Enterrado el tabú de la muerte de Ataúlfo Argenta

abril 8, 2017

Fue una torpeza infantil. Un accidente hijo del frío y el absurdo. Nevaba aquella madrugada del 21 de enero de 1958 en Madrid. Había concertado una cita secreta con Sylvie Mercier, aquella joven alumna pianista francesa de 23 años, para pasar una noche furtiva en su casa de Los Molinos. Las paredes despedían la soledad oscura de un congelador. Encendió la chimenea y esperó acurrucado junto a ella en el garaje, con el motor de su Austin A-90 SIX, encendido. Las emisiones de anhídrido carbónico les sumieron en un sueño. Los pulmones de ella resistieron. Los del maestro, desvencijados tras un episodio de tuberculosis que poco antes lo había dejado en los huesos, no.

 

Así termina el tabú en torno a la muerte de Ataúlfo Argenta. Se lo ha contado la única testigo de la misma a Ana Arambarri para su biografía sobre el músico, que publicará Galaxia Gutenberg. Fue uno de los directores de orquesta más brillantes de la generación de posguerra en Europa. Su nombre andaba codeándose en la liga de Herbert von Karajan, Carlo Maria Giulini o Sergiu Celebidache, que lo admiraban.

 

Pero murió con 44 años, cuando era titular de la Orquesta Nacional y había sobrevivido a dos guerras, la civil y la europea. Víctima de una chiquillada que truncó su fascinante e insólita carrera internacional lanzada desde España al mundo en mitad del baldío franquista. Así lo relata de manera rigurosa y excelente Arambarri en Atáulfo Argenta. Música interrumpida. ‘

 

Atraída por el misterio y la leyenda de Argenta, Ana Arambarri comenzó a escribir su biografía hace décadas. Pero la guardó en un cajón. “Yo oía sus historias en casa constantemente. La familia, a la que estaré eternamente agradecida, me confió sus materiales y me puse a ello”. Un buen día llegó al juzgado de El Escorial y pidió el informe que en su día realizaron para levantar el cadáver y dar cuenta de los hechos aquella gélida madrugada del 21 de enero de 1958. Un día antes había triunfado con El Mesías de Haendel en el Teatro Monumental, de Madrid. Bromas pesadas de la gloria. Fue su último concierto. La jueza encargada se lo entregó y le advirtió de que la utilización de ese material, de causar daño a su familia, le acarrearía problemas con la ley. Tras las explicaciones, le dejó revisar todos los documentos. “Menos mal. Tomé entonces las notas que me han servido para relatar los hechos en la biografía. Cuando he querido volver a revisarlos hace dos años, me han denegado el permiso”. La jueza que entonces le dio acceso se llamaba Manuela Carmena, hoy alcaldesa de Madrid. “No se acordará, pero fue ella”, certifica Arambarri.

 

Argenta tenía una debilidad clara y una firme fortaleza. La primera eran las mujeres. La segunda, paradójicamente, Juanita Pallarés, su mujer. Y sus cinco hijos. “Eran una pareja distinta para lo que se estilaba en su época. Si bien Juanita le echaba en cara sus devaneos, llegó a tolerarlos”, comenta Arambarri. La autora ha tenido acceso a sus cartas familiares más íntimas. Conoció la historia de Argenta desde niña y trató frecuentemente a su esposa. “Mi madre fue alumna de Argenta e íntima amiga de Juanita. Íbamos juntos a conciertos en los que a ella le gustaba decir: esto, Ataúlfo, lo hacía mucho mejor”.

 

Fuente: Jesús Ruiz Mantilla para El País

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