Heinrich Schütz: insuperable belleza

abril 16, 2017

Por Francesco Milella

Nacer antes de Johann Sebastian Bach tuvo que haber sido muy incómodo para muchos compositores cuya trayectoria artística terminó siendo opacada, tanto en los libros de historia como en el gusto de la gente, por su incómodo y dominante genio. Este fue tristemente el destino de muchos organistas y maestros de capilla que trabajaron en las regiones orientales de Alemania en la primera mitad del siglo XVII, cuyas vidas y composiciones, aún siendo dignas de toda nuestra atención, cayeron en el olvido.

Heinrich Schütz fue, sin lugar a duda, uno de los pocos compositores cuyo nombre logró no solamente sobrevivir a la revolución bachiana, sino también aparecer a su lado como uno de los  padres de la música alemana más relevantes. De hecho Schütz, aplaudido en su época como el más grande compositor germánico, es hoy considerado el padre y uno de los representantes más finos y originales del barroco alemán.  

Nacido en Köstritz, un pequeño pueblo de la Turingia, exactamente cien años antes que Bach, en 1585, Schütz comenzó sus estudios musicales con el príncipe mecenas Mauricio de Hesse-Kassel quien, en 1599, habiendo descubierto casualmente su gran talento, financió sus estudios e incluso su primer viaje a Italia para que estudiara nada más y nada menos que con Giovanni Gabrieli, uno de los compositores más celebrados de su época. En Venecia, Schütz publicó sus primeras composiciones, Il Primo Libro di Madrigali (1611). En 1615, tras volver a Alemania, fue nombrado Kapellmeister en Dresden, puesto que ocupará hasta su muerte ocurrida en 1672.

Los cincuenta y siete años al servicio de la corte de Dresden representan el corazón, el momento más intenso de su fascinante trayectoria musical. Durante esos años Heinrich Schütz realiza su gran revolución musical mirando al mismo tiempo a dos mundos diferentes: por un lado a la escuela italiana, interiorizada en los años de estudio con Gabrieli y posteriormente con Monteverdi (1628-1629), con el gusto por la declamación, con su atención cada vez más acentuada por el aria, la melodía y el bajo continuo; por el otro, mira a la tradición renacentista polifónica flamenca y a sus diferentes elaboraciones realizadas a partir de la reforma luterana.

Los tres tomos de obras religiosas catalogados como Symphoniae Sacrae (I, Venecia 1629; II, Dresden 1647; III, Dresden 1650) representan seguramente uno de los vértices más altos de todo el repertorio del compositor alemán. Con ellas Schütz realiza concretamente la original e inédita síntesis de estos dos universos musicales. Ejemplo paradigmático son las obras recogidas en el II tomo, compuesto en Dresden en el momento de máxima madurez musical: desde la íntima aria inicial para soprano y órgano «Mein Herz ist bereit, Gott» hasta el delicado coro de voces masculinas «Drei schöne Dinge seind» y el coro mixto final «Freuet euch des Herren, ihr Gerechten», Heinrich Schütz es capaz de reunir el gusto por la declamación, por la música que se apoya sobre la palabra heredada de la seconda prattica de Claudio Monteverdi, el tono severo y religioso que Martín Lutero quería para la música alemana y también la tradición polifónica importada de las regiones flamencas, a veces pasando de un estilo a otro con extraordinaria fluidez, a veces sintetizándolos en un mismo momento musical.

Pero la fuerza de Heinrich Schütz, como le sucedía a Monteverdi en los mismos años en tierras italianas, no estaba solo en la capacidad de reunir diferentes estilos del pasado y del presente en un único y homogéneo mensaje, sino también en la genialidad y en la sensibilidad de saber vestir este mensaje de un lenguaje de indescriptible, quizás insuperable belleza.

 

Symphoniae Sacrae II

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