Leyendas del pasado – María Callas

Publicado: abril 27, 2014 Última Modificación abril 27, 2014 Por: adminmusica

por Ricardo Rondón

Debido a que funcionaba mejor en una atmósfera retadora con intriga tras bambalinas, era un demonio por nacimiento que gustaba aparecer en las columnas de sociedad y porque había sufrido tantos desastres como triunfos, a veces simultáneamente; su glamour era pasajero y su talento arrogante…o sea, patinaba sobre el filo de una navaja y dejó los escenarios con apenas diez años de gloria. Fracasó en el cine y como director escénico e hizo un patético y atroz intento de retorno y murió poco después. La importancia de Callas como figura histórica es fácil de entender. Los músicos y los aficionados lo sabían pero ella fue siempre su juez más severo. Maria Callas (Kalogeropoulos) nació en la ciudad de Nueva York en 1923 y murió en París en 1977. Sus padres eran griegos inmigrantes y la madre, Evangelina, llevó a sus hijas a Atenas cuando María tenía 13 años. Allí estudió con una famosa cantante, Elvira de Hidalgo. En Grecia se fogueó en varios roles, algunos no sanos para su tesitura. Debutó en la Arena de Verona en 1947 en papeles de soprano dramático cultivando a Verdi y Wagner. Cantó en Venecia y Buenos Aires y vino a México durante 1950-52 iniciando una leyenda que aún hoy persiste, al menos en las mentes de melómanos de la tercera edad que la veneran como lo más importante que les ha sucedido en su vida: haber escuchado a Callas en un repertorio amplio y muy riesgoso. En su plenitud poseía una voz expresiva, con una técnica dispareja, gran fraseo y uso de una paleta de colorido que iba de lo intenso a la suave claridad, Obviamente inteligente, sabía penetrar a la sicología de sus personajes y, dicho por sus maestros, no era una mujer culta o investigadora: era una cantante de instinto y esto era lo que explotaba. Su tono y técnica eran inconsistentes. Los agudos solían ser chillones y esto provocó admiradores y detractores. Pero nadie discutía su autoridad en cuanto a las interpretaciones. Este poder para recrear a los personajes está bien captado en la enorme cantidad de grabaciones (comerciales y piratas) que son parte de su legado. Callas quiso dirigir el rumbo de la ópera para captar de nuevo la época de oro de Maria Malibran. Forzó su instrumento que no era un don vocal sobresaliente y se lanzó a un repertorio heroico como Gioconda, Turandot, Kundry, Isolde. Pero estaba determinada a no descuidar el principio del bel canto y estos platillos fuertes los balanceaba con Medea, Giulia, Lucia, Amina y Elvira, Violeta y su sanctum sanctorum, Norma. Estas partes las cantaba con toda la batería de su técnica y línea, acento y colorido. Revivió el adjetivo de “Cantante completa” o Prima Donna Assoluta. En el Teatro Alla Scala cayó bajo la genial magia de Luchino Visconti, Franco Zeffirelli, Carlo Maria Giulini y Tullio Serafin. La fama suele ocasionar disturbios, pleitos, mala sangre con los compañeros y ese pecado capital que se llama envidia. Se dio el lujo de cancelar una función en Roma estando el teatro lleno y con figuras prominentes del gobierno.


Cuando Callas echó a su esposo Meneghini por la borda, sostuvo una relación tempestuosa con el millonario Artistóteles Onassis que la trató mal, con crueldad e indiferencia al final, pero ella se lo buscó. Onassis pagó sus pecados cuando contrajo matrimonio con Jacqueline Kennedy, un ser humano mucho peor que Callas y Onassis juntos. Cuando Callas escuchó una grabación de Renata Tebaldi con Dorle Soria dijo: “¡qué voz tan bella!” Pero ¿a quién demonios le importa? Cuando conoció a Otto Klemperer después de un concierto, le dijo el venerado maestro que la había escuchado dos veces. Su “Norma” era muy buena, pero Ifigenia en Tauride, “horrible”. Gracias Maestro, dijo Callas sonriendo. Continuó Klemperer: estoy seguro que Herr Legge (alto funcionario de EMI) la va a invitar a dar un concierto conmigo. ¿Qué le gustaría cantar? “Las árias de Ifigenia maestro, dijo Callas sonriendo dulcemente. Su muerte fue un shock para todo el mundo musical pero no debía de haberlo sido. El reto que asumió fue vitalicio, su dedicación no conoció límites y el trabajo acaba por tomar su precio. Callas había quemado la vela de su vida por ambos lados. Sin ser una voz convencionalmente hermosa, supo explotar sus dotes con fiera resolución y aunque el timbre y el sonido resultante no siempre son agradables, de cada personaje interpretado por María, algo aprendemos. En esto era única.



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