El Motete BWV 118 de J.S. Bach

marzo 13, 2015

Por Francesco Milella

La estructura litúrgica alemana consideraba con singular atención el tradicional papel de las cantorías de las Iglesias que antiguamente entonaban elaborados motetos polifónicos, distinguiéndose así de la comunidad de fieles a quien les tocaba, por el contrario, cantar melodías mucho más sencillas. Esta tradición musical y religiosa ocupaba un papel fundamental en la vida litúrgica de Leipzig: cada domingo durante la celebración de la misa y durante las Vísperas, las majestuosas y hieráticas capillas de las iglesias locales se llenaban de coros polifónicos que, sin lugar a duda, debían de representar un evento emocionante para los fieles acostumbrados a un repertorio monódico. Durante la semana, la tradición luterana incluía los motetes y en general la polifonía en diferentes ocasiones, como los matrimonios, aniversarios y los ritos funerarios.

Evento para los que Johann Sebastian Bach, como Kantor de una de las más importantes iglesias locales, la Thomaskirche, debía de componer música polifónica, obviamente además de las obras para el calendario tradicional del Ordinario. Así nace el motete BWV 118 “O Jesu Christ, meins Lebens Licht”, compuesto entre 1736 y 1737 y retomado en 1740 probablemente para las exequias del gobernador de Leipzig, Joachim Friderich von Flemming, con notables diferencias en el orgánico musical: Bach de hecho añade dos trompas en Si bemol y tres oboes y fagot para duplicar en las cuerdas correspondientes el bajo continuo.

Empecemos con el texto, breve, sencillo y esencial.

Oh Jesús, luz de mi vida, mi tesoro, mi consuelo, mi confianza, sólo soy un huésped en la tierra y me oprime fuertemente la carga de los pecados.

Como siempre, en la música de Bach las palabras parecen crecer, cambiar y apoderarse de un significado aún más fuerte e intenso del que puede parecer leyendo el texto. Como si Bach las llenara de luz, les diera vida. Para entender mejor este aspecto, fundamental para apreciar no solamente este motete sino toda su obra vocal, es suficiente escuchar el inicio: el motete se abre con una plácida y cariñosa introducción orquestal, que Bach repite al final de cada estrofa, en donde sutiles y amables tensiones armónicas van maravillosamente enredándose entre sí, en una continua metamorfosis tonal que Bach logra hábilmente resolver en Si bemol mayor, cuando aparece frente a nosotros la primera palabra “O Jesu”. Como si las nubes se disiparan para mostrarnos una verdadera resurrección de la Palabra. En este momento empieza la magia vocal de este motete: recuperando la técnica medieval y renascentista del cantus firmus, o sea la frase musical que sirve como base armónica y melódica para toda la estructura polifónica, Bach crea un emocionante diálogo entre las cuatro voces. Se trata de un diálogo que nace a partir de pequeños juegos imitativos entre sopranos, contraltos, tenores y bajos. Juegos que cambian en cada una de las cuatro estrofas en las que el motete está organizado, dando así lugar a cuatro diferentes plantemanientos melódicos y armónicos.

En este motete Bach nos va llevando de la mano, con un lenguaje armónico y contrapuntístico seguramente complejo y elaborado, pero increíblemente linear e inmediato, en un mundo espiritual íntimo y cariñoso. Hablando a cada uno de nosotros, Bach nos muestra el mundo de la muerte, un mundo donde en vez del dolor encontramos la esperanza, donde en vez de la tristeza y del miedo encontramos la liberación de los pecados y de lo efímero. Habría más cosas que decir de este mundo, pero hay casos en donde es mejor dejar hablar a la música.

Helmut Rilling:


 

John Eliot Gardiner:

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