El triunfo de Manon Lescaut

Publicado: marzo 6, 2016 Última Modificación marzo 6, 2016 Por: adminmusica

Por José Antonio Palafóx

El pasado sábado 5 de marzo fuimos testigos, a través de las transmisiones en vivo proyectadas en el Auditorio Nacional, de una de las mejores puestas en escena de ópera que el MET de Nueva York ha programado en su temporada 2015-2016: la Manon Lescaut de Giacomo Puccini.

Esta historia de desmedida ambición y trágico amor fue brillantemente recreada por un elenco de primera línea, encabezado por la cautivante presencia de la soprano letona Kristīne Opolais en el papel principal. Con asombrosa facilidad, Opolais transitó por las diversas etapas que describen el proceso de lucha interna del personaje de Manon: la aparente ingenuidad en el primer acto, cuando se enamora del estudiante Des Grieux; luego, en el segundo acto, la frivolidad, cuando –seducida por la riqueza del viejo caballero Geronte- ha abandonado a su joven y pobre enamorado para instalarse cómodamente en un mundo de lujos y placeres vanos; después, en el tercer acto, la angustia ante el amor que se le escapa de las manos cuando, una vez arrestada, está a punto de ser enviada a América junto con otras cortesanas; y finalmente, el miedo ante la muerte que se va apoderando de su lastimado cuerpo en mitad del desierto de Louisiana. Y fue en este último acto en el que Kristīne Opolais nos deleitó con una memorable interpretación de la famosa aria “Sola, perduta, abbandonata”, llena de un dramatismo e intensidad capaces de conmover hasta a las rocas del páramo desierto donde Manon encuentra su fatal destino.

El papel del estudiante Des Grieux, uno de los más exigentes escritos por Puccini, fue llevado a buen término sin ningún problema por el tenor italiano Roberto Alagna, quien nos ofreció uno de los mejores trabajos que le hemos escuchado en años, con momentos realmente inspirados como en el aria “Donna non vidi mai” del primer acto, cuando Des Grieux se da cuenta de que ha quedado irremediablemente prendado de la belleza de Manon. Con un aspecto similar al de Jean Gabin en las clásicas películas francesas de la década de 1940, el Des Grieux de Alagna fue una verdadera creación que nos hizo vivir de manera emotiva la evolución del personaje -desde el nacimiento de la ilusión del amor joven hasta la desesperación ante la pérdida del ser amado- como si nosotros fuésemos los protagonistas.

Lescaut, el convenenciero hermano de Manon que al final demuestra tener un corazón de oro, fue correctamente interpretado por el joven barítono italiano Massimo Cavalletti, quien nos parece una estrella en ascenso que dará más de qué hablar con el tiempo.

Mención aparte merece el genial Geronte cantado por el bajo británico Brindley Sherratt, quien literalmente se robó la escena al final del primer acto, cuando trama el secuestro de Manon, y durante prácticamente todo el segundo acto, cuando cree tenerla bajo el influjo de su dinero para después ser humillado por ella. La voz de Sherrat es poderosa, y su presencia escénica resulta magnética. Tal vez sea uno de los mejores Gerontes que se han escuchado en años.

Por su parte, la puesta en escena del director británico Richard Eyre resultó realmente soberbia, siendo acertadísima la transposición de la acción de la Francia del siglo XVIII a la Francia de la ocupación nazi. Al igual que la vida de Manon, los escenarios se van haciendo pedazos progresivamente, hasta que al final solo quedan agresivos trazos y obscuridad en su más pura esencia. Así, de un cafetín al aire libre al lado de un hotel semiderruido por las bombas, pasamos a una suntuosa mansión monolítica cuyo esplendor recuerda a la apabullante arquitectura nazi (ya que –en la propuesta de Eyre- Geronte resulta ser un colaboracionista), luego a un sombrío barco rayano en la abstracción, y finalmente a una bóveda desolada y derruida con grandes ventanales rotos y un suelo lleno de afilados escombros entre los que Manon expira ante la impotente mirada de su amado des Grieux.

Además de dirigir puestas en escena operísticas, Richard Eyre tiene experiencia como director de cine y televisión, y esto se nota en su espléndido manejo de personajes: durante los tres primeros actos, por todo el escenario transitan de un lado a otro soldados nazis, estudiantes, obreros, parroquianos, músicos de cafetín y clérigos, “relatando” pequeñas y divertidas historias mudas que, aunque suceden al margen de la acción central, sirven para dar una clara idea de la situación y el juego de poder entre invasores e invadidos. Asimismo, los cantantes principales se desprendieron totalmente del acartonamiento con que generalmente se relaciona a los personajes de la ópera, llegando a hacernos olvidar que se trataba de un espectáculo en vivo sobre un escenario y haciéndonos sentir como si estuviésemos viendo “La dama de Shanghai” o algún otro film noir.

Finalmente, el maestro Fabio Luisi, al frente de la orquesta del MET, hizo entrega de una lectura clara y apasionada de la partitura de Puccini. Majestuosa cuando debía serlo, sutil cuando correspondía, la orquesta se transfiguró en un reflejo de los sentimientos de los protagonistas, y no solo en un mero acompañamiento sonoro. Uno de los momentos más esperados de esta ópera -el famoso Intermezzo con que inicia el tercer acto- se convirtió bajo la brillante dirección de Luisi en un verdadero lamento lleno de dolor y ternura.

Al terminar la transmisión de Manon Lescaut, los rostros satisfechos del público que abandonaba el recinto bastaron para saber que lo que había tenido lugar había sido uno de los mejores espectáculos que el MET de Nueva York nos ha ofrecido en esta temporada. Esperemos a ver los siguientes.

Giacomo Puccini – Manon Lescaut: Acto I. Donna non vidi mai / Roberto Alagna (Des Grieux)

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