L’incoronazione di Poppea

abril 8, 2017

por Francesco Milella

Con L’Orfeo, presentado en Mantua en 1607, vimos cómo cobraba vida una de las primeras óperas de nuestra historia: en las manos y en el genio de Monteverdi, las abstractas teorizaciones de la Accademia dei Bardi, con su estética profundamente renacentista, tomaron una forma totalmente nueva en donde música y palabra se transformaron en un inédito instrumento dramatúrgico. Más de treinta años después, Il Ritorno di Ulisse in Patria nos entregó un compositor totalmente transformado, alejado de las lógicas de la corte y, finalmente, radicado en una realidad urbana y pre-burguesa, capaz de experimentar nuevamente para conformar su lenguaje con el gusto del nuevo público del teatro musical.  

Con su tercera y última ópera, L’incoronazione di Poppea, presentada por primera vez en Venecia en el Teatro dei Ss. Giovanni e Paolo en 1643, Monteverdi supera definitivamente las lógicas del público, las incertidumbres teatrales que caracterizaron las dos primeras óperas para imponerse definitivamente ante el público europeo como un compositor de ópera de extraordinaria genialidad: la verdad, L’incoronazione di Poppea es una obra maestra, cuya perfección y modernidad pocas veces fueron superadas en las décadas siguientes.

Monteverdi por primera vez abandona la literatura mitológica para contarnos hechos históricos del pasado: la fuente ya no es Ovidio ni tampoco Virgilio, sino los historiadores latinos Tácito y Suetonio en quienes Gian Francesco Busenello se inspira directamente para construir uno de los mejores libretos del siglo XVII: se narra la historia del emperador romano Nerón y su amor por Poppea, su deseo de casarse con ella y nombrarla emperatriz. Todo parecía ir por buen camino si no fuera porque Nerón estaba casado con Ottavia, la cual, celosa y humillada por su marido, planea matar a su amante Poppea a través del marido repudiado por ella: Ottone. La conjura en contra de Poppea acaba enfurenciendo aún más a Nerón: en su rabia y en su ciego amor por Poppea, el emperador aleja también a su más fiel consejero y maestro, Séneca, quien decide poner fin a su vida con un filosófico suicidio. Al final de la ópera, después de tantas aventuras e intrigas, Nerón logra finalmente unirse con Poppea, ahora emperatriz de Roma.

El libretto de Busenello crea una estructura teatral extraordinariamente moderna en donde géneros y lenguajes se mezclan con fluidez y naturalidad: las sensuales y eróticas escenas de amor entre Nerón y Poppea acompañan los momentos de dolor y reflexión de Séneca, así como las cómicas apariciones de Arnalta, nodriza de Poppea, maravillosa figura que parece anticipar la fuerza irónica de la ópera bufa. Aún más interesante, en esta perfecta estructura teatral construida por Busenello, es la caracterización de cada uno de los personajes quienes parecen mostrar en la escena su más profunda e íntima amibigüedad, como Ottavia, esposa humillada y herida y, al mismo tiempo, mujer cruel capaz de conspirar en contra de Poppea.

A este finísimo libretto de Busenello, Claudio Monteverdi se acerca con la genialidad y la sensibilidad teatral y musical de un hombre de setenta y seis años capaz de hacer con la música lo que su instinto le sugiere. Sin abandonar la estética del recitar cantando, L’incoronazione di Poppea nos ofrece una música aún más fluida y elástica que logra dibujar con la misma profunidad y con el mismo realismo el dolor religioso de Séneca y el amor sensual de Nerón por Poppea. Monteverdi ya no necesita experimentar: ahora puede finalmente jugar sin límites con la música y la palabra. Un ejemplo lo dice todo: el dueto final “Pur ti miro” en donde los dos protagonistas pueden celebrar su amor más intenso sin límites ni obstáculos. La sencillez linguística de Busenello se transforma, en las manos de Monteverdi, en una escena de una suave sensualidad que no nace ni de la música ni de la palabra sino de la, ahora sí, perfecta, total e indisoluble unión de ambas. Una unión que solo el genio de Claudio Monteverdi podía celebrar con tanta belleza.  

 

Marc Minkowski, 2000.

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