Gilbert y Sullivan, la pareja ideal

enero 9, 2017 9:39 am
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Por José Antonio Palafox

 

El lugar

Nos encontramos en la vertiginosa Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX. La Revolución Industrial ha dado como resultado una nueva sociedad contradictoria en la que lo mismo tienen cabida las rigorosas investigaciones científicas de Charles Darwin que las brutales disecciones de Jack el Destripador, los fieros retratos sociales de Charles Dickens y el exquisito esteticismo decadente de Oscar Wilde. Es en ese marco que surge la curiosa obra musical conjunta de dos personajes que parecen salidos de uno de los delirantes relatos escritos por Lewis Carroll: el libretista W. S. Gilbert y el compositor Arthur Sullivan, quienes en menos de 25 años crearon catorce singulares operetas que se caracterizan por una muy peculiar combinación de fantasía, comedia y absurdo.

 

El músico

Hijo de un director de banda militar, Arthur Sullivan (1842-1900) inició su carrera como compositor de manera precoz al escribir, con solo ocho años de edad, un himno litúrgico para el coro de niños de la Capilla Real de Inglaterra, del que también era solista. Más tarde estudió en la Real Academia de Música y en el Conservatorio de Leipzig, de donde se graduó con una suite sinfónica basada en La tempestad de Shakespeare. A su regreso a Inglaterra, se dedicó a la composición de una serie de ambiciosos proyectos, entre los que destacan el ballet La isla encantada, una Obertura en do mayor, un concierto para violonchelo y la Sinfonía Irlandesa. Entre 1866 y 1870, Sullivan compuso Cox and Box, su primera ópera cómica, una inusual pieza orquestal titulada Overture di Ballo y un ciclo de canciones. Esta serie encadenada de éxitos hizo que su talento fuera reconocido y le permitió codearse con la crema y nata de la intelectualidad y la aristocracia inglesa de su época. En diciembre de 1868, el respetado empresario teatral John Hollingshead lo invitó a ver el estreno de su más reciente producción, Robert the Devil, una extravagante comedia cuyo libreto había sido escrito por W. S. Gilbert como una parodia a la ópera Robert le Diable de Giacomo Meyerbeer.

 

El libretista

William Schwenck Gilbert (1836-1911), hijo de un cirujano naval convertido en autor de cuentos infantiles, empezó a ganar popularidad a temprana edad con las críticas teatrales que escribía en forma de parodia y los poemas cómicos que publicaba en la revista satírica Fun y que más tarde reunió en un volumen llamado Bab Ballads. Sin embargo, su primer triunfo relacionado con el mundo musical data de 1866, cuando escribió Dulcamara, or the Little Duck and the Great Quack, que era una parodia de El elixir de amor de Donizetti. El gran éxito que esta chacotera obra tuvo entre el público victoriano hizo que Gilbert se dedicara a escribir una tras otra sendas parodias operísticas llenas de inteligentes juegos de palabras que hicieron destacar su trabajo por encima del de otros dramaturgos, quienes por entonces poblaban los teatros londinenses con decenas de sátiras vulgares y de dudoso buen gusto, cuyo único objetivo era imitar las “picantes” obras francesas de la época.

 

Este detalle “intelectual” que hacía a Gilbert distinto a sus colegas hizo que en 1869 empezara a colaborar con Thomas German Reed, uno de los grandes renovadores del espectáculo teatral victoriano, quien por entonces se encontraba librando su cruzada personal para recuperar la respetabilidad que parecía haberse esfumado de los escenarios londinenses. Gilbert escribió seis exitosas comedias musicales para este paladín de los tablados, al tiempo que empezaba a desarrollar un estilo propio y a aventurarse en la dirección escénica. Pero el éxito absoluto llegaría en 1871, cuando el innovador empresario teatral John Hollingshead (quien ya había estrenado varias de las obras de Gilbert) lo instó a colaborar con el también exitoso compositor Arthur Sullivan en la creación de una comedia musical “navideña”. El resultado fue Thespis, primera de las 14 extravagantes operetas que surgieron de la asociación entre estos dos talentos tan peculiares.

 

El topsy-turvy

Como si de un par de desquiciados equivalentes musicales de los grabados sátiricos de William Hogarth se tratase, Gilbert y Sullivan fueron los artífices de un reino del absurdo donde los valores se trastocan, los convencionalismos son dinamitados y todo parece estar “patas arriba” (topsy-turvy, en inglés). Así, en las operetas de Gilbert y Sullivan encontramos dioses mitológicos decrépitos y envejecidos a los que ya nadie respeta (Thespis), temibles piratas que al final resultan ser aristócratas que solo están un poquito “desorientados” (Los piratas de Penzance), gondoleros que se convierten en monarcas mientras reman al ritmo de canciones (Los gondoleros) o solteros que son condenados a la pena capital simplemente por andar coqueteando en la calle (El Mikado), por mencionar solo unos cuantos. Estas estrafalarias historias (que dentro de su absurdo poseen una impecable lógica) se desarrollan en un marco rico en chistes y boberías y están aderezadas con pegajosas canciones que —literalmente— hicieron enloquecer a los espectadores de su época, quienes abarrotaban los teatros donde se representaban. Salvo Thespis, que solo duró un mes en cartelera, los siguientes trabajos de esta fenomenal pareja conocieron un éxito ascendente y sin precedentes. Así, The Sorcerer tuvo 175 representaciones, que fueron nada en comparación con las 700 representaciones consecutivas de la cáustica H.M.S. Pinafore. El empresario Richard D’Oyly Carte mandó construir el Teatro Savoy exclusivamente para producir y albergar los trabajos de esta dupla creativa, y Gilbert y Sullivan llegaron a ser inmensamente ricos. Sus obras se representaban en todos los países de habla inglesa, a veces incluso de manera simultánea en una docena de teatros de una misma ciudad. En las calles se silbaban sus melodías, y grupos corales organizaban veladas donde solamente se interpretaban canciones de sus operetas. Incluso llegaron a representarse versiones “piratas”. De hecho, para evitar este fenómeno, Gilbert y Sullivan tuvieron que empezar a coordinar los estrenos simultáneos de sus obras en Inglaterra y Estados Unidos. El público se divertía (basta ver la cantidad de veces que, hoy en día, se representan estas operetas en colegios y escenarios profesionales de todo el Reino Unido para darnos cuenta de que el público se sigue divirtiendo) a morir con los desternillantes diálogos escritos por Gilbert y que parecen sacados de una película de los hermanos Marx, y salía del teatro tarareando los juguetones temas musicales (que están en gran deuda con una larga tradición compositiva que va desde Händel hasta Mendelssohn y Donizetti) compuestos por Sullivan.

 

El final

La forma prácticamente perfecta en que la música de Sullivan fluye de una manera elegante y sin esfuerzo a través de los retruécanos propuestos por los textos de Gilbert, los cuales a su vez se asientan cómodamente sobre la estructura musical para lograr un inusitado equilibrio, nos habla de una inigualable maestría y un perfecto entendimiento entre el libretista y el compositor. Sin embargo, paradójicamente, su relación personal era demasiado conflictiva, y en realidad nunca se llevaron bien. Tanto las diferencias de carácter (Gilbert era bastante irascible, mientras que Sullivan era demasiado pasivo) como el hecho de que, en sus libretos, el primero satirizaba implacablemente a los ricos y poderosos que eran precisamente los protectores y amigos del segundo, hizo que su relación fuera deteriorándose y empezara a afectar la realización de sus obras, que a duras penas eran salvadas por la intervención de terceras personas. La última de ellas, El gran duque, fue un estrepitoso fracaso (el único en toda su carrera). La dupla creativa se separó en 1896 y nunca volvió a trabajar de manera conjunta.

 

Enfermo, sir Arthur Sullivan (la reina Victoria lo nombró caballero en 1883) siguió componiendo música para otros libretistas, y murió en 1900. Por su parte, Gilbert continuó montando obras teatrales, aunque jamás volvió a disfrutar de un éxito como el que conoció al lado de su odiado Sullivan. En 1903 escribió: “Un Gilbert de nada sirve sin un Sullivan, y no puedo encontrar uno”. Sir William Gilbert (en 1907 también él fue nombrado caballero) murió en 1911, cuando intentaba salvar a una joven que estaba ahogándose en un lago.

Gilbert y Sullivan: I’ve got a little list (El Mikado) / Mitchell Butel (Ko-Ko)

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