Música e ironía: el intermezzo napolitano

Publicado: octubre 9, 2016 Última Modificación octubre 9, 2016 Por: adminmusica

por Francesco Milella
La última vez que fuimos a Nápoles fue para conocer a Alessandro Scarlatti y descubrir su extraordinaria labor en la creación de la ópera barroca napolitana, uno de los momentos musicales más refinados que Europa haya tenido: Scarlatti logró transformar la música local, todavía vinculada a una estética renacentista, para transportarla a la época barroca dándole una dignidad y un valor que todavía hoy nos siguen sorprendiendo. Pero ¿qué pasó después de él? ¿Qué fue de su extraordinaria herencia operística?
Nápoles no era una ciudad cualquiera: su vida teatral y musical, activa desde la época antigua, era una de las más intensas y dinámicas de todo el mundo occidental. Cada calle tenía su teatro, escondido entre las casas, dentro de una iglesia abandonada, en un viejo hospital: cualquier lugar y cualquier momento era adecuado para disfrutar de una buena comedia. El amor hacia el teatro era tan vivo que, para pasar el tiempo, los napolitanos declamaban versos en sus hogares. Pero la ópera no había alcanzado aún tanto éxito. Los napolitanos estaban (y siguen estando…) muy orgullosos de su propia tradición y de lo que nacía en su tierra, en su ciudad. Difícilmente habrían abierto sus oídos y su pasión a formas musicales venecianas o romanas. Era necesario dar vida a una tradición musical local, que fuera expresión auténtica de la cultura napolitana, con su dialecto, su ironía y su elegancia.
Afortunadamnte Nápoles, como de hecho Venecia, disponía de cuatro “conservatori”, orfanatos donde recibir los niños y las niñas sin familia: Sant’Onofrio a Capuana, Santa Maria della Pietá dei Turchini, el Conservatorio arcivescovile dei Poveri di Gesú Cristo y el Conservatorio de Santa Maria di Loreto, casi todos de época renacentista. Una de las principales actividades que se realizaban para dar un futuro a los pequeños residentes era la música, tanto instrumental como vocal. Estas actividades comenzaron a ocupar un espacio tan prioritario en la vida de estos conservatorios que muy pronto se transformaron en verdaderas academias de música de gran prestigio.
Estas escuelas de música fueron una verdadera fábrica de compositores, músicos y cantantes que desde los últimos años del siglo XVII, comenzaron a acercarse a la ópera, experimentando nuevos lenguajes a partir de la herencia de Scarlatti y de las influencias que constantemente llegaban de las otras ciudades de Italia y Europa. Año tras año, nota por nota, compositores como Leonardo Vinci, Domenico Sarro, Francesco Feo, Gaetano Latilla, Francesco Mancini, Niccoló Piccinni y Niccoló Porpora fueron construyendo lo que hoy se conoce como “ópera napolitana”. Dos fueron los caminos que esta tradición tomó: el primero fue el de la ópera seria, siguiendo a la letra la forma y la estructura tradicional italiana, codificada exitosamente por Metastasio en una rígida alternancia entre aria y recitativo. El segundo fue el del intermezzo, una forma dramatúrgica totalmente nueva, resultado de toda la tradición teatral popular y cómica de la ciudad de Nápoles.
El intermezzo era una pequeña opéra en dos partes ejecutadas entre los diferentes actos de la ópera seria como momento de pausa y descanso. Su modelo era la comedia teatral: se trataba de breves historias cómicas, ambientadas en la actualidad, que incluían no más de dos o tres personajes populares (la sirvienta astuta, el joven enamorado, el señor autoritario y un poco tonto) que representaban una trama sencilla la cual casi siempre culminaba con el triunfo de los más humildes y más hábiles sobre el malvado patrón.
Su irreverente ironía, su novedoso ingenio y la actualidad de sus personajes y de sus historias explican el éxito del intermezzo y su triunfo más allá de las fronteras napolitanas, en Italia y en toda Europa. Pero las reacciones no siempre fueron positivas: la comicidad del intermezzo, a veces vulgar e irrespetuosa de las jerarquías sociales, cuestionaba la tradición operística con sus personajes sólidos y moralmente impecables, con sus dioses y sus héroes, con los nobles virtuosismos de los castrati y los duetos de amor. En realidad la amenaza era mucho mayor. Cuando en 1752 se presentó en París el intermezzo La Serva Padrona (1733) de Pergolesi, el escándalo fue total: por primera vez la sociedad más humilde, con su espontaneidad y entusiasmo, tenía su espacio en la escena operística anticipando, con su ingenuo, inmediato y brillante lenguaje musical, los fuegos culturales que en pocas décadas quemaran la Europa del antiguo régimen.

Giovanni Battista Pergolesi: La Serva Padrona

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