Marin Marais y la viola da gamba en Francia

diciembre 3, 2015

Por Francesco Milella

Junto a las trompetas, a los tambores y a los majestuosos coros de la trágedie – lyrique, el barroco francés desarrolla un lenguaje musical que parece ir en dirección casi contraria a todas las obras que hemos analizado hasta ahora. Un lenguaje más íntimo, silencioso, pausado, casi individual y personal en donde cesan las marchas y las fanfaras para ceder su espacio a una sonoridad más delicada.

El instrumento que logra canalizar este lenguaje es la “viola da gamba”, directa descendiente de la vihuela de arco española del Renacimiento. Protagonista absoluto de la época barroca (hasta el triunfo del violonchelo en la segunda mitad del siglo XVIII), la viola da gamba encontró en la Francia del Rey Sol un terreno muy fértil para poderse difundir y radicar sólidamente desde las primeras décadas del siglo XVII: la primera obra compuesta para este instrumento es de hecho de 1610 (las 42 fantasías de Eustache du Caurroy). Pero fue solo a partir de los últimos años del siglo XVII que la viola da gamba se impuso como instrumento príncipe gracias a un sonido delicado y denso y a unas cualidades (número de cuerdas: 6, y una afinación parecida a la del laúd) que le permitieron competir sin problemas con todos los insturmentos más comunes de la época como el clavecín y el laúd.

Los nombres que la historia de la música francesa nos ofrece son casi infinitos, pero es uno solo el que se impone como verdadero protagonista de este repertorio musical: Marin Marais (1656-1728), alumno de Saint-Colombe y conocido también como operista. Marais llegó a componer casi 600 obras para la viola da gamba, verdadero modelo musical en la época, al cual se inspiraron todos los compositores en las décadas sucesivas.

De todas estas obras, les quisiera proponer una en especial, del Libro IV, para viola da gamba y bajo continuo. Es una obra maravillosa por la calidad musical y fascinante por su estructura y su significado. El título ya de por sí, dice todo: Le Labyrinthe (el laberinto), compuesa en 1717. Titon du Tillet, intelectual y poeta contemporáneo de Marais, así describe esta obra en su Le Parnasse François:

Después de haber pasado por diversos tonos, de haber tocado diferentes disonancias y de haber transitado por tonos graves y, luego, por tonos vivos y animados, la incertidumbre de un hombre perplejo y encerrado en un laberinto, por fin sale felizmente cerrando con una Chacona en tono gracioso y natural.

Barroco, claro, pero maravillosamente anticipador de la Ilustración, del triunfo de la razón frente a los problemas de la vida humana, del laberinto que nos rodea. Marin Marais, en una perspectiva dramatúrgica realmente fascinante, divide esta breve obra instrumental en partes individuales, en pequeños actos autónomos, cada uno de los cuales nos ofrece un diferente panorama musical, una diferente historia. Comenzando por la introducción inicial con un tema musical seguro y sólido, racional y brillante, sugestiva metáfora (si seguimos la interpretación de Du Tilllet) de un ser humano igualmente seguro y sólido, convencido de sus cualidades. Al terminar el primer tema, comienzan las travesías, las aventuras: la música pasa a través de temas enigmáticos y melancólicos, de amables danzas y melodías fúnebres, de frases tensas, obscuras, brillantes y relajadas. Al final, como dice Du Tillet, llega la Chacona final, con un tono aún más seguro y brillante de la introducción inicial. Claro: el hombre, casi un Ulises musical, vuelve a su casa, a la seguridad y tranquilidad de la razón todopoderosa.

¿Y la música? Todo este viaje por el laberinto se transforma, gracias a un sabio, impecable y seductor uso de la melodía, del ritmo y de la armonía, en una música fuera de serie, capaz de crear diversos micro mundos sonoros, diferentes entre ellos, pero sabiamente unidos para dar vida a un universo musical, a un laberinto tan bello en donde, la verdad, es un placer perderse.

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