L’Orfeo de Monteverdi

Marzo 17, 2017

por Francesco Milella

Antes y después: desde que su música fue historia, L’Orfeo de Monteverdi nunca ha conseguido zafarse de estas dos pesadas categorías temporales. Todos los que se han acercado a ella, interpretándola en las formas más diferentes, desde Vincent d’Indy, autor de la primera representación moderna de 1904 hasta los más recientes musicólogos, difícilmente han logrado escapar del encanto que genera su delicado equilibro entre dos épocas. En la actualidad, y ante   estudios musicológicos que han abierto nuevos y fascinantes terrenos interpretativos, es realmente difícil despegar nuestra atención de su multiple identidad, un poco renacentista y un poco barroca, un poco síntesis del pasado y un poco revolución hacia el futuro.

L’Orfeo, presentado por primera vez en el febrero de 1607 en la Accademia degli Invaghiti, es un milagro de la historia, cuya belleza no vive solamente en el contraste con lo que fue antes y lo que fue después: su esencia vive también en la música de Monteverdi, en lo que en ese momento de la historia su genio fue capaz de generar mezclando de manera sorprendente música y palabra. Y es a partir de esta perspectiva que podemos escuchar juntos esta ópera.

Todo comienza en realidad con una toccata instrumental en do mayor cuyo efecto, después de más de cuatro siglos, sigue siendo sorprendente: su tono brillante y cálido nos transporta inmediatamente a una dimensión nueva, mítica como la aventura de Orfeo y Euridice, y al mismo tiempo humana, como las emociones que ambos personajes vivirán en el curso de su historia. El prólogo de introducción, cuya función era puramente alegórica y celebrativa, nos ofrece uno de los elementos musicales que Monteverdi desarrollará hacia una dirección más teatral en los actos siguientes: la atención a la construcción de una línea vocal melódica acompañada por el bajo.

En las óperas de Caccini y Peri, contemporáneos de Monteverdi, lo que nos impresiona es la novedad de la palabra, su capacidad retórica. En el caso de L’Orfeo ya no escuchamos a un cantante que habla cantando sino, como dice el musicólogo Rinaldo Alessandrini, «una música que envuelve el texto y que restablece sus propios límites en la imaginación.» A nivel dramatúrgico las consecuencias son totales, gracias también al texto de Alessandro Striggio que, aún siendo cualitativamente inferior a los de Caccini y Peri, ofrece a Monteverdi eficaces momentos teatrales: la música de Monteverdi se transforma en un increíble instrumento para explorar y dar forma a la fuerza teatral, figurativa y psicológica de cada uno de los personajes.

Podríamos analizar toda la ópera, aunque la profundidad y la belleza de cada escena llevarían horas de análisis y, aún así, quedaría todavía mucho por decir. Tomemos, pues, un ejemplo, un maravilloso y monumental ejemplo, capaz de reunir en pocas notas la fuerza teatral de toda la ópera: el recitativo “Tu se’ morta vita mia” que el protagonista canta tras escuchar las palabras de Silvia que anuncian la muerte de Euridice. El intervalo inicial es impresionante: Orfeo canta las tres primeras sílabas “Tu – se – mor – ta” sobre un si bemol pasando a un fa diesis y resolviendo en sol natural (tonalidad de sol menor), con un juego armónico de impresionante fuerza, acompañado, como dice la partitura original, por “un organo di legno e un chitarrone”. Con tres notas Monteverdi nos entrega el dolor y la desorentación del mítico cantor: “Tu se’ morta vita mia, ed io respiro? Tu se’ da me partita ed io rimango?”.

Las palabras parecen dilatarse en la boca de Orfeo: Monteverdi nos presenta el mítico cantor en un tono extraordinariamente humano y doloroso. Su música no se pega a la palabra para limitarse a describir una escena o una emoción: al contrario, la música se une a la palabra, entra en ella en un inédito y sorprendente diálogo teatral capaz de entregarnos todos los infinítos matices del ser humano, de la alegría al miedo, del dolor a la ternura.

L’Orfeo es una piedra miliar de la historia de la música, no tanto por haber abierto nuevos horizontes para el futuro, sino porque en ella, como afirmó a mediados del siglo pasado el musicólogo británico Jack Westrup, “la imaginación supera la teoría”.

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