Los Conciertos de Brandeburgo: creatividad y tradición

Publicado: agosto 1, 2015 Última Modificación agosto 1, 2015 Por: adminmusica

Cuando el Príncipe Emmanuel Lebrecht de Anhalt-Köthen murió en 1704, nadie podía imaginar que el joven hijo Leopold, de tan solo 23 años, llegaría a ser el co-protagonista.

por Francesco Milella

Cuando el Príncipe Emmanuel Lebrecht de Anhalt-Köthen murió en 1704, nadie podía imaginar que el joven hijo Leopold, de tan solo 23 años, llegaría a ser el co-protagonista y, en cierto sentido, el motor de uno de los momentos más dinámicos de la vida musical alemana. Bajo su gobierno, en toda la región se instituyeron orquestas, se consiguieron nuevos y mejores instrumentos para escuelas de música de altísimo nivel.

En este fascinante micromundo musical entra silenciosamente, en 1717, Johann Sebastian Bach (1685-1750), después de casi diez años al servicio del Príncipe de Weimar, quien pasó a la historia come “enemigo de la música”. Después de tantos límites y privación musical, en Köthen Bach volvió a respirar un aire libre y abierto a nuevos experimentos musicales logrando así liberar su fantasía y su genio musical, por tantos años silenciados.

Las obras de estos años reflejan perfectamente este “regreso a la música”: las suites, el Libro de Ana Magdalena, las sonatas para violín, son un ejemplo interesantísimo del nuevo lenguaje de Bach, más sólido, más libre, más consciente de su propia estética y más original; un lenguaje que alcanza su máxima expresión en los Conciertos de Brandeburgo donde Bach, en mi personal opinión, alcanza un impresionante nivel de creatividad.

Por un lado Bach recupera y reinterpreta la estructura en tres partes (allegro-adagio allegro) del concierto italiano “estilo Vivaldi”, cuyo nombre estaba viajando con extraordinaria rapidez por Europa. Por el otro, mira también al lenguaje musical francés, hacia el cual Bach siempre había manifestado interés y curiosidad, y que volverá con mayor intensidad en sus suites.

Mirando tanto hacia Italia como hacia Francia, y viviendo en un contexto maravillosamente estimulante y abierto, Bach compone estos seis conciertos “avec plusieurs instruments” (con diferentes instrumentos), que Philip Spitta, catalogando las obras del genio de Eisenach en 1879, denominó “Conciertos de Brandeburgo”. En realidad Bach no dedica estos hermosos conciertos a su patrón, el Príncipe Leopoldo, sino al margrave (título nobiliario de origen medieval correspondiente al de marqués) Christian Ludwig de Brandenburg-Schwedt (región que rodea Berlín), amante de la cultura y las artes, que había logrado dar vida a una de las mejores orquestas de Alemania.

Y efectivamente, mirando y, sobre todo, escuchando estos seis conciertos, podemos imaginar lo que debía de ser ese conjunto orquestal. Los conciertos prevén, además del tradicional grupo de cuerdas, un altísimo número de solistas (oboe, cornos, violín y fagot en el primero, trompeta en el segundo, dos flautas y violín en el cuarto), a los cuales Bach exige un virtuosismo de altísimo nivel transformando estas obras en verdaderos conciertos para solista y orquesta. Pero más allá del virtuosismo musical, la armonía, la fantasía en las melodías y el gusto en el ritmo, después de casi 300 años, siguen encantando al público.

Sin abandonar el bajo continuo y su sólida línea rítmica y melódica, Bach usa cada uno de los instrumentos considerándolos aparentemente de forma autónoma e independiente. El resultado podría parecer un conjunto de instrumentos que tocan cada uno por su lado. Pero, obviamente, no es así. Al contrario: cada uno de los conciertos es un triunfo de musicalidad y de equilibrio, de armonías tradicionales y modernas con ritmos cada vez diferentes. Estos conciertos, más allá de la fama que los ha caracterizado, son verdaderamente uno de los ejemplos más interesantes de ese Bach laico, un Bach que fuera de las iglesias y de sus hieráticos coros, logra igualmente escribir música espiritual, donde “espiritual” no es Dios, sino la belleza misma que los caracteriza.

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