Ramón Vargas vuelve a La Scala de Milán

septiembre 11, 2015

Ramón Vargas es una voz que el Teatro alla Scala de Milán conoce muy bien desde 1992

Por Francesco Milella

Ramón Vargas es una voz que el Teatro alla Scala de Milán conoce muy bien desde 1992 cuando Riccardo Muti lo invitó a cantar Fenton en Falstaff de Verdi. El tenor mexicano ha pisado el escenario de este prestigioso teatro con por lo menos diez óperas y cinco conciertos de canto logrando siempre grandes triunfos y éxitos. Por lo menos hasta el pasado domingo cuando volvió a presentarse frente al público milanés con un programa fascinante y al mismo tiempo pesado y demandante.

Cantar es un arte. Un arte que requiere antes que nada solidez técnica para poder cantar e interpretar las diversas piezas de forma correcta, inteligencia en la elección del repertorio más adecuado a las propias características vocales y, finalmente, sensibilidad en la interpretación de dicho repertorio. Pero la base es y tiene que ser la técnica, sin ella, nada es posible. Nada es posible sin una respiración correcta, sin un sólido apoyo sobre el aliento, sin una correcta emisión del mismo en la zona de la máscara (área entre boca, nariz y mejillas).

El programa elegido por Vargas incluía en la primera parte los tres sonetos del poeta italiano Francesco Petrarca puestos en música por Franz Liszt, las siete canciones españolas de Manuel de Falla y una segunda parte totalmente dedicada a las “romanze” italianas, es decir a todas esas canciones de finales del siglo XIX y principios del XX escritas por compositores como Pietro Mascagni, Ruggero Leoncavallo y Francesco Paolo Tosti, con un lenguaje típicamente melodramático, lírico y delicado que abrieron las puertas a la primera canción moderna. En fin, un repertorio duro, intenso y muy variado ante al cual Ramón Vargas, la verdad, no estuvo a la altura.

La voz de Vargas apareció sumamente abierta, es decir, sin un apoyo seguro sobre el aliento, y por lo tanto, fuera de control: con esta “base técnica” resulta por lo tanto muy difícil ejecutar de forma correcta el amplio, intenso y lírico lenguaje musical que Liszt ofrece al cantante en los sonetos del Petrarca así como las sensuales y brillantes frases de las canciones de De Falla.

De la misma manera, el repertorio italiano, delicado e íntimo, no logró encontrar en la voz de Vargas una realización satisfactoria. Es un repertorio que requiere atención y elegancia en la emisión (no es Wagner para que me entiendan), así como homogeneidad y equilibrio en el fraseo para dar sentido a todas esas frases tan románticas y sentimentales (por no decir cursis) de las cuales estas partituras están repletas. Fue una lástima ver cómo un tenor que hace unos años lograba interpretar sin problemas las más bellas páginas de Verdi y Donizetti, hoy no sea capaz de ejecutar Ideale de Tosti o Aprile de Leoncavallo.

El deber de un cantante no es solamente el de “atinarle” a la nota. Tiene que tener la técnica para que esa nota salga en la forma más correcta y, por lo tanto, poder expresarla. Como decía el gran violinista ruso David Oistrakh, hay que tener una técnica perfecta, para poderla olvidar y abandonarnos al placer de la interpretación. Hablaba del violín, pero sucede lo mismo con la voz, con la flauta o con el piano.

Al final, en un teatro medio vacío con palcos desiertos y autoridades un poco aburridas, Ramón Vargas logró terminar la noche con buenos aplausos quizás más por su amable, divertida y relajada manera de vivir el escenario (tan relajada que al final acabó con las manos en los pantalones… ¡qué bueno, se debió sentir en casa!) que por sus efectivas capacidades vocales.

Tosti: Ideale – Tito Schipa:

De Falla: Canciones Populares – Berganza/Yepes

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