Hebert Vázquez: Pruebas de vida

Agosto 10, 2017

Por José Antonio Palafox

Siempre fascinante y compleja, la música de Hebert Vázquez (1963), compositor uruguayo radicado en México, es un verdadero deleite auditivo a la vez que reto intelectual.

Presencia ineludible en el acontecer musical de nuestros días, Hebert Vázquez destaca por la solidez y coherencia de un lenguaje musical propio aparentemente sencillo pero que exige un gran esfuerzo de técnica interpretativa por parte de los músicos que abordan sus obras, entre los que se cuentan el cuarteto Arditti, el ensamble CEPROMUSIC, el ensamble Ónix y el ensamble Nomad.

 

Comenta el propio compositor que en el 2006 conoció al guitarrista japonés Norio Sato, también director del ensamble Nomad, con quien inmediatamente dio inicio una intensa colaboración de la que han surgido hasta el momento dos discos: Bestiario (Urtext, 2012), fenomenal acercamiento a los seres y animales fantásticos, y Pruebas de vida (Urtext, 2015), una vigorosa meditación sobre la existencia del ser humano y su interacción con la naturaleza.

 

Gracias a sus continuos viajes a Japón, Hebert Vázquez ha podido empaparse de la cultura y las expresiones artísticas japonesas, y su fascinación por la riqueza sonora de los instrumentos tradicionales de ese país, como el sakuhachi, la biwa y el koto, queda patente en Pruebas de vida.

Se trata de un álbum formado por cuatro obras escritas para alineaciones instrumentales poco convencionales: Vanitas, para guitarra y cuarteto de cuerdas; Dos piezas para mandolina y guitarra; Pinturas del mundo flotante: una lluvia repentina en Shono para koto de 25 cuerdas y guitarra, y Pruebas de vida, para guitarra y ensamble.

 

Estructurada en tres movimientos (In ictu oculi, De lamentatione y Finis gloriae mundi) que toman sus nombres de dos famosos cuadros del pintor español Juan de Valdés (1622-1690) y del Libro de las lamentaciones del Antiguo Testamento, Vanitas, la pieza con que inicia el disco, es una vibrante y majestuosa reflexión sobre la brevedad de la vida. En ella, el cuarteto crea una atmósfera de inconfundible aire oriental que —como el tiempo— evoluciona de forma implacable mientras la guitarra aparece y desaparece, frágil, delicada y desconcertada, como si se tratara del ser humano, condenado a difuminarse entre las olas del tiempo.

 

Duelo, primera de las Dos piezas para mandolina y guitarra, es una delicada e intensa obra introspectiva sobre la pérdida de un ser querido. Al desconcierto inicial que plasman los instrumentos, siguen la rabia y la impotencia —representadas por violentas ráfagas sonoras de la mandolina— para terminar dando paso a una dulce y melancólica resignación. Es en esta pieza que se percibe, como en ninguna otra de las que forman este disco, la influencia de la música japonesa. Tras una extensa introducción de la guitarra, Toccata, la segunda pieza, presenta una especie de diálogo intelectual, de riguroso equilibrio formal, entre este instrumento y la mandolina.

 

Pinturas del mundo flotante: una lluvia repentina en Shono es una pieza dinámica —nerviosa y juguetona— basada en el grabado homónimo del famoso pintor Utagawa Hiroshige (1797-1858). En ella, el koto y la guitarra recrean con gran habilidad la ansiedad de la gente que, sorprendida en despoblado por una fuerte lluvia, corre a toda prisa para encontrar refugio.

 

Finalmente, Prueba de vida, la pieza con que cierra el disco, es una enérgica e inteligente cavilación sobre la indisoluble relación existente entre el ser humano y la naturaleza. Estructurada como un concierto para guitarra y ensamble en cuatro movimientos (El canto de la marea, Hablando con el invierno, El tiempo se deshoja y Sendero del viento), se trata de una ambiciosa obra en la que el sonido de la guitarra parece surgir de entre las brumas de una salvaje marea para transitar —por momentos vacilante, por momentos con decisión, a veces como un espectro— a través del tiempo y los elementos hasta terminar siendo arrastrado por el soplo del viento antes de que no queda más que un insistente pulso básico y primigenio: el triunfo de la naturaleza sobre el hombre.

 

La interpretación del ensamble Nomad —formado en 1997, con una decena de discos compactos en su haber y reconocido en el mundo entero como uno de los grupos más destacados en la difusión del repertorio musical contemporáneo— es impecable y consigue otorgar a las obras de Hebert Vázquez una claridad meticulosa casi matemática, no exenta de sensibilidad ante la fragilidad y fugacidad de la existencia que, me parece, son el hilo conductor de las obras que integran este disco. Tanto la dirección como la interpretación en la guitarra de Norio Sato (1951) reflejan una comprensión absoluta de la filosofía subyacente en cada una las piezas. A destacar también el desempeño de Takaaki Shibata en la mandolina y de Maya Kimura en el koto de 25 cuerdas. Ambos intérpretes demuestran gran virtuosismo al momento de encarar los pasajes más difíciles de las densas partituras de Hebert Vázquez y salen avante sin mayor dificultad. Definitivamente, un disco no solo para disfrutar, sino también para pensar.

 

Hebert Vázquez: Prueba de vida (II. Hablando con el invierno) / Ensamble Nomad y Norio Sato (dirección y guitarra)

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