OFCM: Granillo / Vázquez / Beltrán

Publicado: septiembre 29, 2015 Última Modificación septiembre 29, 2015 Por: adminmusica

El primer mes de la nueva temporada de la OFCM se ha caracterizado por el tema mexicano, pero abordado claramente con aires renovadores.

Por Mauricio García de la Torre

El primer mes de la nueva temporada de la OFCM se ha caracterizado por el tema mexicano, pero abordado claramente con aires renovadores. José Areán, su director titular, tuvo el atino de programar durante septiembre siete obras de compositores nacionales vivos, hecho sin precedente en el impulso de la música nueva y sello particular del director durante su paso por la agrupación.

El programa del 26 y 27 de septiembre lo integraron los compositores María Granillo, Hebert Vázquez y Mauricio Beltrán.

Breathing Music de María Granillo (Torreón, 1962) es una pieza inspirada en el yoga y el pranayama o control de la respiración, a raíz del descubrimiento de la compositora de estas técnicas. Granillo buscó integrar los aspectos conflictivos de la respiración como el hecho de que sea al mismo tiempo variable y recurrente, cambiante y repetitiva, en un discurso musical continuo, cíclico y mutable. El inicio exhibe la célula temática generadora de la obra. Se trata de un motivo de segunda descendente en las maderas que es imitado por otras secciones de la orquesta. Al sostenerse las alturas forman cálidas armonías que conducen a un pasaje de gran expresividad en las cuerdas. No se entendió la posterior presencia de los timbales en una música tan lograda como etérea.

Luego de un incremento en la velocidad e intensidad de los materiales, irrumpieron gélidos acordes en lo agudo que recordaban a Shostakovich.

Aparecieron inversiones y extensiones del motivo que enriquecieron el aspecto melódico con una adecuada variedad. La música decae en los episodios centrales, el material divaga entre la ciclicidad y la evolución que la obra plantea. El final de la pieza lo prepara un tutti melódico un tanto curioso que da paso a una sección de cuerdas sostenidas con puntualizaciones en maderas y percusiones.

El compositor uruguayo-mexicano Hebert Vázquez presentó El árbol de la vida, obra para guitarra amplificada y orquesta, cuyo solista fue el excelente guitarrista Pablo Garibay. El llamado de la campana y el cencerro anuncia un ambiente contemplativo en donde las cuerdas sostienen un tenue brillo. Discurre la música en el mismo tenor hasta el desenvuelto tema de las trompetas con sordina. El arpa dinamiza la música con el ágil motivo cíclico que prepara la intervención del solista. La guitarra aparece con un material similar que funciona de base a la temática orquestal. Después, enormes acentos en tutti enmarcan el redundante motivo de la guitarra sola, que ahora encuentra caminos evolutivos.

Otro masivo acento y un solo guitarrístico más declarado. Garibay anunció con rasgueos lo que vendrá; una música cuyo componente rítmico-melódico comienza a ser sospechosamente familiar. Los cellos y los bajos percuten con la mano las cuerdas y declaran un contagioso ritmo jarocho. Aparece en esta progresión una cita del son veracruzano El cascabel que, según el autor, encarna en la poética de la obra la fuerza irrefrenable de la vida. Agradable experimento el de hacer convivir dos lenguajes tan contrarios en una misma obra. Un brutal golpe orquestal rompe de súbito la danza y permite el regreso de la guitarra, que ahora presenta diversas combinaciones de armónicos acompañada de una base distante de cuerdas. Vuelve la ritmicidad con una sección en donde Vázquez juega con la acentuación métrica y las posibilidades percusivas de la guitarra. En ocasiones la obra nos demanda encontrar sentido a las combinaciones más intrincadas del material que, ante su complejidad, pueden llegar a agotar la atención. Esto se disipa con el brillante solo final del solista, que se caracteriza por cuerdas jaladas (técnica introducida en los cuartetos de cuerda de Bartók) y pasajes donde imperan notas repetidas y acentos desplazados. El son resurge con una enorme sensación festiva. Muy afortunada la manera en que Vázquez “ensucia” la armonía y le asigna una cualidad enloquecida al atractivo final lleno de sabor popular.

Veinte petirrojos de cristal, obra de Mauricio Beltrán (Puebla, 1964), es un memorial musical para los veinte niños acaecidos en la matanza de Newtown, Connecticut en 2012. El compositor refiere que ha imaginado petirrojos de cristal como una alegoría a la belleza y fragilidad de los niños ahí honrados y la flauta solista, a cargo de Alejandro Escuer, es la guía espiritual de esta suerte de rito. Un acorde lejano da lugar a la meditación inicial de la flauta, acompañada por los escalofriantes murmullos de las voces de los miembros de la orquesta.

Irrumpen más adelante masivos tuttis, como pasos, que quizá refieran al trágico destino. Un tema en los cellos y bajos da pie a un momento de espera e incertidumbre que construye paulatinamente una explosión orquestal. Vuelve la flauta con el mismo motivo, pero que ahora integra más técnicas extendidas, como pizzicati o el resoplido en la embocadura conocido como jet whistle Siguió una enigmática sección central que no encontramos cómo se integraba al discurso general y resultó francamente cansada. Esto preparó el momento principal de la obra, la aparición una a una de las imágenes de los veinte niños. El programa refiere que cada golpe de campana representa la transición existencial de cada niño por medio de un interludio a cargo de la flauta solista y de instrumentos solo de cada familia orquestal. Decenas de campanas fueron repartidas entre el público, que siguió con toda seriedad la guía de Areán y en conjunto construyeron un momento emotivo, que logró el sentido ceremonial de la pieza.

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