Música y palabra en la tragedia griega

diciembre 4, 2017

Por Francesco Milella

A partir del mundo homérico y, aún más intensamente, con la poesía lírica del siglo VII a. C de Safo, Alceo y los otros protagonistas de esa maravillosa generación, música y palabra comenzaron a unirse en una relación privilegiada: para los griegos la música nacía de la palabra, de sus acentos, de sus diferentes vocales (abiertas/cerradas), de sus consonantes y de su posición en los versos. Esta relación iba más allá de las reglas métricas incluyendo un mundo de sensaciones y emociones que hoy nos es casi completamente imposible reconstruir o incluso imaginar. El conctacto que hoy tenemos con la poesía griega pasa a través de sus versos, de los dísticos elegíacos, de los trímetros yámbico, de los hexámetros y de todas esas reglas imposibles de recordar para todos aquellos que se acercan a ellas. Pero ¿cómo era la música? ¿Qué era lo que podían escuchar los griegos a partir de todo ese mundo de versos y reglas métricas?

Si frente a la poesía lírica estas preguntas nos parecen interesantes, frente a una forma de arte como la tragedia se vuelven necesarias y fundamentales. En la tragedia griega, paradigma de la cultura helénica a partir del siglo V a. C, la música era la verdadera reina del escenario. Nos cuenta Aristóteles en su Poética que la poesía trágica imitaba la realidad humana a través de tres instrumentos fundamentales: el ritmo, la palabra y la música. Los primeros dos han sido reconstruidos en su totalidad en los textos de los tres grandes tragediógrafos, Esquilo, Sófocles y Eurípides. Hoy sabemos cómo podían ser pronunciados los versos por los diferentes actores de la tragedia, logramos reconstruir parcialmente el tono y la voz que envolvía a todos aquellos que iban a teatro en la Atenas del V siglo a.C. Lo que no sabemos es cómo la música acompañaba tan majestuoso y espiritual espectáculo.

El instrumento más común en las tragedias era el aulos (la flauta), aunque autores más modernos como Eurípides y Sófocles solían incluir instrumentos como la lyra, la kithara, el pektis y el barbiton (instrumentos de cuerda), los tympana, los kymbala, los krotala, el rhombos y el trigonon (instrumentos de percusión), el magadis, el salpinx y el syrinx (instrumentos de aliento). Los actores (de uno a un máximo de cinco, a partir del siglo IV) entonaban los versos siguiendo las reglas del  trímetro yámbico: las máscaras que usaban no eran solamente un elemento para remarcar su estado de ánimo, sino también un amplificador de su propia voz para llenar los amplios espacios de los teatros. A un lado del escenario estaban los instrumentos (lo que hoy llamaríamos orquesta) y el coro, cuya presencia silenciosa y hierática jugaba un papel central en la estructura teatral de la tragedia, participando activamente en los hechos y las emociones de los actores. ¿El resultado? El resultado era seguramente sensacional, mágico y majestuoso. El continuo y constante diálogo entre música, escenario y palabra creaba un espectáculo impactante, capaz de cautivar las emociones más profundas del público.

La armonía jugaba un papel fundamental: sabemos, por ejemplo, que los griegos habían desarrollado un sistema musical según el cual, a cada emoción o sensación, correspondía un tipo de armonía muy específica. Por ejemplo, una frase enarmónica (armonía basada en el uso de tetracordes en intervalos de tercera mayor) solía presentar y representar momentos y emociones heróicas. Al contrario, las armonías dóricas y mixolídias se usaban para sentimientos solememnes y melancólicos. El público griego, que conocía perfectamente estos juegos armónicos y rítmicos, participaba aún más intesamente en la tragedia dando inicio a la famosa catársis teorizada por Aristóteles.

De todo este mundo hoy quedan los testigos filosóficos, los comentarios de los grandes intelectuales de esos años, pero sobre todo los textos, las palabras mágicas de Esquilo, Sófocles y Eurípides, palabras universales y humanas que han marcado la historia de nuestra literatura. Lo que tristemente perdimos es la fuerza religiosa ultraterrena, mágica, inquietante y catártica de esa unión irripetible entre palabra y música. Una unión que, más allá de la ópera, podemos solamente imaginar en nuestras fantasías.

 

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