La explosión de la ópera: El Orfeo de Monteverdi

mayo 16, 2016

Por Francesco Milella

El melómano turista, la verdad, es una figura insoportable. Visita los más bellos lugares del mundo con la única e infantil intención de revivir las historias de sus óperas favoritas. Un clásico de su ruta musical es Mantua, pequeña y hermosa ciudad del norte de Italia, situada entre Milán y Venecia, donde – dicen – es posible revivir las aventuras del Rigoletto de Verdi e incluso visitar su casa (de Rigoletto, obviamente!). Solo después de haber alimentado su fetichismo más salvaje, visita como cualquier turista las bellezas de esta pequeña ciudad, olvidándose completamente de un pequeño detalle: en esa ciudad nace la ópera moderna.

La historia nos dice que el melodramma, literalmente “acción escénica con canto”, nace en Florencia a finales del siglo XVI, en la rica corte de los Medici, donde algunos ingeniosos compositores se juntaron para tratar de reconstruir la tragedia griega y su misteriosa y mítica unión entre canto y palabra. Lo que lograron Jacopo Peri, Emilio de’ Cavalieri y Giulio Caccini (entre otros), fue dar vida a una forma teatral artifical y poco funcional vinculada a reglas de la corte y, sobre todo, a las convenciones teóricas que estos músicos y académicos habían impuesto al nuevo “teatro in musica”. Pero es en Mantua donde la ópera adquiere una forma más sólida, estable y, sobre todo, orgánica y equilibrada.

Mantua, a finales del siglo XVI, era una de las ciudades más ricas y potentes de Europa. La familia de los Gonzaga, en esos años encabezada por el brillante Duque Vincenzo, dió un increíble impulso a las todas las artes. Invitó a Pieter Paul Rubens como pintor, coleccionó cuadros de los mejores pintores de la época (desde Caravaggio a Correggio, hasta Tintoretto) y llamó a su servicio nada más y nada menos que a Claudio Monteverdi, quien sería su más fiel servidor. Monteverdi en Mantua encuentra el ambiente ideal para dar vida a la nueva forma de teatro y música: sensibilidad estética por parte de la corte, dinero para financiar proyectos, y un ambiente internacional suficientemente amplio para absorber nuevas influencias y para que este nuevo experimento no quedara escondido e ignorado.

El 24 de febrero 1607 Monteverdi presenta, frente a la corte de los Gonzaga, su favola in musica: “El Orfeo”. La historia cuenta del mito del cantor griego y de su amada Euridice que muere tras ser mordida por una serpiente. Orfeo decide bajar al Infierno para recuperarla. Plutón, dios de la muerte, le da la posibilidad de salvarla a pacto de que no se voltee a verla. Pero, al salir del Infierno, Orfeo duda de la presencia de Euridice y se voltea perdiéndola, así, definitivamente. En el último acto Orfeo camina vagabundo y triste por la región de Tracia. Según el mito griego Orfeo muere devorado, durante una orgía, por un grupo de Bacantes. Demasiado para una corte: Alessandro Striggio, autor del libretto, cierra la ópera con un coup de theatre, introduciendo a Apolo, padre de Orfeo, quien lo invita al Paraíso donde podrá finalmente encontrar a su amada.

Con el Orfeo, Monteverdi realiza un verdadero milagro de la música: sin tener referencias pasadas, modelos y ejemplos, el genio italiano crea una perfecta sinergía entre música y palabra. Dejando a un lado la polifonía renascentista, que aparece solo como imitación de la música religiosa (coro de los pastores, acto II), Monteverdi aplica la monodia barroca como instrumento capaz de esculpir perfectamente, desde una perspectiva teatral, pictórica e incluso psicológica, cada uno de los personajes que animan la historia. Fascinantes son los dos ejemplos de la primera aria “Rosa del Ciel”(Acto I) y de la canzone “Vi ricorda boschi ombrosi” (Acto II) de Orfeo. Acompañado por un bajo de instrumentos de cuerdas pellizcadas y clave, el protagonista canta, con frases de extraordinaria sencillez y ternura, su amor por Euridice. Un personaje, una voz, una música: el resultado es explosivo. Transformando los presupuestos teóricos de los músicos florentinos junto a los nuevos lenguajes musicales que estaban naciendo en esos años, la ópera puede ahora comenzar su camino con estabilidad. Gracias a Orfeo y a su amada Euridice, a Mantua y a su brillante corte. Gracias a Claudio Monteverdi.

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