La nueva temporada del Teatro alla Scala de Milán.

mayo 31, 2015

Por Francesco Milella

El Teatro alla Scala de Milán es un teatro muy especial, que ha logrado marcar la historia de la ópera italiana en el mundo. Y no solamente por su fascinante y gloriosa historia, por los grandes intérpretes y divos que han enriquecido sus fascinantes temporadas, o por su terrible público, severo y tradicional. El Teatro alla Scala ha sido y sigue siendo un termómetro irremplazable para medir el estado de salud de la ópera, su evolucíón (o involución), sus progresos y novedades, sus defectos y momentos de crisis.

Hace dos días, finalmente, el público de melómanos de todo el mundo pudo descrubrir los secretos de la nueva temporada de ópera, la primera temporada firmada totalmente por el nuevo encargado Alexander Pereira, antes director de la Ópera de Zurich, y también la primera de Riccardo Chailly como nuevo director musical del Teatro. En fin, un evento que muchos milaneses y melómanos del mundo esperaban con intensa curiosidad. Curiosidad, que por lo menos en mi caso, muy pronto se transformó en desilusión.

Vayamos con orden, empezando con Giuseppe Verdi, un compositor que en la Scala aparece cada año pero siempre con los mismos títulos: “Rigoletto”, con Vittorio Grigolo, y Leo Nucci, “I due Foscari” y “Simon Boccanegra” con Plácido Domingo, tenor que por la cuarta temporada consecutiva va a “deleitar” al público milanés. La única ópera realmente nueva es “Giovanna d’Arco” que abrirá la temporada con Anna Netrebko bajo la dirección de Riccardo Chailly, director que encabezará la nueva ópera de Puccini, “La Fanciulla del West”. El único título verista será de Umberto Giordano, con las escenas del genial Mario Martone, la “Cena delle Beffe”. Fuera del repertorio italiano, vuelven “Las Bodas de Fígaro” con Simon Keenlyside y Diana Damrau, y la “Flauta Mágica” de Mozart. Además del “Rosenkavalier” de Strauss, con la dirección de Zubin Metha, aparecen, después de tantos años, dos grandes genios del siglo XX: Maurice Ravel, con el duo “L’enfant et les sortilèges – L’heure espagnole”, y George Gershwin, con su hermosa “Porgy and Bess”.

Ambas bajo la curiosa dirección de dos expertos del repertorio barroco: la primera con Marc Minkowski, la segunda con Nikolaus Harnoncourt. Del mundo barroco la Scala eligió “Il trionfo del Tempo e del Disinganno” de Handel y, una vez más, “L’Incoronazione di Poppea” de Monteverdi, que el filólogo Rinaldo Alessandrini acaba de presentar hace pocos meses, con un éxito muy limitado.

Títulos interesantes, cantantes un poco menos. Sin embargo esta temporada, más allá de unas cuantas óperas efectivamente nuevas y originales, nos presenta un panorama musical un poco triste. Falta, y no solamente en la Scala, la intención de hacer cultura. Esa cultura viva, abierta, dinámica que nace de la intención de educar y difundir la buena música con honestidad, experiencia e inteligencia. No creo que haya honestidad en un cantante como Leo Nucci, que a sus 75 años de edad sigue dando tristes espectáculos de su definitivo decaimiento vocal. Haría bien en quedarse en su casa disfrutando de las memorias de su gran pasado, después de un concierto de despedida. Lo mismo se puede decir de Plácido Domingo. No puede haber experiencia en un Teatro que presenta un oratorio de Handel (género por definición no teatral sino religioso) como si fuera una ópera, con una puesta en escena ficticia para nada filológica, y “Porgy and Bess”, ópera maravillosamente teatral, en forma de concierto (sin escenas) como si fuera un oratorio. Ni tampoco hay inteligencia en seguir presentando títulos abiertamente criticados como la “Incoronazione di Poppea” y el “Simon Boccanegra”, óperas que el público milanés criticó abiertamente.

Así ha sido, en los últimos años, así es y asíserá la Scala, como muchos teatros de ópera del mundo. Ya no hay interés en la música en sí, en el arte. Administrar un teatro de ópera resulta ser, cada vez con mayor frecuencia, un trabajo de administración económica, mientras se ocupa cada vez menos de la difusión y producción cultural. Por esto, no nos sorprendimos cuando Stéphan Lissner, hace pocos meses, después de haber dejado el puesto de director artístico de la Scala para tomar el cargo de dirección en la Ópera de París, durante un juego de adivinanzas musicales en un programa de televisión, no supo reconocer la arias más famosas, “Tosca” y “Carmen”, interpretadas por María Callas.

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