Puccini: La Fanciulla del West en B.Artes

Publicado: septiembre 17, 2017 Última Modificación septiembre 17, 2017 Por: adminmusica

La ópera en tres actos de Puccini, La Fanciulla del West (La chica del lejano Oeste), se estrenó en Nueva York en 1910, bajo la dirección de Toscanini.  El libreto está basado en el drama homónimo de David Belasco, estrenado en 1905. La acción trata de un campamento de mineros a los pies de la montaña Nubi, en California, hacia 1850; es el periodo de la historia estadounidense posterior al descubrimiento de yacimientos de oro – “la fiebre de oro”. Los buscadores de oro se aprestan en torno de Minnie, joven encargada del bar, que les mantiene a raya. Un día, sin embargo, se enamora del jefe de una banda, llamado Ramerrez, que es acorralado por el sheriff  Rance. La pureza de Minnie seduce a Ramerrez que se irá con ella después de haber escapado de la horca.

El “western”, el estilo cowboy, llega a la ópera: supone un momento decisivo en la evolución del teatro lírico del siglo XX; es cierto que cabe reprochar a Puccini su ingenuidad, su imaginería de estereotipos que nada hizo por evitar (el bandido de gran corazón, el sheriff implacable, la encargada del bar que lee la Biblia…), pero la confusa y ampulosa trama de Belasco interesaba al compositor mucho menos que las extrañas situaciones, los espectaculares episodios (la partida del póker, la escena de la horca) y, en resumen, la “vida” californiana (el músico, en una nota liminar, insiste en la necesidad de que los intérpretes la recreen con verdad y naturalidad).

En La Fanciulla del West podemos discernir una voluntad de modernizar el lenguaje musical de la ópera al renunciar a los artificios del bel canto; el papel de Minnie, por ejemplo, no comprende ninguna “gran aria”, y el del tenor no supera los diez compases. Todo fue concebido en función del clima dramático y de la acción escénica; la orquesta, pues, se arroga de nuevo el papel más importante: una orquesta muy expresiva, armonía siempre muy refinada, que “da significado” a los acontecimientos y asegura su progresión hasta el desenlace. Más libre que Madame Butterfly de la servidumbre de los temas, La Fanciulla del West cuenta sólo con algunos motivos conductores, sin un auténtico desarrollo sinfónico; además, el compositor hace uso nuevamente de la escala de tonos enteros después de haberla empleado por primera vez en su anterior ópera, escala sobre la que descansa la mayor parte de sus diseños melódicos, hasta el punto que parecen menos específicamente puccinianos. Esa es, sin duda, una de las razones de la relativamente limitada popularidad de la obra.

Sus méritos escénicos y musicales no son menos evidentes: la ausencia de escenas líricas y auténticos personajes (exceptuando el de Minnie) es compensada por la vitalidad de la acción así como por la generosidad de una música que se corresponde con los sentimientos toscos y violentos que se manifiestan en el escenario. La Fanciulla del West, a la que algunos tienen por la obra más original de Puccini y consideran como el mayor de sus logros, constituye, en todo caso, una “experiencia” aislada, sin herederos.

Fuente: Francois-René Tranchefort, La ópera, Madrid, Taurus, 1985

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