LUCERNA 7 – CHIN: EL SILENCIO DE LAS SIRENAS Nabi

Publicado: agosto 31, 2014 Última Modificación agosto 31, 2014 Por: adminmusica

Sir Simon Rattle (*1955) dirige desde 2002 a la Orquesta que fuera “de” Herbert von Karajan, la Filarmónica de Berlín. Este año le tocó a Sir Simon un papel sideral en Lucerna como conductor de la orquesta del Festival formada por 130 músicos seleccionados entre los mayores talentos juveniles de los conservatorios del mundo entero. Puede decirse que, además, le asignaron el concierto más difícil y más comprometido del programa y que él estuvo a la altura de esa suprema comisión. Debía, nada menos, estrenar el monodrama El silencio de las sirenas de la compositora residente invitada, la coreana Unsuk Chin (*Seúl, 1961) y bucear en las insondables profundidades del Coro (1976) de Luciano Berio (1925-2003). Se podría escribir un denso libro sobre cada una de las dos partituras y sobre la participación emocional ofrecida y exigida a los músicos y a cada uno de los oyentes. Hoy me corresponde escribir una nota, por fuerza escueta, dedicada a la obra de las sirenas pues esa noche fueron dos, la compositora coreana y la exorbitante soprano canadiense Barbara Hannigan, vestida como una sirena, mitad derecha en negro, mitad siniestra en púrpura, que había deslumbrado al público, días atrás, cantando, dirigiendo y actuando los Misterios de lo macabro de Ligeti.

Chin, alumna de composición del propio Ligeti entre 1985 y 1988, autora de varias partituras célebres de las cuales solo conocí y eso en esta misma semana su impactante Doble concierto para piano, percusión y gran conjunto orquestal (2002) es, según dicen, una creadora fascinada por los juegos de palabras (manjar, como bien se sabe, de los lacanianos), por los acrósticos de Lewis Carrol y por las permutaciones matemáticas en el lenguaje hablado. Con y por esos antecedentes, ella fue encargada por un laboratorio farmacéutico suizo y por el Festival para trabajar, con todos los medios que le fueran necesarios, en una obra que estuviese a la altura de la tradición lucernesa (hay que inventar un gentilicio, ¿o no?).

La autora oriental conjuntó las tres fuentes más significativas del mito de las sirenas: Homero, Joyce y Kafka. Compuso con esas fuentes literarias una escena de ópera imaginaria (o una escena imaginaria de ópera); en verdad, mucho de escenificación lírica tuvo la entrada de Hannigan desde el fondo de la platea vocalizando primero y cantando luego de manera inarticulada los versos primeros del Canto XII de la Odisea. ¿En qué idioma se cantaría un texto que no está hecho para ser entendido sino para atravesar con sonidos y, en última instancia, con silencio, a los oídos? “Famoso Odiseo, gloria magna del Aqueo, acércate y detén la marcha de tu navío para que puedas oír nuestra voz. Nadie avanza con su oscuro barco más allá de esta isla sin escuchar los melosos sonidos que salen de nuestras bocas”. La soprano se arrastra, se mueve sinuosamente, fascina e inmoviliza con su voz y sube de manera sibilina, casi ofídica, al escenario donde se mueven los ejecutantes de la partitura orquestal. El volumen de su voz se va expandiend sobre el fondo de estremecimientos de una orquesta asustada por el canto pero que acaba uniéndosele en un paroxismo sonoro que debe haber sacudido al lago en el que se asienta el auditorio y ensordecido a los muchos cisnes que nadan en él. ¡Pobres!

Sale Homero y entra Joyce (que fue, en vida, un buen tenor). Sus palabras no son “musicalizadas”, lo que sería absurdo; el texto cantado no transmite sus palabras sino sus ritmos sonoros tomados de las voces de las barmaids de un pub de Dublin en un día de la primavera de 1904 (Ulysses, capítulo 11): Bronze by gold heard the hoofirons, steelyringing / imperthnthn thnthnthn / chips, pickin chips off rocky thumbnail, chips / Horrid! And gold flushed more. / Blew. Blue bloom is on the / gold pinnacled hair. / A jumping rose on satiny breasts of satin, rose of Castille / etc. ¡Traduzca quien pueda… si no es un compositor de música que ha sido entrenado por Ligeti!

El mito de las sirenas fue (tras)puesto por Chin en términos casi crueles, despojándolo de todos los componentes femeninos que pudieran ser atractivos para los marineros en abstinencia sexual: estas sirenas son las auténticas, las originales, las que llevan a cualquier Ulises a taparse los oídos con cera y amarrarse al mástil que sea con tal de escapar a la castración que ellas le prometen. Las enunciadas por Kafka en su apólogo: “ Las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque es seguro que nunca de su silencio”. En un pasaje, hacia el final del monodrama, la soprano lentamente se va quedando en silencio mientras que la orquesta, también de manera progresiva, imita el sonido de su voz, de manera que el oyente no puede decidir quién ha callado y quién canta.

¡Cuanta música puede componerse para el canto de las sirenas, para Brunhildas, Isoldas y Cármenes, para Eurídices de Gluck y Besses de Gershwin, para reinas de la noche, para Violettas, Aídas y hasta Lulús! ¿Pero quién haría la música adecuada para el arma más terrible: el silencio de las sirenas? Para entrar en este terreno minado y vedado la minúscula sirena que es Chin (¡tan pequeñita sobre el escenario, tan sirenita de Andersen!) se unió a la sirenota que es Hannigan y, entre las dos, plasmaron de manera póstuma el anhelo de Ligeti de imponer la significación y la lógica del sueño en la creación de esa Otra realidad en la otra escena (ein anderes Schauspiel) de la que hablaba Freud, la que surge de las palabras de Homero, Joyce, Kafka y se oye como el sonido siniestro, magnético y atronador de la música de Unsuk Chin en 2014, como esa taciturnidad de la que ningún Ulises con ninguna cera, con ninguna soga, puede salvarse. Las indómitas sirenas de esta múpsica llegan para recordar la mitad no racional, ctónica, esa mitad que el viajero en el logos inteligente y celestial que es Ulises pretende olvidar. Tal vez el silencio de las sirenas explique, más allá de las simplificaciones sociológicas, porqué la música compuesta por mujeres ha sido tan escasa en occidente. En Lucerna, en este verano, ellas hacen oír su estruendoso silencio.


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