Idomeneo, o la desalentadora gran tragedia de un rey griego

Marzo 27, 2017

Por José Antonio Palafox

El pasado 25 de marzo asistimos, en un Auditorio Nacional con una notablemente mermada audiencia, a la transmisión en vivo de una espléndida versión del Idomeneo de Mozart desde el MET de Nueva York.

 

Triste resultó ver tantos asientos vacíos porque, a pesar de su wagneriana duración de cuatro horas, Idomeneo es una de las grandes obras maestras de Mozart. Además, la producción que el MET viene ofreciendo desde hace más de 10 años es ya clásica y, por si fuera poco, los intérpretes poseen una magnífica calidad interpretativa.

 

El tenor lírico estadounidense Matthew Polenzani nos deleitó con una convincente actuación como Idomeneo, el rey griego que se ve hundido en la desesperación por una promesa hecha al dios Poseidón. Su voz, poderosa, vibrante y espléndidamente modulada, resultó ideal para transmitir de igual manera la angustia del hombre que presiente la sombra del hado funesto sobre su cabeza (Fuor del mar) que el alivio del rey al saber que Poseidón se ha mostrado benevolente con él (Torna la pace al core).

 

Idamante, el joven hijo de Idomeneo que debe ser sacrificado para aplacar la ira de Poseidón, fue interpretado por la destacada mezzosoprano británica Alice Coote, especializada en cantar papeles —como es el caso— originalmente escritos para contratenor. Aunque su amable presencia no ayudó mucho a darle credibilidad a un Idamante primero dolido por la aparente frialdad con que lo trata su padre y luego dispuesto a morir por el bienestar de su pueblo, la vigorosa voz de la intérprete fue más que suficiente para embelesarnos con pasajes realmente dramáticos (Il padre adorato) o de una dulzura conmovedora (en el dueto S’io non moro a questi accenti).

 

El papel de Ilia, la prisionera troyana dueña del corazón de Idamante, fue llevado a buen término por la joven soprano estadounidense Nadine Sierra. Su voz, a nuestro parecer un poco más aguda de lo normal, resistió sin vacilar la dura prueba de las extensísimas arias y recitativos en los que Ilia interviene durante gran parte de la ópera, consiguiendo imprimirles lo mismo una dolorosa desesperanza (Quando avran fine omai) que una exquisita delicadeza (Zeffiretti lusinghieri). Por su parte, la soprano sudafricana Elza van den Heever hizo entrega de una espléndida Electra, la princesa griega que quiere arrebatar a Ilia el amor de Idamante. Aunque tuvo un comienzo bastante vacilante y su actuación se basó básicamente en abrir tamaños ojos para demostrar lo mismo furia que ambición o descontento, poco a poco fue recuperando terreno hasta culminar brillantemente en una escena final de la locura de Electra (D’Oreste, d’Aiace) realmente memorable, con unos graves poco menos que sobrehumanos y un dramático desmayo con convulsiones incluidas.

 

El veterano barítono británico Alan Opie dio vida a un magnífico Arbaces, el consejero de Idomeneo. Curiosamente, fue hasta la primera aria de este personaje (Se il tuo dol) —al principio del Acto II— que el público del MET reaccionó y empezó a reconocer con sendos aplausos el desempeño de los solistas, ya que durante todo el Acto I las arias iban y venían y nadie se animaba a aplaudir.

 

Mención aparte merecen el coro y la orquesta del MET, en esta ocasión bajo la batuta del legendario James Levine, quien consiguió dar a la densa partitura de Mozart un impresionante peso dramático pocas veces escuchado, como si el acompañamiento orquestal fuera la encarnación del hado que se cierne sobre los protagonistas. Por su parte, la vigorosa intervención del coro (al cual, para la época, Mozart dio una inusitada importancia) nos hizo pensar por momentos en el mejor Verdi.

 

También la escenografía y el vestuario, diseñados por el destacado director teatral y escenógrafo Jean-Pierre Ponelle, merecen una mención especial: dominados en todo momento por el gigantesco e imponente rostro de un Poseidón tallado en piedra (que al final abre los ojos para dictar su sentencia sobre Idomeneo), los personajes se desplazaron por un escenario con características similares a las de los teatros griegos del siglo III a.C., vestidos con esa curiosa fusión de estilos “de tema mitológico” propia de la época en que la ópera fue escrita. Así, por ejemplo, Ilia apareció con las ropas de una vestal griega del periodo clásico, mientras que Electra lució un amplio vestido del siglo XVIII. De igual manera, mientras que Idomeneo lució durante el Acto I una armadura aquea con todo y capa, luego la abandonó para vestir, al igual que su hijo Idamante, saco y peinado propios de la Ilustración. Para completar acertadamente la fusión de épocas, los personajes realizaban movimientos corporales propios del teatro griego clásico (como levantar las manos con las palmas extendidas hacia arriba para indicar el temor reverencial hacia los dioses) sin abandonar los movimientos “acartonados” propios de la ópera del siglo XVIII (como quedarse parados de frente al público para cantar una aria).

 

Al final, esta magnífica puesta en escena de Idomeneo fue reconocida por el público del MET con un prolongado aplauso. Pero en el Auditorio Nacional, si al principio éramos pocos, al final terminamos siendo menos, porque hubo bastantes espectadores que, visiblemente agotados, fueron abandonando la sala sin esperar a que concluyera el Acto III. Tan solo al lado de quien esto escribe se sentó un espectador que durante toda la ópera no paró de bostezar ostentosamente, revolverse inquieto en su asiento y ver con ansia su reloj cada cinco minutos. Triste pero cierto, fue un Mozart demasiado grande para el grueso del público.

 

Wolfgang Amadeus Mozart: Fragmento de Andrò ramingo e solo (Idomeneo, Acto III) / Nadine Sierra (Ilia), Elza van den Heever (Electra), Alice Coote (Idamante), Matthew Polenzani (Idomeneo) y la Orquesta del MET, dirige James Levine

 

 

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