Gustav Mahler y Claudio Abbado -el encuentro de dos almas creativas

abril 16, 2014

por Ricardo Rondón

Con motivo del reciente fallecimiento del eminente director orquestal Claudio Abbado, nos dirigimos a sus interpretaciones de uno de los compositores más afines a su inmenso talento, Gustav Mahler. No es exagerado afirmar que hoy día dos de los músicos que más atraen a los melómanos en los conciertos en vivo son Dmitri Shostakovich y Mahler. Ambos son diferentes y, sin embargo, en mucho se complementan. Las obras maestras de Mahler, nacido en Kalischt, Bohemia, en 1860 pertenecen al siglo veinte. Sin embargo, para 1900 se había convertido en el exponente principal y probablemente el último abanderado del movimiento alemán post-romántico. Escribió nueve sinfonías, todas muy personales y que se sostienen por sí mismas. Otros le dieron toques finales a los bosquejos y apuntes para una decima sinfonía. Dirigir estas obras es labor titánica que requiere contar con años de experiencia y una tradición que no se logra fácilmente. Suelen ser sinfonías dramáticas, personales, introspectivas, y simbólicas. A veces hay un eco de Franz Schubert y esto es porqué Mahler, al igual que Schubert, es ante todo creador de melodías. Las sinfonías empiezan y terminan con cantos, ya sean en forma vocal o instrumental. Sus detractores lo tachan de prolijo, bombástico y pretencioso. Otros lo veían como profeta y adivino. Hoy sabemos que la verdad se encuentra en un cruce de caminos de ambas impresiones. Mahler podía ser histérico, infantil, hasta vulgar, difuso y repetitivo. Pero, cuando el espíritu lo movía, lograba espiritualidad, exaltación poética e intensidad emocional rara vez encontrada en otros dándole una nueva dimensión al género sinfónico. Todo esto es captado y comunicado por Abbado en el elegante álbum que cubre las 10 sinfonías, siendo la décima naturalmente inconclusa. Trabaja con tres de las mejores orquestas del mundo: la Filarmónica de Berlín, Filarmónica de Viena y la Sinfónica de Chicago. Siendo joven. Mahler dijo alguna vez: “Mi tiempo llegará” y para 1980 era más estimado que sus contemporáneos Sibelius y Richard Strauss y estaba en la cima de la música del siglo veinte. Para entonces se había formado una generación de directores que fueron sus apóstoles, tomaron su bandera y abrieron nuestra sensibilidad a infinidad de luces que antes no percibíamos. Claudio Abbado es el más distinguido de este grupo y aunque sus lecturas no van a satisfacer a todos los que escuchan son una fuente de referencia que enriquece cualquier colección. Las ejecuciones orquestales son emblemáticas y esto es indispensable para entender el contenido que refleja a un genio contemporáneo en la vida musical.


Otros directores que han enfrentado ciclos completos de sinfonías de Mahler son Bernard Haitink, frente a la Orquesta Real del Concertgebouw de Amsterdam, y Leonard Bernstein con la Filarmónica de Nueva York y varias orquestas más adelante. Las lecturas juveniles de Bernstein tienen valores de descubrimiento e iluminación que no se perciben en su madurez, por bien logradas que estén. Bernstein es el más emotivo de los tres pero no tiene la combinación de cualidades de Abbado. Haitink cultiva la seriedad de una gran tradición en la vida del Concertgebouw y es magnífico conductor. Abbado cultiva calidez, elegancia sonora, que permite que la música abra su paso y fluya con naturalidad y soberbio manejo de los clímax. Todas las grabaciones fueron captadas en vivo y esto muestra el nivel extraordinario de los músicos y como responden a su maravilloso director.

Abbado presenta a Mahler como un hombre que navega debajo de la superficie y cuando llega a la emoción, flota o salta del agua para sorprendernos y dejarnos estupefactos. Nunca busca efectos teatrales o exageraciones. Abbado, a diferencia de muchos otros directores, incluyendo a varios mexicanos, está al servicio de la música y no viceversa. Cuántas veces hemos asistido a conciertos en donde Mahler es utilizado como escaparate para lucimiento personal. Abbado no escatima el dramatismo, pero no exagera a base de decibeles mal calibrados, lo logra con tiempos bien pensados y que son entendidos por los miembros de las tres orquestas. La dinámica está graduada maravillosamente y el balance logra texturas ideales. La fuerza nace desde adentro y pocos son los directores capaces de penetrar en este mundo con resultados tan felices. En noviembre de 1907 Mahler le dijo a Sibelius que “la sinfonía debe ser como el mundo. Debe abrazarlo todo” y hoy lo captamos por la fuerza y no las debilidades de la música. Dijo que la música describe nuestro pasado con miras hacia el futuro. Cada melómano reacciona diferente pero en la recta final, unen sus emociones. Claudio Abbado logra versiones comprometidas de las obras con un sello de autoridad de un músico que ha vivido, sufrido y digerido el inmenso reto de comunicar contenidos tan diversos y fascinantes. DG se cubre de gloria con este lanzamiento de las 10 sinfonías, una colección indispensable con valores que nunca habíamos imaginado. El sonido refleja bien las cualidades de las diversas salas de concierto. ¡Gustav Mahler, tu tiempo ha llegado!



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