Escuchar como Beethoven

Publicado: abril 20, 2018 Última Modificación abril 20, 2018 Por: adminmusica

Escuchar como Beethoven: la imaginería musical y el sonido del silencio

Por Sergio Villicaña

“Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.”

Así inicia uno de los poemas más famosos, enternecedores y resignados de Jorge Luis Borges, el Poema de los dones,hablando de la ceguera que lo aquejaba, que cada vez se volvía más severa y que casi sería total hacia el ocaso de su vida. La pérdida de los sentidos para cualquier persona es, ciertamente, penosa; pero para un hombre que dedicó su vida a las letras y a la lectura (antes que a la escritura, como él mismo lo afirmaba) es doblemente trágica e irónica. Lo mismo se puede decir de un músico que pierde el oído, su instrumento principal para la creación y deleite, tal y como le ocurrió a Ludwig van Beethoven, que comenzó a mostrar síntomas a los 26 años. Y aunque Borges encontró una solución sencilla y suficientemente satisfactoria que le permitiría seguir experimentando su inagotable pasión por las letras, que fue el dictado y la lectura por parte de una voz externa como la de su cónyuge María Kodama, el caso de los músicos que desarrollan sordera es aún más complejo.

En el proceso de la audición, los sonidos entran por nuestro oído y cruzan el conducto auditivo hasta llegar al cerebro, en donde toma distintas vías que hacen que podamos sentirla, disfrutarla y recordarla (estas vías son sumamente complejas y no enteramente dilucidadas aun; baste por ahora decir que el sonido entra a una “caja negra”, que es el sistema nervioso). Pero, ¿es acaso posible sustituir el estímulo externo, como en el caso de alguien que padece sordera? ¿Podemos escuchar sin que exista sonido alguno? Esto es posible gracias a un sorprendente fenómeno conocido como imaginería musical.

La imaginería—término proveniente de imagen (que a su vez es, en su sentido más original, imitación o representación) y del sufijo ería que indica grupalidad, es pues un conjunto de imágenes, y más específicamente, conjunto de representaciones e imitaciones—; la imaginería musical o auditiva es el uso de la imaginación de manera deliberada para recrear sonidos en la mente. Es escuchar sin escuchar; es la capacidad de reaccionar y sentir ante un estímulo inexistente, ante algo que no está ahí, o mejor dicho, algo que no existe físicamente pero que está ahí, en nuestra mente.La explicación de este hecho es que puede haber actividad neuronal en la corteza auditiva (el punto de partida de la “caja negra” a la que llegan los sonidos después de entrar por el oído) a pesar de que no exista un estímulo físico, y lo más sorprendente de todo es que se despliegan casi los mismos efectos que cuando escuchamos música“de verdad”. Es como si pudiéramos prender la luz con sólo pensar que queremos prender la luz, o sentir saciedad con sólo imaginar que estamos degustando un delicioso platillo. Por otro lado, cómo es que inicia la actividad en la corteza auditiva, aun no se ha esclarecido por completo y existen diversas respuestas, pero se sabe que la señal viene de algún otro lugar del cerebro, presumiblemente, de las áreas corticales frontales, las cuales, entre otras funciones, son las que mandan la orden de ejecución de una acción a otras partes del cerebro (por ejemplo, si queremos correr, las áreas corticales frontales “ordenarán” a las regiones motoras y a otras más que se muevan nuestros pies).

Amén de la imaginería premeditada o deliberada, existe un tipo de imaginería musical conocida como intrusiva. A todos se nos ha quedado pegada una melodía durante horas de manera involuntaria (y algunas veces hasta de forma molesta, cuando es la canción de un comercial o de géneros que no disfrutamos), o al escuchar dos sencillas notitas o un sonido simple se nos dispara como efecto dominó el recuerdo de una canción en la cabeza (por ejemplo, si escuchamos un intervalo de quinta justa tal vez nos acordemos del soundtrack de Starwars). Éstos son ejemplos de imaginería musical intrusiva, también conocida en inglés como earworms, literalmente “gusanos de oído”.

Volviendo a la imaginería deliberada, muchas veces el pensar o imaginar una canción genera a su vez que nos pongamos a tararear, silbar, o a mover un pie o una mano, llevando el ritmo de la música que nadie más siente además de nosotros. Pero eso no es todo. En los músicos esta capacidad está potencializada y desarrollada de sobremanera, generando una sensación de movimiento físico sin que haya realmente movimiento, una imaginería motora. Un pianista puede imaginar que toca el Preludio Op. 28 No. 15 de Chopin de principio a fin, y puede imaginar asimismo que está leyendo la partitura y que está moviendo las manos, además de experimentar la perturbación de los eufóricos bajos de la sección central de la pieza tan vívidamente como lo experimentaría al estar interpretando la obra sentado en el banquillo del piano; todo esto lo puede hacer sin hacerlo, permaneciendo inmóvil en el autobús camino al conservatorio. Es decir, imaginar música puede conllevar a imaginar movimiento: la música es movimiento. Se han hecho estudios en los cuales pianistas escuchan piezas que ellos conocen, y en su cerebro se activan regiones motoras correspondientes a los dedos que habrían producido esas notas en un piano. Esto puede ocurrir a la inversa; en estudios similares, se ha observado activación en áreas auditivas cerebrales cuando los músicos observan un video silente de alguien tocando las teclas del piano. Como un conmovedor ejemplo de lo anterior podemos citar una de las escenas más bellas de la película El pianista (Roman Polanski, 2002), cuando Szpilman es escondido en un departamento ubicado en una zona controlada por los nazis, el artista se sienta al piano y, aunque no puede tocarlo por no ser descubierto, pasa sus dedos sobre las teclas, escuchando en su mente la Gran Polonesa Brillante de Chopin.

El uso de la imaginería por parte de los músicos puede mejorar sus interpretaciones musicales, como lo han demostrado diversos estudios científicos y la misma experiencia de intérpretes de la talla de Glenn Gould y Pablo Casals—a la acción de imaginar que están interpretando una pieza de inicio a fin como si estuvieran practicando, en diversas fuentes se le llama “ensayo mental”—. Por ejemplo, en un estudio se encontró una relación directa entre el uso de la imaginería auditiva en pianistas y su habilidad para aprender piezas nuevas. No obstante, la imaginería de un estudiante pianista, aunque superior a la de la mayoría de la gente, no está tan desarrollada como la de un director de orquesta como Leonard Bernstein o Herbert von Karajan, por ejemplo, que aprendían continuamente obras que involucran una gran cantidad de instrumentos. De hecho, cada individuo tiene desarrollada esta habilidad y sus distintas características en mayor o menor grado. Una de las capacidades más interesantes es la imaginería notacional o audición notacional, que es“escuchar” la música mientras se lee en una partitura. Robert Schumann  escribía a sus estudiantes: “ustedes deben entender que se puede escuchar música desde la página”. Sin embargo, esta tarea es extremadamente compleja, tal es así que solo una fracción de expertos musicales entrenados son lo suficientemente competentes para escuchar la estructura temporal, tonal y armónica que se representa en una partitura. Como anécdota, el prodigioso pianista Arthur Rubinstein cuenta que fue capaz de aprender por completo las Variaciones sinfónicas de César Franck sólo con la partitura, en un tren camino al concierto.

Expuesto todo lo anterior, es posible decir que la imaginería es herramienta suficiente para remplazar casi por completo la falta del órgano auditivo en los músicos expertos, como ocurrió con Gabriel Fauré, RalphVaughan Williams y, por supuesto, Ludwig van Beethoven. Además del hecho de recordar música anteriormente captada e imaginarla, un sordo podría tener enfrente una partitura, leer lo que está contenido en ésta y convertir los símbolos musicales a sonidos internos,recrear las notas en su mente, ordenarlas y darles el timbre, altura, intensidad y duración justa, para transformar aquel conjunto de representaciones en una vívida realidad. Bedřich Smetana, compositor checo que perdió el oído al final de su vida, escribió a un amigo que “la música escrita cobra vida en mi imaginación sin ningún esfuerzo de voluntad de mi parte, como si realmente pudiera escuchar los instrumentos y las voces”.

Mención especial merece la capacidad no sólo de leer sino de crear en el silencio y desde la nada, tal y como lo hizo el genio de Bonn. Uno de los biógrafos más tempranos de Beethoven, Anton Schindler, escribió que “el maestro ya no necesitaba escuchar con sus oídos lo que había escrito tal y como una persona no necesita leer en voz alta una carta que acaba de escribir”. En sus obras postreras, que son cruciales y parteaguas en la historia musical como su última sinfonía y sus últimos cuartetos para cuerda, Beethoven se muestra más completo que nunca, con pasajes tan intensos como la Cavatina del Cuarteto de cuerdas No. 13, tan eufóricos como el primer movimiento de la Novena Sinfonía“Coral”, tan optimistas y triunfales como en la Oda a la alegría. Beethoven representa la sublimación máxima de la imaginería musical y el portento del genio creativo desbordante e incontenible incluso en el silencio más profundo y terminante.


Referencias

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