HEINICHEN: UN VIVALDI NUEVO.

junio 27, 2017

Por Francesco Milella

Aún siendo rechazado, criticado e incluso desconocido en su patria natal, fuera de Italia Antonio Vivaldi llegó a ser considerado uno de los más grandes y admirados compositores de su época: durante todo el siglo XVIII la música del prete rosso viajó rápidamente por toda Europa entrando en los repertorios de todas las grandes cortes allende los Alpes e inspirando grandes compositores desde Madrid hasta Moscú. Su extraordinaria fantasía melódica, su extravagancia en la orquestación, su elegancia en el fraseo y, por último, la inmediatez de su forma-concierto, lo transformaron en uno de los músicos más influyentes de todo el viejo continente.

Pero de entre todas las naciones europeas que entrelazaron relaciones con la música de Antonio Vivaldi, solo Alemania fue capaz de interiorizar su música dando vida a nuevos lenguajes. Sus compositores encontraron en él esa finura, esa frescura y esa espontaneidad que probablemente necesitaban para aligerar las severas formas de su contrapunto. El caso de Bach non necesita más explicaciones: lo que el genio de Eisenach hizo con las partituras de Vivaldi va más allá de la misma historia de la música.

Un caso menos conocido pero igualmente interesante es el de Johann David Heinichen (1683 – 1729), extraordinario compositor y sorprendente embajador del arte vivaldiano en tierras alemanas. Nacido en el corazón protestante de Alemania, tras un largo viaje a Italia (1710 – 1716) su música se vio profundamente condicionada por la del prete rosso no solo en términos estructurales, como solía suceder con diversos compositores de esos años, sino también en su lenguaje armónico y melódico.

Presentado en estos términos, el caso de Heinichen parecería ser una copia, una réplica alemana del modelo vivaldiano, como de hecho fueron muchos de sus colegas menores. Todo efectivamente indicaría ser así, a partir de los nombres que componen el extenso catálogo, si no fuera por su música. Cada uno de los conciertos que acompañan este artículo, por tan diferentes que puedan parecer entre ellos, nos entregan una clara y fundamental característica: la asombrosa capacidad de Johann David Heinichen de interiorizar los modelos de Vivaldi para superarlos e ir más allá.

Pero más allá, ¿dónde? El concierto para violín en la menor es un buen ejemplo para llegar a una respuesta. El Largo Staccato inicial no podía ser más italiano: Heinichen parece imitar los más famosos adagios italianos (inevitable es pensar en el concierto para oboe de Marcello), desarrollando una progresión armónica absolutamente vivaldiana. Hasta aquí, ninguna novedad. Es con el allegro siguiente que Heinichen pone en claro sus intenciones: el movimiento comienza con un estribillo seco, inmediato, al unísono. Entra el violín y la sorpresa es total. La retórica, las progresiones armónicas, la relación entre solista y tutti: todo nos trae a la memoria la música de Vivaldi. Pero bajo esa superficie veneciana, hay algo que nos sabe a nuevo.

Heinichen supera el modelo vivaldiano buscando la expresividad en la armonía. Su música no tiene la fantasía melódica de Vivaldi. Es brillante, amable (el movimiento de concierto Seibel 240 para violín y oboe lo explica muy bien) pero no es Bach, no es Telemann, y la verdad se siente. Su fuerza, como buen alemán, está en las dinámicas armónicas. Hace con ellas lo que quiere pasando del mayor al menor sin el mínimo esfuerzo, creando tensiones, disoluciones, sorpresas y colores con una naturalidad y una espontaneidad que solo un gran compositor como Heinichen podía poseer. ¡Vaya envidia que le ha de haber tenido Vivaldi!

 

Concierto para violín en La menor

 

Movimiento de concierto Seibel 240 para violín y oboe

 

Concierto para flauta y oboe en Mi menor

 

Concierto para oboe en Sol menor

 

Concierto para oboe de amor en La mayor

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