Gótico, barroco, bohemio: Jan Dismas Zelenka.

agosto 4, 2017

Por Francesco Milella

Hablar de Jan Dismas Zelenka y dedicar a su enigmático genio musical un capítulo en nuestro viaje por el barroco europeo es un reto que merece ser enfrentado.

Detrás de la figura de este extraordinario compositor bohemio se esconde un mundo musical cuya belleza, majestuosidad y encanto pueden competir, probablemente, solo con el de Johann Sebastian Bach, quien de hecho en sus obras encontró gran inspiración. Zelenka, olvidado por una historia a veces demasiado superficial y categórica, es un compositor extraordinario, una de las voces más completas y brillantes que la música barroca haya tenido en su larga historia.  

En los libros de historia su nombre aparece como máximo representante de ese mundo cultural, nacido violentamente de las cenizas de la Guerra de los Treinta años (1618 – 1648), que hoy en día se conoce como barroco bohemio. Su música, no podemos negarlo, vive y respira en ese clima, en esa extraordinaria mezcla entre la arquitectura italiana, impuesta por los jesuitas en el siglo XVII para extirpar los núcleos de protestantes, la sabiduría alemana y la espiritualidad ortodoxa. De ahí Zelenka se eleva, como pocos años después haría Georg Friderich Handel, a perfecta síntesis de todo el barroco europeo, rompiendo todas las fronteras.

Los pocos datos que poseemos de su vida parecen confirmar su identidad europea. Zelenka nació en Lounovice, pequeño pueblo de los alrededores de Praga, en 1679. Comenzó sus estudios en dicha ciudad y luego  se trasladó a Dresden en 1710, donde entró como violinista en la orquesta de la corte. Largos viajes lo llevaron a Italia para estudiar con Antonio Lotti, y a Viena con Johann Joseph Fux y con el célebre Joachim Quantz. En 1725 regresó definitivamente a Dresden donde murió en el diciembre de 1745.

En su catálogo musical, mínimo en comparación con el de Telemann o del mismo Bach, domina la música religiosa: más de veinte misas, casi un centenar entre partes de misas, antífonas, salmos e himnos litúrgicos, diez motetes y cuatro oratorios. El catálogo instrumental, desarrollado probablemente más por deber que por real interés, incluye seis sonatas en trío, cinco caprichos para orquesta, un par de oberturas y la célebre Hipocondrie para siete instrumentos, una obra misteriosa cuyo título todavía no ha sido explicado.

Sin restarle nada a su repertorio instrumental, brillante y original, en equilibrio entre mundo francés y mundo alemán, hay que reconocer que es en la música religiosa en donde el genio de Zelenka brilla con mayor intensidad. Cada una de sus obras religiosas sigue impactando a todos los que se acercan a este compositor por la majestuosidad musical que encierran, por la riqueza instrumental que acompaña sus coros, por la teatralidad y la fantasía que brota en cada una de sus notas. Las primeras notas del Miserere no necesitan más explicación: la tensión y la melancolía con que Zelenka introduce el coro en esta obra son indescriptibles. En un crescendo de voces que se enredan entre si, el compositor bohemio parece casi anticipar la dolorosa humanidad del Requiem de Mozart.

La misma fantasía la volvemos a encontrar en su Te Deum para coro y orquesta: el color, el tono son casi opuestos. Ahora domina la luz, la calidez y la alegría espiritual. Zelenka nos abraza con una verdadera fiesta de sonidos, una explosión de colores. La sensación, por un momento, es la de estar en Versailles con Lully y Rameau. Pero detrás de este triunfo musical aparece una espiritualidad alemana, que podríamos definir gótica.

La música de Zelenka, barroca en todos sus elementos, nos eleva con esa fuerza que solo Bach se había atrevido a usar con nosotros. Pero lo hace “ensuciándose las manos”, pasando por esa dimensión terrena que el genio de Eisenach había eliminado de su música. Bach miraba hacia arriba indicando con ambas manos el cielo, glorificándolo con todas sus energías. Zelenka regala una mano a Dios, y otra a nosotros.

 

MISERERE

MISSA PURIFICATIONIS BEATAE VIRGINIS MARIAE

MISSA  VOTIVA

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