Grandes Compositores. John Adams (1947)

abril 13, 2014

Por Ricardo Rondon

Nacido en New Hampshire, John Adams nos ha dado música a veces catalogada como “minimalista” o “postmoderna”. El resultado es que Adams desafía la categorización. Tiene la curiosidad de un inventor y la valentía de un innovador. Invariablemente ha estado dispuesto a encontrar a su público a la mitad del camino. No le interesa la idea de que la música sea un ejercicio intelectual o abstracto. Su ópera Nixon en China, a pesar de una producción “sui generis” de Peter Sellars, resultó un paso importante dentro de la música. Es una de las pocas óperas actuales que han sido aceptadas y representadas con frecuencia en los foros internacionales.

John Adams estudió administración en Harvard y, además, composición con Leon Kirchner. Pronto se instaló en California y se sintió atraído por las obras de Steve Reich y de Philip Glass, llamados también “minimalistas”, un estilo que dijo Michael Steinberg estaba “caracterizado por repeticiones, pulso firme y armonía constante”. También hay detalles que recuerdan a los compositores románticos y clásicos. Las técnicas de Haydn, Rossini, Chopin suelen asomarse, especialmente en los arpegios de la mano izquierda. La etiqueta de “minimalista” ha resultado condicionante para una mente de la creatividad de John Adams, es algo vago y hasta peyorativo porque conduce a la monotonía. Steinberg agrega que la música de Adams “entra gratamente al oído, pero no es sencilla, ni tonta, ni predecible”. Su segunda ópera, La muerte de Klinghoffer (1991), toma un paso diferente, recargándose en estructuras de oratorio, explorando varios temas simultáneamente. Aplica su técnica en este argumento que lleva texto de Alice Goodman y que narra el secuestro del Achille Lauro y la muerte de un personaje confinado a una silla de ruedas. El terrorismo es tema básico y aunque es una pieza dramática, el compositor se concentra en pintarnos personajes a fondo. Siguió: Estaba Observando el Techo y Vi el Cielo (1995), reportada por Patrick J. Smith en Opera News como “un estofado multicultural políticamente correcto que combina el teatro de los treintas con una revista musical anticuada y el mundo del rock”. Existe una magnífica grabación y la música es espléndida. Definitivamente despierta nuestro interés. Adams ha dicho que “no hay razón para que no exista una gran tradición de ópera americana. Nuestra vida está tan llena de imaginación, temas, y predicamentos humanos para alimentar el género”.


De todos los “minimalistas” solo Adams sale de lo rutinario y predecible. Ha mostrado profundidad emocional, algo raro en la técnica minimalista que es limitada. No abusa del “chun-chun-tata” ni del ostinato interminable. Todo radica en que Adams tiene el don de la melodía y la usa generosamente. Su música fluye con libertad y maneja texturas atractivas. Por este amor especial, Adams obviamente tendrá un lugar dentro de la ópera contemporánea pero no se reduce a ello. Nonesuch ha estado documentando sus obras en grabaciones espectaculares. Ya contamos, entre otros lanzamientos, con el concierto para violín, Shaker Loops, La muerte de Klinghoffer, Nixon en China, El Libro de John de Danzas Aludidas, Gnarly Buttons, la Sinfonía de cámara, Grand Pianola Music, The Chairman Dances, Fanfarria para Orquesta y Tonos Comunes en Tiempo Simple. Su ópera más reciente Doctor Atomic (2005), se basa de nuevo en un evento real: el argumento narra la creación de la bomba atómica. El estreno fue en San Francisco y vimos en México la transmisión en vivo desde el Metropolitan Opera con Gerald Finley sufriendo las decisiones del inventor Robert Oppenheimer. Esta obra puede verse en DVD.

A diferencia de Reich y Glass, Adams jamás nos ha aburrido y no abusa de nuestra paciencia y atención. El compositor ya tiene un nombre firmemente señalado en el mapa musical moderno.



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