La música de cámara de W. A. Mozart (IV)

Publicado: noviembre 28, 2015 Última Modificación noviembre 28, 2015 Por: adminmusica



Anastasia & Liubov Gromoglasova – pianos

Dado que Mozart compuso para prácticamente todas las formas imaginables conocidas para un músico del siglo XVIII, no es de extrañar que escribiera una sonata para dos pianos. La sorpresa es en todo caso que no escribió la sonata para él y su hermana Nannerl, como lo había hecho cuando compuso algunos duetos juveniles para cuatro manos. Estos duetos fueron estrenados por los hermanos Mozart en apariciones organizadas por su padre en importantes salones de Salzburgo, al igual que su Concierto para dos pianos en mi bemol, compuesto para ser ejecutado por el dueto de prodigios. En el caso de la única sonata para dos pianos el primo (el primer piano) fue pensado, no para su hermana, sino para Josepha von Auernhammer quien , si el rumor es cierto, estaba interesada sentimentalmente en Wolfgang , soltero alrededor de 1781.

Aunque Wolfgang no le correspondió a su joven estudiante, en cambio le presentó una joya musical y la oportunidad de tocar con él. Gracias, señorita von Auernhammer, por motivar a su genial profesor de piano a darle un regalo tan espléndido –un regalo que al escucharlo sigue impresionando. Un ejemplo del Mozart más galante, la sonata se sitúa en el marco de la fina estructura clásica, y es una música de alegría pura –grácil, elegante y virtuosa. Una vez más, como era de esperarse, hizo una obra maestra de su primer y único trabajo para esta dotación.

El primer movimiento inicia con enérgicas octavas en ambos pianos que dan paso a un tema mozartiano de ligereza típica. Escalas ascendentes se persiguen y se traslapan, establecen un patrón de continuidad a lo largo del efervescente movimiento. El Andante es muy parecido a un movimiento lento de concierto para piano, con el segundo piano en calidad de orquesta en el acompañamiento de un primer tema tipo canción. La cualidad de dueto regresa con una frase repetida y superpuesta que va de un piano al otro. Aquí la textura es cristalina, sucinta, y la propia economía de notas es un desafío para los recursos colorísticos de los intérpretes.

Un Rondó de gran brío trae un trepidante final a la Sonata. En sus páginas hay elementos del maravilloso humor de Mozart, incluyendo una sección de sabor casi gitano. Los contrastes son seductores y la frescura de la obra es un testimonio de la ingenuidad genial del pianismo de mozartiano.

Fuente: Orrin Howard para la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles


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