El “Teatro dell’Opera” de Roma, una absurda comedia italiana

Publicado: febrero 12, 2015 Última Modificación febrero 12, 2015 Por: adminmusica

Roma nunca ha sido una ciudad de gran tradición operística. Más allá de los estrenos de “Il Barbiere di Siviglia” y de “Cenerentola” de Rossini, la capital italiana nunca logró, en el siglo XIX, alcanzar los niveles de Milán, Bolonia, ni mucho menos de Nápoles. Las cosas no cambiaron en el siglo XX: el Teatro Costanzi, luego Teatro dell’Opera di Roma, construido en 1874, para poder dar a la nueva capital del Reino de Italia una arena operística que fuera digna de la ciudad, vivió sus fugaces momentos de gloria con voces como Beniamino Gigli, Claudia Muzio y Tancredi Pasero, que desaparecieron con la muerte del fascismo después de 1945. ¿Y luego? Una lenta caída que ni la famosa huida de la Callas en la “Norma” de 1958, ni el estreno italiano de Marilyn Horne en “Tancredi” lograron parar. Caída que en estos meses ha llegado a una situación de parálisis.

¿Cuál es el problema? ¿Y cuáles son sus causas? Dos preguntas que en un país normal podrían encontrar una fácil respuesta. No es obviamente el caso de Italia, en donde la normalidad nunca ha sido de casa. Vayamos con orden, empezando con la primera pregunta: el problema. En enero del 2014 el “sovrintendente” del Teatro, Carlo Fuortes, en una delicada rueda de prensa, presenta una clara y dramática situación económica: el total de los ingresos, entre financiamientos públicos y privados y venta de boletos, es de 51 millones, los gastos, en cambio, son de 61 millones. Muy fácil: 10 millones de euros de pérdida.

Ahora, las causas, diferentes, extrañas… muy italianas. Parte de ellas podrían resultar más claras si comparamos el teatro romano con el Met de Nueva York, un teatro que, con 860 empleados con contrato de tiempo completo y 200 part-time, produce cada año 210 noches de ópera, con transmisiones en teatros y salas cinematográficas en todo el mundo. En cambio, el “Teatro dell’Opera” de Roma cuenta con un total de 450 empleados y produce 51 noches de ópera cada año. Más claramente: el teatro italiano produce menos de un cuarto de los espectáculos del Met con la mitad de sus empleados. Si a este absurdo exceso de empleados le sumamos el problema de unos sindicatos ciegos y testarudos, que exigen indemnización para los coristas si tienen que cantar en alemán o francés, o si el director de escena les pide mover la cabeza al ritmo de la música, podemos tener una visión más amplia y completa de las principales causas de este momento de crisis. Claro, no son todas. Obviamente hay causas menores como la presencia de un público cada vez más escaso y desinteresado, problema que la ciudad de Roma nunca ha logrado resolver.

Todo esto desencadenó, a partir del 2012, una serie de huelgas y manifestaciones que limitaron drásticamente las actividades musicales hasta llegar al 15 de septiembre de 2014 cuando Riccardo Muti, que había sido nombrado director artístico dos años antes, entregó la carta de renuncia a su cargo, dejando a la mitad las producciones de “Las Bodas de Fígaro” y “Aida”. La reacción de la Secretaría de Cultura, encabezada por Dario Franceschini (“famoso” escritor de novelas…), y del alcalde de la ciudad de Roma, Ignazio Marino, fue inmediata: despedir a 182 de los 460 empleados del teatro para reducir la pérdida de cuatro millones. Solo la intervención de los sindicatos, como siempre listos y agresivos cuando se trata de defender (incluso lo indifendible), logró, en noviembre del mismo año, parar esta decisión.

¿Ahora? Ahora, silencio, en espera de otras alternativas que puedan dejar felices y tranquilos a los trabajadores, a los políticos y a los sindicatos, tres esenciales protagonsitas (¿o antagonistas?) en la guerra que Italia vive, día por día, para defender su propio patrimonio artístico.

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