Sergei Prokofiev (1891 – 1953)

Mayo 7, 2017 9:45 pm

Verdadero enfant terrible de la música rusa de inicios del siglo XX que, habiendo desarrollado un estilo compositivo personal con la fuerza y el carácter necesarios para hacerse valer, se opuso enérgicamente a la atmósfera adormecida del romanticismo tardío ruso.

 

En su infancia Prokofiev realizó estudios privados antes de ingresar al Conservatorio de San Petersburgo, donde estudió con figuras como Rimski-Korsakov. Pronto optó por adherirse al movimiento de vanguardia del despertar de la música contemporánea. Compuso algunas piezas experimentales aplaudidas como obras frescas y progresistas por los modernistas, por ejemplo Suggestion diabolique, 1908. Prokofiev causó impacto en el público de San Petersburgo con su Primer concierto para piano (1911-1912), obra que refleja sus formidables habilidades pianísticas y a la vez muestra que incluso en sus obras tempranas era poseedor de un agudo sentido del color orquestal, firmeza estructural y marcado talento lírico. El Segundo concierto para piano (1912-1913, rev. 1923), escandalizó al público y a la crítica por igual con su armonía disonante, el estilo pianístico percusivo y penetrante, la frenética dinámica y la extensa cadencia del primer movimiento.

 

Concierto para piano y orquesta no. 2, op.16 (Yuja Wang Orquesta del Festival de Verbier, dirige Charles Dutoit)

 

La vena clásica de Prokofiev fue menos notoria en el momento, alcanzando su apogeo con la brillante Primera sinfonía (llamada “Clásica”, 1916-1917) y el melancólico lirismo abiertamente manifiesto en obras como Visions fugitives para piano (1915-1917) y el Primer concierto para violín (1916-1917). Incursionó también en el ballet, con fuerte influencia de Diaghilev a quien conociera en Londres en 1914. Diaghilev comisionó a Prokofiev la obra Ala i Lolli (1914-1915) y posteriormente fue responsable de la presentación de La leyenda del bufón (1915, rev. 1920) en París y Londres (1921). Muchas obras de este periodo resaltan los trazos distintivos de Prokofiev que se han denominado “grotescos”: ritmos galopantes, bajos rugientes, líneas melódicas distorsionadas y orquestación austera. Esas implicaciones grotescas y humorísticas tal vez se manifiestan más abiertamente en su ópera El amor de las tres naranjas, basada en el drama del dramaturgo italiano del siglo XVIII, Carlo Gozzi.

 

El amor las tres naranjas refleja firmemente la atmósfera satírica prevaleciente en Rusia durante la década de 1920. El director teatral Vsevolod Meyerhold mostró a Prokofiev el drama de Gozzi L’amore delle tre melarance, y leyó una adaptación en su viaje travesía de Rusia a los Estados Unidos en 1918. El tema lo cautivó: los elementos sobrenaturales, la comedia burlona y el refinado tratamiento del absurdo en la historia se ajustaban perfectamente a su carácter irónico y burlón, combinándose para inspirar una de sus más brillantes partituras. El amor de las tres naranjas (Chicago, 1921) consolidó a Prokofiev como un compositor con vena teatral.

 

El amor de las tres naranjas (Opera de Lyon, dirige Kent Nagano)

 

Muy característico de Prokofiev, teniendo en la mesa la partitura de su ópera El ángel de fuego a la espera de ser producida, tomó material de ésta para su Tercera sinfonía (1928); de igual manera, la Cuarta sinfonía (1929- 1930) derivó del ballet El hijo pródigo (París, 1929). Durante su estancia en Occidente completó también su Tercer concierto para piano (1917-1921) usando temas que había ido acumulando a lo largo de los años y redondeó su serie de cinco conciertos para piano con el Cuarto, para la mano izquierda (1931, comisionado por el pianista Paul Wittgenstein, quien no lo ejecutó confesando que no lograba entender una sola nota), y el Quinto, en cinco movimientos (1931-1932). Estos últimos tres conciertos emanan la familiar vitalidad de su música de juventud, pero con densidades sonoras más suaves, armonía menos incisiva y un lirismo más relajado.

 

En la música posterior de Prokofiev sobresalen nuevos aspectos importantes. En

Obtuvo éxito inmediato con su ingeniosa música para la cinta cinematográfica El teniente Kijé (1934), caprichosa historia que le permitió desplegar su talento lírico en una melodía memorable, ritmos enérgicos y frases con sutiles giros humorísticos, todo integrado en su lenguaje armónico distintivamente personal, tan suculento como ácido. Prokofiev extrajo de esta música una suite en cinco partes que, justificadamente, se ha convertido en una de sus obras más interpretadas. De igual manera, varias de sus otras obras de las décadas de 1930 y 1940 han ganado un sitio permanente en el repertorio: los ballets Romeo y Julieta (Brno, 1938) y Cenicienta (Moscú, 1945), Pedro y el lobo (1936), la cantata basada en su partitura de la película Alexander Nevsky (1939) y su ópera cómica El compromiso en un monasterio, también conocida como La dueña (Praga, 1946). Produjo también algunas partituras marcadamente patrióticas y, al comienzo de la segunda Guerra Mundial, empezó a trabajar en su ópera

épica La guerra y la paz (1941-1943, rev. 1946-1952), basada en la novela de Tolstoi. La guerra también imprimió color a su Séptima sonata para piano (1939-1942) y a la Octava sonata (1939-1944), e inspiró su Quinta sinfonía (1944) y la misteriosamente pesimista Sexta sinfonía (1945-1947).

 

Sonata para piano no.7 (Alexei Volodin, piano)

 

La falta de júbilo en su Sexta sinfonía indudablemente contribuyó a la inconformidad oficial por la música de Prokofiev, enfáticamente condenada durante las purgas formalistas impulsadas por Andrei Zhdanov en 1948. No obstante, a diferencia de Shostakovich, Prokofiev no tenía entonces la energía suficiente para enfrentar los ataques de Zhdanov; había sufrido una caída después de dirigir el estreno de la Quinta sinfonía en 1945, misma de la que jamás pudo recuperarse. Como consecuencia, su música tardía tiende a mostrar a un Prokofiev que se refugia en su oficio consolidado años atrás. Muchas de sus obras finales, como el ballet La leyenda de la flor de piedra (Moscú, 1954) y la suite coral (La fogata navideña, 1949-1950), revelan una combinación de habilidad compositiva natural impregnada con una cierta fatiga creativa. Otras, en particular la Sonata para violonchelo (1949), la Sinfonía concertante para violonchelo y orquesta (1950-1952, basada en material del Concierto para violonchelo no. 2, 1933-1938) y la Séptima sinfonía (1951- 1952), recurren a una aparente simplicidad para expresar emociones conmovedoras con gran originalidad.

 

Sinfonía no. 5 (Orquesta del Teatro Mariinsky, dirige Valery Gergiev)

 

Es una triste ironía que Prokofiev no haya podido saborear la atmósfera artística posterior a la muerte de Stalin, pues murió el mismo día que el dictador. Sin

embargo, como compositor está situado al frente de la cultura rusa del siglo XX. En sus años de juventud se había propuesto impactar intencionalmente al público con su música flamboyante y su virtuosismo crispante, pero después de los 30 años de edad su estilo musical maduró y consolidó su reputación a través de un refinado instinto melódico, ímpetu rítmico, encanto inmediato y humor despierto, conformando una expresión vital y abierta que ha mantenido su música arraigada en el gusto general.

 

Fuente: Latham, Alison. Diccionario enciclopédico de la música. Fondo de Cultura Económica, 2008.

 

Suite Orquestal Romeo y Julieta (Orquesta Filarmónica de la Radio Francesa, dirige Myung-Whun Chung)

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