Johann Sebastian Bach: una introducción alternativa

Enero 25, 2015 11:01 am

por Francesco Milella

Cuando se habla de Johann Sebastian Bach se suele empezar con su vida, indudablemente tediosa y monótona, para luego pasar a un análisis de sus complejas y variadas composiciones, frente a las cuales muchos de nosotros acabamos casi trastornados sin realmente entender de qué se trata. Un camino aparentemente didáctico y claro, pero en realidad poco eficaz cuando se trata de este compositor alemán.

Una introducción alternativa podría empezar con una simple y aparentemente elemental pregunta: ¿por qué Bach? ¿por qué razón hablar de él, de su música, como si no hubiera ya suficientes estudios críticos y trabajos de divulgación sobre este gran genio de la música occidental? Las razones son diferentes y van más allá del simple hecho de que este año se celebran los 330 años de su nacimiento (1685-1750). Vayamos con orden.

Johann Sebastian Bach es uno de los compositores más conocidos de hoy. Su rostro, tan severamente alemán y luterano, aparece siempre, junto a Mozart y Beethoven, en salas de concierto y tiendas de discos. Pero su fama no es tan favorable como podría parecer. Muchos hoy ven en Bach un compositor aburrido, pesado, soporífero, autor de interminables coros en alemán y mecánicas piezas para piano, al parecer útiles sólo para los jóvenes estudiantes. Los estudios que se han hecho y los textos que se han publicado tienen el mérito de haber abierto un fascinante y fundamental camino hacia el conocimiento de este compositor, pero no han logrado acercar al gran público a su música, a su arte.

La música de Bach es uno de los momentos más altos, extraordinarios, de la cultura occidental. Resumiendo su pasado, desde el ars nova medioeval hasta Monteverdi y Vivaldi, Bach pone las bases del futuro desarrollo musical europeo. Todos los compositores después de Bach, aún sin conocerlo directamente, reconocerán siempre en él al padre o, como decía Debussy, “el amado Dios de la música, a quien todos los compositores deberían elevar una oración antes de ponerse a trabajar, para que los salve de la mediocridad”.

En sus conciertos, sus cantatas, sus partitas y sonatas percibimos dos elementos diferentes. Antes que nada, una extraordinaria técnica compositiva: empezando por el número, la proporción matemática e incluso geométrica, base de todo tipo de música, Bach construye su edificio sonoro, original, compacto, sólido, indestructible como un edificio cuyos pilares han sido sabiamente modelados y plantados en el terreno.

Obviamente se trata de un “edificio” barroco, precisamente barroco alemán y por lo tanto luterano, más severo y menos “cargado” del francés o del italiano, pero con fascinantes y entusiastas referencias a ambos, que Bach había estudiado con mucha atención.

El segundo elemento se refiere, siguiendo en el análisis de esta metáfora del “edificio”, a todos esos detalles y elementos que completan la estructura. Podríamos decir que se trata de la decoración pero, más que aclarar el concepto, este sustantivo relegaría su música a puro y estéril placer, que es lo más lejano al mundo de Bach. Se trata de diversos elementos y detalles a través de los cuales el hombre Bach, ya no el compositor, nos habla a cada uno de nosotros de una forma tan íntima y personal, que quizás valga la pena descubrirlo juntos a través de su música y su arte en general que seguramente revelan más que tantas páginas escritas.

Este ciclo o, más bien, diálogo de artículos y música que Música en México ha empezado con las Suites para cello solo, tendrá el propósito de dar a conocer una mínima parte de su extenso repertorio en su contexto histórico y artístico, para que podamos acercarnos juntos a este gran músico y descubrir, en sus cautivadores coros e íntimas piezas para piano, qué mensaje y qué sorpresas nos reserva.

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