de conciertos”. Y sea o no el diablo quien estuvo de por medio, la verdad es que la sonata tiene fines didácticos por los trinos que desarrollan el uso de la mano izquierda. Además, ¡la obra es divertidísima!

La música rusa siempre se ha señalado por aprovechar las ricas fuentes folklóricas que se transmiten de generación en generación. Podemos imaginar a los abuelos reunidos con sus nietos alrededor del fuego, narrando maravillosas hazañas, mientras que el invierno ruge más allá de la ventana. Modesto Musorgski (1839-1881), el gran compositor, se inspiró en una obra de Gogol, Noches en las granjas de Dekanka, para escribir una ópera cómica. El diablo aparece en dos escenas, aunque aquí interviene para que una joven pareja pueda casarse y ser feliz. Lo logra bajo la efigie de un puerco que, cuando se asoma por la ventana, asusta a los villanos y divierte a los héroes. La música de Musorgski es alegre y contagiosa, llega a su clímax en el famoso interludio Noche en la árida montaña que conmemora un festín de brujas hasta el momento en que la campana de una iglesia aleja todas las visiones de maldad. Musorgski no vivió para terminar La feria de Sorochintsy. Sin embargo, como siempre le sucedió, otros se encargaron de hacerlo. Shebalin recopiló las ideas y pulió la presentación. Nos dejó algo que bien valió la pena. La ópera pertenece al año de 1911. Otro ruso endemoniado fue Anton Rubinstein. En 1875 estrenó su ópera El demonio en San Petersburgo. El argumento narra las maldades de Lucifer para poseer a Tamara. Primero provoca a los tártaros para que maten al prometido de la joven, después la sigue hasta un convento en donde le ocasiona la muerte con su primer beso. Los ángeles se encargan del engendro infernal y acaban por llevarse a la bella Tamara a un lugar más tranquilo, el cielo. Fue esta la primera ópera rusa que conoció la ciudad de Londres en su idioma original. La obra de Rubinstein es muy melodiosa y el absurdo argumento no deja de tener una buena dosis de entretenimiento. Pero, aunque existen grabaciones, ha caído actualmente en el olvido.

Lleguemos a Francia. Charles Gounod (1818-1893) es autor de la ópera diabólica más famosa, Fausto, basada en la obra de Goethe. Fausto, un viejo filósofo, cambia su alma por el poder y la juventud. “Aquí tu serás mi dueño…pero allá abajo…allá abajo…”, advierte Mefistófeles, la encarnación del mal.

Fausto se estrenó en 1895. Es considerada la ópera francesa por excelencia. Todo se combina en ella para deleitar. Los personajes son interesantes, el argumento se desenvuelve con emotividad. Hay una portentosa festividad de brujas y deidades en la famosa Noche de Walpurgis que Gounod realizó en una ballet de extraordinaria efectividad. Fausto, sin ser villano, es un egoísta; se condena cuando muere su amada Margarita y es transportada al cielo. Mefistófeles es el típico Caballero negro, lleno de maldad, aunque con sentido del humor y bromista. No es un diablo que asusta, por el contrario.

Héctor Berlioz (1803-1869) conmovió al mundo con su leyenda dramática La condenación de Fausto. Goethe inspiró al francés Gerard de Nerval, quien a su vez dio un texto estupendo a Berlioz. El concepto sinfónico vocal es ideal para expresar una serie de sucesos dramáticos, con abundantes respiros orquestales. Berlioz atiende no solo el espectáculo, sino que cuida bien los elementos líricos y posee brillante inventiva. La condenación de Fausto no suele representarse como ópera, aunque directores con imaginación han concebido versiones interesantes en plan de gran teatro. La música pinta nuevamente a Mefistófeles como un “bon vivant”; el diabólico caballero termina por llevarse a Fausto a casa después de una cabalgata infernal en la que le muestra anticipos de lo que le espera. En la parte final Margarita es recibida por las cortes celestiales: esta es una de las escenas líricas de mayor belleza en el mundo musical. La figura de Berlioz nunca ha sido más clara y el acompañamiento de la orquesta es verdaderamente exquisito. La célebre Marcha Húngara “Racoczy”, la “Danza de los Silfos” y el delicioso “Minuetto” son quizá las partes más famosas de la obra. Pero todo está envuelto en una magia especial, gracias a las grandes capacidades del genio de Héctor Berlioz.

Arrigo Boito (1842-1918), en Italia, aprovecha la obra de Goethe para su ópera Mefistófeles. Además de darnos el episodio de Fausto y Margarita, Boito nos lleva a la Grecia legendaria de Elena de Troya, en compañía de Fausto. En la obra Fausto termina por pedirle perdón al Creador. El demonio de Boito es más insolente y nefasto que, por ejemplo, el simpático diablo de Gounod. En el famoso Prólogo, la acción transcurre entre el cielo y la tierra. Mefistófeles ha encontrado una víctima y se burla de Dios, mas los coros de Angeles, serafines y otras potestades lo callan en una de las masas corales más impresionantes que se conocen. Boito fue un compositor excelente, adquirió fama por el hecho de ser el gran libretista de Giuseppe Verdi. La colaboración de este par de titanes nos dio Otello y Falstaff, obras magnas, aunque no es justo olvidar que el Mefistófeles de Boito es un festín de bellas melodías y auténtica inspiración dramática, pese a que el sabroso personaje no se salga con la suya.

En tiempos más modernos Ferruccio Busoni (1866-1924) busca inspiración en el Fausto de Christopher Marlowe. La ópera Doktor Faust nace en Dresde en 1925, gracias a los trabajos de Philip Jarnach, ya que Busoni no vivió para darle fin. La obra tiene dos prólogos. En el primero Fausto recibe un libro mágico, mientras que en el segundo invoca a Mefistófeles para que lo conduzca por el camino de las grandes experiencias. Un interludio describe el asesinato, por medios diabólicos, de un joven soldado. Se narra después el amor entre Fausto y la Duquesa de Parma, gracias a la intercesión del caballero nefasto. Fausto relata a los estudiantes sus amores con la Duquesa cuando es interrumpido por Mefistófeles que le comunica que la mujer ha muerto. Al apercibirse Fausto de que el diablo invariablemente le dará malas noticias, aparecen tres seres infernales que le piden la devolución del libro mágico, a lo cual se niega el filósofo. En la escena final, Fausto se encuentra con una mendiga y su hijo. Para su horror descubre que la mujer es la Duquesa y el niño un cadáver. Con gran ternura coloca a la criatura en el suelo y reza con devoción: ofrece su vida a cambio de la del niño. Muere Fausto, mientras un desnudo joven se desprende del cuerpo inerme de la criatura. Busoni utiliza en su obra elementos de las viejas escuelas musicales. Más le suma infinidad de toques novedosos. Doktor Faust es su obra maestra. Ha tardado muchos años en recibir el sitio que merece entre los melómanos del mundo. La profundidad de la música, el indiscutible acierto dramático de la obra de Marlowe, cobran vida en cada nota. Se trata de uno de los pilares operísticos del S.XX.

En 1969, el compositor polaco Krzysztof Penderecki (1933) nos presenta una visión espeluznante de la Francia de 1634. En Los diablos de Loudun tenemos, en realidad, un nuevo concepto de la ópera. La fuente es Los Diablos de Aldous Huxley, tema que también se aprovechó en la soberbia película Madre Juana de los Angeles. No puede uno dejar de pensar que Penderecki recibió tal impresión ante esta joya cinematográfica que decidió ponerle música. El tema religioso ha sido siempre uno de sus favoritos.

En Loudun, Francia, Madre Juana de los Angeles desea fervientemente al sacerdote Grandier, un hombre de mundo que ha tenido muchos deslices con las mujeres del pueblo. Como no logra sus propósitos, la monja jorobada acusa a Grandier de brujería. Después de un infamante juicio, y la dolorosa tortura que significa la extracción de las uñas, se le condena a morir en la hoguera. Cuando la obra se estrenó en Stuttgart causó sensación por el realismo de la dirección y las escenas impresionantes, tal como la de las desnudas monjas, que se paseaban poseídas por el demonio. Aunque se trata más bien de teatro con música, Los diablos de Loudun es más que una obra meramente sensacionalista. Los efectos orquestales muestran la enorme efectividad de un talento artístico que busca crear estados de ánimo al través de recursos nunca antes utilizados en la música.

Tema parecido es el drama de Serge Prokofiev (1891-1953): El ángel de fuego, donde la protagonista también sufre posesión satánica. La obra debió esperar hasta 1954 para ser estrenada en Francia. El tema atrevido y el tratamiento musical explican tal hecho. Con medios muy diferentes a los de Penderecki, Prokofiev nos da una visión del mal, de tremenda efectividad. En el instante en que Renata, la protagonista, recibe al demonio, la orquesta logra comunicar la satánica transformación con un acierto deslumbrante. La historia transcurre en el S.XVI. Renata busca al ángel con el que jugaba en su infancia, En su búsqueda conoce a Ruprecht que trata de salvarla de sí misma, aunque es imposible. En Colonia aparecen Fausto y Mefistófeles por casualidad, e inyectan buen humor a una escena que podía haber sido grotesca: en ella el demonio se traga vivo a un niño. Renata muere en la hoguera tras haber sido juzgada por la Santa Inquisición. Su pecado principal ha sido admitir que tuvo relaciones carnales con el propio Satanás. Aunque la trama parezca un poco jalada por los cabellos, El Angel de fuego tiene una alta calidad melódica. Prokofiev incorporó los temas principales a su Tercera Sinfonía; sin embargo, a fin de saborear los efectos verdaderos es aconsejable conocer esta obra en su versión operística y, por fortuna, hay una filmación sensacional dramática y musicalmente.

Pasamos ahora a Yugoeslavia. Entramos al mundo del ballet con El diablo en la aldea de Franz Lhotka. El compositor, de origen checo, deja sentir la influencia de Smetana y Dvorak en su alegre y folklórica partitura. Lhotka nos cuenta las peripecias de un diablo que trata de destruir el romance de dos campesinos. Vende al joven Mirko un cinturón mágico, con el cual logra dominarlo. Se lo lleva entonces al Averno, pero en medio de una coreografía infernal Mirko logra escapar. Llega a su pueblo a tiempo para impedir que su amada se case con otro…y todo termina alegremente con un baile llamado Kolo. No cabe duda, el diablo resultó esta vez un pésimo guardián.

Franz Liszt (1811-1886) nos dio una visión sinfónica de los personajes de Goethe en su Sinfonía Fausto. Tres cuadros sinfónicos la componen: Faust, Gretchen y Mefistófeles. Al final de la obra utiliza un coro masculino y un tenor solista. Se suele decir que Liszt se inspiró en La condenación de Fausto de Berlioz para esta composición de grandes pretensiones sinfónicas que, aparte de su colorido, cuenta con pocos atractivos importantes. Liszt empezó la Sinfonía en 1853 y fue hasta 1857 cuando quedó lista. La Sinfonía Fausto es obra para directores extrovertidos, pues permite un gran lucimiento de la orquesta.

Richard Wagner (1813-1883) también sucumbió al hechizo de Goethe. Escribió la Obertura Fausto en París, en 1839-40 y revisó la obra en 1855; esa es la edición que conocemos. Una música estimulante y entretenida con bellos efectos de claroscuro en la orquestación. La Obertura no ofrece el Wagner de verdadera altura que podríamos esperar, aunque de todos modos, se trata de Wagner.

El maestro alemán de la época romántica fue Carl Maria von Weber (1786-1826). Su obra principal es la ópera mágica El francotirador, estrenada en 1821. Se utilizan en ella, como inspiración, ciertas leyendas germanas; el ambiente es totalmente alemán: el embrujo al que sucumbe el pueblo bajo la superstición, lo sobrenatural y naturalmente los elementos diabólicos. El villano Caspar ha entregado su alma a Zamiel, el demonio. Para romper este pacto es necesario dar a Zamiel otra víctima. Max, un cazador, está enamorado de Agata. Sin embargo, para obtener su mano, debe ganar un concurso de tiro. Con este fin acepta un pacto diabólico. La fe de Agata y la buena voluntad de los campesinos de Bohemia en el S. XVII, logran que el final sea feliz, y todo transcurre entre algunas de las más admirables melodías de la música romántica alemana. Esta ópera ha caído en una especie de olvido en los teatros de América aunque continúa siendo una de las favoritas de Europa. La escena de la guarida del lobo, donde se funden las balas mágicas con la ayuda infernal, es magnífica: un buen ejemplo del género terrorífico en la ópera.
Si asociamos de alguna manera a los vampiros con lo diabólico, conviene tener presente otro testimonio de este género, Der Vampyr, de Heinrich Marschner (1795-1861) estrenada en 1828 y popularísima en su época. Lord Ruthven ha realizado un terrible pacto pero se escapa de las manos del demonio por tres años consecutivos presentándole una joven pura para que sea sacrificada. Es un vampiro disfrazado. Como es usual, termina por ser atrapado y castigado por una pareja de enamorados; encuentra su merecido en un terrible relámpago que lo hace desaparecer. La música de Marschner es bella y atractiva, sin mayores pretensiones y buena construcción. Esporádicamente se representa en Europa.

Trasladémonos, para finalizar, a una gloriosa época de la ópera francesa. Es el año de 1831, no hay cines, lo que más divierte a todos es el espectáculo operístico y pocos sirven una mesa tan bien puesta como Giacomo Meyerbeer (1791-1864). Se abre el telón. Estamos en Palermo en el S. XIII; la ópera es Robert Le Diable. Roberto, Duque de Normandía, es hijo del diablo y de una mortal. El Amo del Averno toma la forma de Bertram y sigue a su hijo, pues desea obtener su alma. Roberto se enamora de la Princesa Isabella, en Sicilia, aunque para obtener su mano debe ganar un torneo. Bertram utiliza todas sus artimañas para que esto no suceda. Roberto se desespera, decide recurrir a medios diabólicos para ganar, más Isabella lo convence. Roberto denuncia entonces a Bertram, que regresa a los infiernos. Los amantes se casan en un gran final. En esa época el ballet era de rigor. Bertran invoca así a las almas de las monjas que quebrantaron sus votos para danzar a su alrededor. Cuando Chopin asistió al estreno escribió: “Si alguna vez hubo magnificencia en el teatro, dudo que haya tenido el nivel de esplendor de Robert le Diable…es una obra maestra. Meyerbeer se ha hecho inmortal.” Chopin se equivocó: hoy en día Robert le Diable parece haber heredado a la madre mortal, no la inmortalidad del padre. Hay un resurgimiento de Meyerbeer en Europa y solo el tiempo dirá si será descubierta por las nuevas generaciones de operómanos.

En fin, la música ha dado diablos de muy variados colores y sabores. No hemos cubierto, ni con mucho, todas sus manifestaciones, pero una cosa podemos asegurar: ¡El diablo llegó para quedarse! La historia es testigo.



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