Nabucco en el MET

enero 2, 2017

Por José Antonio Palafox

Nos encontramos en el siglo VI antes de Cristo. Las huestes de Nabucodonosor II se encuentran a las puertas de Jerusalén y el pueblo hebreo, desesperado, clama a Dios pidiendo que los ayude a enfrentar esta amenaza. En el templo de Salomón, el sumo sacerdote de los hebreos, Zacarías, cree haber hallado la solución para preservar la paz con los babilonios manteniendo como rehén a Fenena, la hija menor de Nabucodonosor. Poco tiempo atrás, la chica había ayudado a escapar de las manos de su padre a Ismael, sobrino del rey de Judá y embajador de los hebreos ante Nabucodonosor, y —enamorada de él— lo había seguido hasta Jerusalén. Ahora Ismael, a cuyo cuidado puso Zacarías a su prisionera, trata de retribuirle el favor ayudándola a huir. Sin embargo, los planes de la pareja se ven interrumpidos por la inesperada llegada de Abigail, la violenta hija mayor de Nabucodonosor, quien se las ha arreglado para irrumpir por la fuerza en el templo dispuesta a llevarse a Ismael, de quien está enamorada. Pero Ismael se niega a marcharse con ella porque su corazón pertenece a Fenena. Despechada, la guerrera jura venganza. Para colmo de males, Nabucodonosor y su ejército están ya a las puertas del templo, por lo que Zacarías se precipita sobre Fenena, amenazando con matarla si los babilonios no se marchan…

 

Giuseppe Verdi (1813-1901) tenía solamente 25 años cuando los hados más funestos se ensañaron con él: entre 1838 y 1840, uno por año, fallecieron consecutivamente su hija Virginia, su hijo Icilio y su esposa Margherita Barezzi. Como si de una cruel broma del destino se tratase, en esos tiempos amargos se encontraba componiendo por encargo de La Scala de Milán Un giorno di regno, una ópera cómica que —por obvias razones— resultó un estrepitoso fracaso. Terriblemente deprimido, el todavía desconocido compositor decidió abandonar la música para siempre.

 

Fue entonces que el empresario Bartolomeo Merelli, entonces director de La Scala, puso en manos del novel músico el libreto de Nabucco, escrito por Temistocle Solera (1815-1878), quien ya había colaborado con Verdi en Oberto, conte di San Bonifacio (1839), su primera ópera. Más como terapia ocupacional que por auténtico deseo de consolidarse como compositor, Verdi empezó a musicalizar el libreto de Solera. Poco a poco, la poderosa belleza del texto lo fue cautivando, y Verdi terminó volcando todo su esfuerzo en la creación de una de las más espléndidas partituras dentro de la historia de la música. Finalmente, en 1842 se estrenó en La Scala Nabucco, tercera ópera de Giuseppe Verdi y primero de una larga serie de éxitos que lo llevarían a ser reconocido como el compositor italiano de ópera más importante del siglo XIX.

 

Por esos años, el Imperio austriaco dominaba gran parte de Italia, y grupos de patriotas intentaban expulsar a los invasores y hacer de Italia una patria unificada y soberana. Fue por eso que Va, pensiero, el famosísimo coro del tercer acto de Nabucco donde los hebreos esclavizados se lamentan por la patria perdida, se convirtió en un verdadero himno del movimiento de unificación italiano, y Verdi se vio convertido —sin siquiera proponérselo— en todo un héroe nacional. Pero esa es ya otra historia…

 

Giuseppe Verdi: Nabucco (Acto III. Va, pensiero) / Coro y Orquesta del MET, dirige James Levine

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