Eugene Onegin: el brillo de la indolencia

abril 25, 2017

Por José Antonio Palafox

El pasado 22 de abril tuvo lugar en el Auditorio Nacional la transmisión en vivo desde el MET de Nueva York de Eugene Onegin, una de las más grandes óperas escritas por Piotr Ilich Tchaikovski y, sin duda, una de las mejores del repertorio romántico ruso. La concurrencia no fue tan nutrida como en otras ocasiones, pero el anuncio de la aplaudida dupla formada por la soprano Anna Netrebko y el barítono Dmitri Hvorostovsky en los papeles principales fue suficiente para que en el recinto se dieran cita los admiradores incondicionales de ambas superestrellas.

 

Sin embargo, de manera inesperada se notificó por los altavoces que el papel titular correría a cargo del experimentado barítono sueco Peter Mattei en sustitución del esperado Dmitri Hvorostovsky, quien continúa su lucha contra el tumor cerebral que lo aqueja desde hace dos años. Este cambio de último minuto decepcionó a gran parte del público porque, en los últimos años, el papel de Onegin ha sido una de las grandes creaciones de Hvorostovsky. Pero Mattei —que cantó este personaje en el Festival de Salzburgo de 2007 y en el propio MET en el 2013— no se quedó atrás: el cantante es poseedor de una de las más bellas voces de barítono lírico que hemos escuchado en mucho tiempo, y con su gran presencia escénica supo imprimir al protagonista la dosis exacta de desprecio por la vida campirana, indolencia ante la inocente pasión de una joven ingenua, dolor ante la muerte del amigo y, finalmente, desesperación ante la imposibilidad de recuperar el amor perdido. Así, lo que parecía haber empezado como una cubetada de agua fría para los fans de Hvorostovsky terminó siendo una memorable puesta en escena en la que el proceso de madurez de Eugene Onegin brilló en todo su esplendor.

 

A su vez, Anna Netrebko —cada vez más redondita, pero siempre atractiva— ofreció una espléndida Tatiana Lárina, tal vez un poco sobreactuada pero impecablemente cantada. Verdadera prueba de fuego siempre ha sido la famosa escena de la carta del Acto I, ya que es una especie de punto de inflexión en que Tatiana se transforma de una tímida joven campirana en una mujer henchida de pasión, por lo que la partitura exige el máximo esfuerzo y el mayor lucimiento de las habilidades vocales y actorales de la soprano que lo interprete. Netrebko logró dar cuenta de esta difícil escena sin ninguna dificultad y demostró con creces que el de Tatiana es uno de los papeles con que se siente como pez en el agua. No por nada es uno de sus personajes más aclamados.

 

Olga Lárina, la juguetona hermana menor de Tatiana, fue admirablemente interpretada por la mezzosoprano rusa Elena Maximova, quien es dueña de una voz sólida y una presencia harto simpática, aunque su personaje, que se la pasa revoloteando de un lado a otro del escenario, ya sea gastando bromas a Tatiana, besando apasionadamente a Lensky —su prometido— o paseando del brazo del infame Onegin, logró ponernos nerviosos por momentos con su hiperactividad. Por su parte, el tenor ruso Alexei Dolgov dio vida a Lensky, el desafortunado poeta que, en un arranque de celos, reta a duelo a Onegin y cuya muerte sirve para hacer que el indolente dandi citadino empiece a reflexionar sobre las consecuencias inherentes a sus actos. Su voz clara y vibrante, así como su amable y un tanto torpe actitud coronada con un par de quevedos, hicieron de este Lensky un personaje realmente entrañable cuyo violento fin dejó literalmente helados a los espectadores. Finalmente, el bajo eslovaco Štefan Kocán encarnó al príncipe Gremin, futuro esposo de Tatiana. Aunque su participación se limita a un breve momento del Acto III, la bellísima aria en que explica a Onegin las razones por las que decidió casarse con Tatiana fue uno de los momentos cumbres de esta puesta en escena, y el excepcional desempeño vocal del cantante justamente reconocido con una prolongada ovación.

 

Pero los aciertos no solo se limitaron a la estupenda selección del reparto, sino que continuaron con la poderosa intervención del coro y una impecable interpretación de la orquesta del MET bajo la batuta del jovencísimo maestro Robin Ticciati, quien, con todo y los demasiado expresivos gestos de angustia que hacía mientras dirigía, logró ofrecer un Tchaikovski tan pasional, dulce y dramático como pocas veces hemos escuchado.

 

Mención aparte merecen las impresionantes escenas de baile (la vertiginosa danza campesina del inicio y el ordenado baile “de sociedad” en casa de los Larin) y la magnífica puesta en escena a cargo de la directora teatral británica Deborah Warner, quien optó por una escenografía y vestuarios de época (mediados del siglo XIX) y dividió inteligentemente el escenario en tres niveles de profundidad gracias a los que consiguió recrear con acierto el melancólico paisaje nevado de la campiña rusa (con todo y sus característicos árboles), la íntima atmósfera del salón de los Larin (donde se lleva a cabo la malhadada fiesta que culmina con el reto a duelo) y los esplendorosos interiores de un palacio en  San Petersburgo (donde un torturado Onegin vuelve a encontrar a Tatiana, ya convertida en la princesa Gremin), todo envuelto en una atmósfera similar a la que podemos observar en las pinturas de Ilya Repin.

 

Al final, el público del Auditorio Nacional —entre el que resultó una agradable sorpresa encontrar muchos jóvenes de no más de 20 o 21 años de edad— abandonó el recinto con expresión satisfecha. Una vez más, el infalible arte ruso logró su cometido.

 

Piotr Ilich Tchaikovski: Aria de Lensky (Eugene Onegin) / Alexei Dolgov (Lensky)

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