Handel y Sutherland

Febrero 3, 2015 6:16 pm

Por Francesco Milella

Después de Tito Schipa, modelo casi absoluto de tenor ligero “all’italiana”, enfrentamos otra gran página de Handel pero, esta vez, a través de una voz femenina, una soprano que muchos de ustedes seguramente conocerán: Dame Joan Sutherland.

La “relación” musical entre la soprano australiana y el compositor alemán representa uno de los momentos más interesantes de la história de la interpretación operística del siglo XX, y no solamente por la cantidad de grabaciones y conciertos que Joan Sutherland dedicó, desde los años 50 hasta los 80, a Handel. El gusto estético, la atención histórica y filológica, así como la extraordinaria técnica vocal con las que esta gran voz se entregó a las partituras de Handel siguen representando un modelo inolvidable en la ejecución tanto del repertorio handeliano como de toda la literatura operística barroca. Un fascinante ejemplo de esta relación musical es la interpretación de Sutherland de “Alcina”.

Compuesta en 1735 y representada por primera vez en abril del mismo año en Covent Garden de Londres, “Alcina” retoma una de las aventuras más famosas del “Orlando Furioso”, obra maestra de la literatura renascentista italiana escrita por Ludovico Ariosto: Alcina, una bella y cruel maga que transforma en animales o vegetales a todos aquellos que llegan a su isla para conquistar su corazón y su belleza, tiene secuestrado a Ruggiero, noble caballero aún no transformado en animal pero totalmente desmemoriado de su verdadero amor, Bradamante, quien, vestida de hombre, llega a la isla para recuperarlo. Alcina no vive sola. Con ella se encuentra su hermana Morgana quien se enamora perdidamente de Bradamante, obviamente creyéndolo hombre. Amor que Morgana expresa intensa y tiernamente en el aria “Tornami a vagheggiar”, al final del I acto.

Tornami a vagheggiar, ————-¡Vuelve a amarme!

te solo vuol amar quest’anima fedel, caro mio bene. ———— Mi alma sólo te desea a ti, amado mío

Già ti donai il mio cor, fido sarà il mio amor; ———— Te he dado mi corazón y mi amor te será fiel

mai ti sarò crudel, cara mia speme. —————- Nunca seré cruel contigo, mi esperanza

Handel, que originalmente había escrito esta aria para el personaje de Morgana, a partir de 1736, por la tierna e inmediata belleza de su partitura, la “arregló” añadiendo diversos elementos de virtuosismo para la protagonista Alcina. Solo así esta aria llegó a ser uno de los grandes éxitos del repertorio handeliano. Como en todas las arias barrocas, la línea vocal de la primera parte resulta, por un lado, relativamente central, linear sin muchos elementos de virtuosismo, por el otro exige al cantante una homogeneidad de emisión impecable. La voz tiene que resultar limpia y transparente en cada momento, libre de cualquier obstáculo (nariz o garganta), para poder alcanzar un fraseo casi etéreo. Joan Sutherland responde perfectamente a todos estos requisitos: desde la primera nota percibimos una voz “blanca”, pura y limpia, especialmente en el registro agudo impresionante por su volumen y por su belleza. No podemos decir lo mismo de su registro bajo en donde la soprano austrialiana emite una voz más débil y frágil. Pero la voz está en donde debe de estar (la “máscara”, como vimos con Tito Schipa en el capítulo anterior): esto le permite a Joan Sutherland poder tener la necesaria proyección y, sobre todo, limpieza de fraseo y seguridad técnica para enfrentar los diversos elementos de la partitura. Elementos que, después de la parte central más lenta y en tono menor, resultan más elaborados en la parte final en donde, siguiendo la tradición barroca, la cantante retoma el tema de la primera parte (Tornami a vagheggiar…) añadiendo variaciones y “fioriture” personales. En realidad las variaciones en la segunda parte se limitan a una serie de simples “picchettati”, notas picadas pero fascinantes por su elegancia y limpieza (¡por fin una voz que no las canta como patito!). En fin, “Tornami a vagheggiar” de Joan Sutherland no quiere ser un ejemplo de virtuosismo extremo, de “metralleta” como el de Cecilia Bartoli. Esta interpretación de Alcina, como la de muchas otras páginas handelianas de la soprano australiana, quiere ser “solamente” un modelo de buen canto, coherente, linear, limpio, entregándonos así un Handel sincero y fascinante.

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