Norma: el triunfo de la inocencia y de la experiencia

octubre 8, 2017

por José Antonio Palafox

El pasado 7 de octubre tuvo lugar en el Auditorio Nacional el inicio de las proyecciones de la temporada 2017-2018 del MET de Nueva York. En esta ocasión, la ópera elegida fue Norma, una de las grandes obras del bel canto en general y de Vincenzo Bellini en particular.

La asistencia resultó bastante nutrida, y era de esperarse puesto que encabezando el reparto de esta obra que incluye algunas de las páginas más bellas para voz femenina jamás escritas dentro de la historia de la música se encontraron dos de las grandes voces operísticas de nuestro tiempo: la soprano Sondra Radvanovsky y la mezzosoprano Joyce DiDonato.

La experimentada Radvanovsky ya había cantado el papel de Norma en el MET en el 2013, y nosotros tuvimos la oportunidad de admirar su talento vocal y actoral en la temporada 2015-2016, cuando cantó una memorable reina Elizabeth I de Inglaterra en el Roberto Devereux de Donizetti.

Por eso esperábamos un desempeño riguroso e impecable en este protagónico, que es considerado uno de los más difíciles del repertorio operístico para soprano ya que exige un tremendo control vocal de rango, flexibilidad y dinámica, además de una gran capacidad actoral para conseguir convencer a los espectadores con el complejo abanico de emociones encontradas por las que pasa la torturada Norma.

ópera Norma de Bellini

La cantante estadounidense no defraudó las expectativas y demostró con creces que este se está convirtiendo en uno de sus papeles más sólidos: desde su aparición inicial se adueñó del escenario gracias a su fuerte presencia y a su voz perfectamente modulada y controlada, encarnando sucesivamente y sin dificultad alguna los papeles de orgullosa sacerdotisa, amante engañada, madre doliente, mujer cegada por el deseo de venganza y líder rechazada por su pueblo.

Además, ofreció una de las más bellas interpretaciones que hemos escuchado de la dificilísima aria Casta diva, uno de los momentos más esperados de Norma. Pero eso solo fue el principio, porque aún faltaban los dos delicados duetos que la altiva sacerdotisa Norma desarrolla con la novicia Adalgisa, su rival de amores.

Y esos también fueron palabras mayores, porque la reconocida mezzosoprano Joyce DiDonato no se quedó atrás y cantó magníficamente a una confundida y torturada Adalgisa de frágil presencia.

Así, las conmovedoras autoconfesiones que forman Sola, furtiva al tempio furtiva al tempio y, sobre todo, el momento de gran intensidad dramática que es Mira, o Norma resultaron un verdadero regalo para los oídos y el alma de los espectadores, que reconocieron justamente el esfuerzo de ambas cantantes con sendas ráfagas de aplausos.

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El triángulo amoroso fue completado con gran acierto por el tenor maltés Joseph Calleja, quien dio vida a un espléndido Polión, el arrogante procónsul romano que, pese a haber jurado amor eterno a Norma, es incapaz de evitar enamorarse de la inocente Adalgisa. Dueño de una gran presencia escénica y una voz dulce y vigorosa, el cantante consiguió dar una dimensión humana a su personaje, sobre todo al final, cuando —admirado ante la ecuanimidad con que Norma se autocondena a muerte como muestra de que su amor por él nunca ha cesado— Polión se arrepiente de su comportamiento, reconoce que su corazón realmente pertenece a la sacerdotisa y decide morir a su lado.

Vincenzo Bellini: Casta diva (Norma, Acto I) / Sondra Radvanovsky (Norma)

Por su parte, el bajo inglés Matthew Rose hizo entrega de un más que correcto Oroveso, padre de Norma y líder de los druidas que en vano esperan el llamado a las armas.

Mención aparte merecen, como siempre, el coro y la orquesta del MET. El primero, por su soberbio desempeño como el pueblo galo, oprimido bajo el yugo del invasor romano; la segunda porque consiguió una lectura clara y meticulosa de la partitura de Bellini bajo la batuta del enjundioso y muy expresivo maestro Carlo Rizzi, quien supo equilibrar sabiamente los momentos en que la orquesta debía desplegar toda la grandilocuencia musical posible con aquellos en que debía retirarse a un discreto segundo plano para permitir a los solistas brillar en todo su esplendor.

Finalmente, la puesta en escena corrió a cargo de sir David McVicar, que nos ofreció una mesurada propuesta de corte tradicional dominada por la evocación del poder sagrado que los druidas otorgaban a la naturaleza.

Una sombría iluminación deudora del Macbeth de Orson Welles, que se justificaba por la inmutable presencia —en el telón cerrado— de la luna llena tan propicia a los ritos ancestrales, acompañó los ingeniosos cambios de escenario verticales, los cuales nos condujeron de un siniestro bosque dominado por un gigantesco roble a la cabaña circular donde Norma oculta a sus hijos y luego al altar de Irminsul, en el que —con una apoteósica pira sacrificial— tuvo lugar la conclusión de esta espléndida nueva producción de Norma que preludia una magnífica temporada 2017-2018 del MET. Esperemos a ver lo que sigue.

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